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sobre Viñuela
Municipio que da nombre al embalse principal de la comarca rodeado de naturaleza y urbanizaciones residenciales
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El agua del embalse de La Viñuela a veces se vuelve de un turquesa casi irreal cuando el cielo está limpio y el viento apenas roza la superficie. Es media mañana y la brisa trae olor de pinos calentándose al sol mezclado con algo dulce: en los huertos cercanos los naranjos suelen florecer por estas fechas. Desde el mirador de La Atalaya, la torre que corona el cerro —de origen andalusí, según cuentan aquí— queda como un vigía tranquilo sobre el pantano. Abajo, un hombre saca una caña del maletero del coche junto a la orilla pedregosa. Apenas se oye nada más que el agua moviéndose contra las piedras.
El pueblo que nació de una venta
La historia de La Viñuela suele empezar con una venta en el antiguo camino que unía Vélez con el interior de Granada. Por aquí pasaban arrieros y viajeros que necesitaban cambiar animales, comer algo caliente o dormir unas horas. Con el tiempo, alrededor de aquel cruce fueron apareciendo casas, corrales y más vida.
Hoy el núcleo es pequeño y bastante ordenado: calles blancas que se recorren en poco rato, con algo más de dos mil vecinos repartidos entre el casco y las cortijadas que se descuelgan por las lomas del valle.
A primera hora, en una de las terrazas de la plaza, los vecinos hablan del embalse como si fuera parte de la familia. Aquí es normal comentar si el nivel ha subido o bajado con las últimas lluvias, o si el color del agua cambia según la luz del día. El pantano se mira mucho: desde la carretera, desde los miradores, desde las parcelas que bajan hacia la vega.
Cuando el agua se quedó
Antes de que se construyera el embalse, este valle era distinto. Los mayores recuerdan huertas, olivos viejos y pequeñas casas que quedaron bajo el agua cuando la presa empezó a llenarse. También hablan de algunos núcleos cercanos que tuvieron que desplazarse o adaptarse al nuevo paisaje.
Con el pantano llegó el riego más estable y el campo cambió de aspecto. En muchas parcelas empezaron a verse cultivos subtropicales —aguacates, mangos, chirimoyos— que hoy forman parte habitual del paisaje de la Axarquía.
En primavera, los huertos cercanos al río Guaro huelen a azahar y a tierra húmeda. Hay senderos fáciles que bordean la vega y que mucha gente del pueblo usa para caminar al atardecer. A veces se ve a los regantes abriendo compuertas y dejando correr el agua por acequias de piedra que siguen funcionando como siempre.
Lo que se come aquí
En las casas del pueblo todavía se preparan platos que llevan tiempo y paciencia. El choto guisado con vino suele hacerse a fuego lento durante horas, y el puchero con hinojos depende de que alguien haya salido al campo a buscar los brotes silvestres después de las primeras lluvias.
También aparece mucho la pipirrana con bacalao, que se come templada cuando el calor aprieta, y las berenjenas fritas con miel de caña. La miel es oscura y espesa, con ese punto entre dulce y amargo que deja un sabor largo en la boca.
En la mesa de al lado, una mujer que mezcla inglés con acento andaluz cuenta que lleva décadas viviendo aquí. Dice que en su país no existe la miel de caña y que tardó poco en acostumbrarse a estas berenjenas. Lo comenta como quien habla de una costumbre adoptada sin darse cuenta.
Subir a la Atalaya
Al caer la tarde, el camino que sube a la Torre de la Atalaya se llena de esa luz naranja que dura apenas unos minutos. La subida no es larga, aunque el sendero pica hacia arriba en algunos tramos. Conviene llevar agua si el día es caluroso porque hay poca sombra.
Desde arriba se abre todo el embalse: los pinares que se alargan hacia Sierra Tejeda, los cortijos dispersos, las lomas cubiertas de olivos. En días muy claros, hacia el sur, el mar aparece como una línea plateada entre montañas.
Cerca de allí hay indicaciones hacia la zona de Los Castillejos, donde se han localizado restos antiguos que algunos sitúan en época ibérica. El terreno está lleno de muros viejos y piedras que parecen colocadas por alguien hace siglos. Caminar por allí es avanzar despacio, mirando al suelo y al paisaje a la vez.
Cosas que conviene saber
En verano el ambiente cambia bastante. Los fines de semana el entorno del embalse se llena de coches, música y gente buscando agua y sombra. Si lo que apetece es caminar o ver el pantano tranquilo, suele ser mejor venir entre semana o fuera de los meses más calurosos.
La primavera y el inicio del otoño tienen otra luz: el aire huele a campo húmedo y el agua del embalse refleja las montañas con más calma. En invierno también tiene su punto, aunque por la tarde la humedad se mete en los huesos y conviene llevar algo de abrigo.
La Viñuela no vive de grandes monumentos. Aquí lo que manda es el paisaje del pantano, el ritmo del campo y esa conversación constante sobre el agua que, al final, marca la vida de todo el valle.