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sobre Riogordo
Conocido por su representación viviente de la Pasión de Cristo y su museo etnográfico en un entorno de olivar
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A las nueve de la mañana, el sol atraviesa el emparrado de la plaza y dibuja lunares de sombra sobre las mesas de zinc. El turismo en Riogordo empieza muchas veces así, con el olor del café recién hecho saliendo por las puertas entreabiertas y el ruido de los panaderos descargando cajas que aún guardan calor de horno. Afuera, la calle Real sube empinada entre fachadas encaladas donde todavía se ven, si caminas despacio, pequeñas hornacinas con imágenes de yeso gastadas por el polvo y los años.
El mapa de dos colores
El pueblo se reparte en dos zonas que se miran desde la ladera. Arriba, El Cerrillo se agarra a la pendiente con calles estrechas y casas que buscan la luz. Abajo queda la parte más llana, alrededor de la plaza. Entre una y otra, el olor a orégano seco y a tierra removida suele aparecer cuando aprieta el sol de media mañana. Caminar por Riogordo significa subir y bajar cuestas cortas, doblar esquinas donde aparece de pronto un patio con macetas o un muro de piedra donde crecen capuchinas silvestres.
La Iglesia de Nuestra Señora de Gracia ocupa el punto más alto del casco urbano. El templo actual se levantó a finales del siglo XV, aunque ha tenido reformas con el paso de los siglos. El campanario marca el mediodía con un sonido seco que rebota en las lomas de alrededor. Por la tarde, cuando el sol baja hacia los montes, la fachada proyecta sombras largas sobre el empedrado. La puerta suele estar abierta y dentro queda ese olor mezclado de cera, madera vieja y piedra fresca que tienen muchas iglesias de pueblo.
Las calles que guardan pequeñas devociones
En las fachadas aparecen repartidas varias hornacinas-capilla —más de una docena, según cuentan aquí—. No hay señales que las indiquen; se descubren caminando sin prisa. Una está en la esquina de una casa pintada de rosa, medio tapada por una buganvilla morada. Otra, en la parte baja, guarda una Virgen de yeso con el rostro desconchado. Las vecinas suelen limpiarlas antes de Semana Santa y cambian los claveles secos por otros nuevos.
La Ermita de Jesús Nazareno queda a pocos minutos andando. Por fuera es blanca y sobria, pero dentro aparece un camarín barroco dorado que sorprende cuando los ojos se acostumbran a la penumbra. Se levantó en el siglo XVII y aún conserva muebles antiguos en la sacristía. A veces, si preguntas a algún vecino, te enseñan algunas piezas que no están expuestas de forma permanente. Aquí muchas llaves siguen pasando de mano en mano.
Cuando el pueblo se convierte en escenario
En Semana Santa, Riogordo cambia el ritmo. El llamado Paso de Riogordo representa la Pasión con actores del propio pueblo. Participan decenas de vecinos vestidos de romanos, apóstoles o soldados, y los ensayos suelen empezar meses antes. Algunas noches de invierno, si pasas cerca del antiguo matadero municipal —hoy usado para estos preparativos— se escuchan voces recitando y alguien marcando las escenas.
El resto del año el ambiente es mucho más tranquilo. En mayo suele celebrarse una feria vinculada al ganado y al mundo rural; durante esos días aparecen caballos, mulos y corrales improvisados cerca del pueblo. En agosto llegan las fiestas patronales, con música por la noche y calles más llenas de lo habitual. A comienzos de septiembre se celebra la Noche de las Candelas: los vecinos encienden hogueras en distintos puntos y acompañan la imagen de la Virgen entre cantos que recuerdan a romances antiguos.
El aceite que marca el paisaje
Riogordo está dentro de la zona olivarera de los Montes de la Axarquía. Aquí el olivo no es solo paisaje: es trabajo. En otoño el sonido de los vibradores se oye desde la carretera y el olor de la aceituna recién recogida se queda en el aire.
Muchas familias siguen llevando la aceituna a pequeñas almazaras de la zona. Si llegas en plena campaña y preguntas con respeto, a veces dejan ver cómo empieza el proceso. El aceite nuevo sale espeso, de color verde intenso, y suele probarse con pan. Raspa un poco la garganta y deja un sabor a hierba fresca.
En las cocinas del pueblo aparecen platos muy ligados a esa despensa. El ajoblanco se sirve frío con uvas o pasas; los caracoles, cuando es temporada, se guisan con hierbabuena y comino. La porra campesina es más densa que el salmorejo y muchas veces se come con tenedor. Y el hornazo —pan horneado con embutido y huevo— suele aparecer cuando la gente sale a pasar el día al campo.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser buena época para caminar por los alrededores. Los senderos de la Zubia se llenan de jaras en flor y en algunos barrancos corre todavía algo de agua después de las lluvias. El Salto del Negro, cuando el año viene húmedo, permite al menos mojarse los pies.
En pleno agosto el pueblo cambia bastante: llegan muchos visitantes por las fiestas y por quienes vuelven de vacaciones. Si buscas calles más tranquilas, mejor venir entre semana o fuera de esos días.
La carretera desde Casabermeja serpentea entre lomas cubiertas de olivos. Tiene curvas, pero las vistas compensan si conduces sin prisa. Al llegar, lo más práctico es dejar el coche en la entrada y seguir a pie. El centro tiene calles estrechas y pendientes cortas que se suben mejor caminando. Calzado cómodo, sombrero en verano y agua en la mochila ayudan bastante.
Al caer la tarde, cuando las campanas marcan las siete y el calor empieza a retirarse, merece la pena subir hasta el mirador del Cerro de la Horca. Desde allí se ve el pueblo entero: las fachadas blancas, los tejados de teja árabe y las sierras de la Axarquía perdiendo color a medida que se alejan. Si el suelo está seco, al pisar sale ese olor a tomillo aplastado que queda flotando un rato en el aire.