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sobre Bacares
Pueblo de alta montaña en los Filabres; famoso por su Cristo y entorno forestal denso
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El viento suele llegar primero. Baja por las laderas de la Sierra de los Filabres y cruza el mirador de la Tetica de Bacares con un sonido seco, moviendo las hierbas bajas que crecen entre la roca. Desde ahí arriba el valle se abre entero: un puñado de casas blancas agarradas a la pendiente y, alrededor, montes de tonos grises y verdes que cambian según avanza el día.
Bacares, con unos 226 habitantes, ocupa una ladera empinada del Valle del Almanzora. El casco antiguo se organiza en calles estrechas que suben y bajan sin demasiada lógica aparente. Hay tramos donde el coche apenas pasa y otros donde solo queda caminar. Las casas conservan muchos rasgos antiguos: balcones de hierro oscuro, portones de madera pesada y patios interiores donde suelen crecer macetas de romero, albahaca o alguna parra que da sombra cuando llega el calor.
La iglesia de San Blas y el perfil del pueblo
La torre de la iglesia de San Blas aparece antes de entrar. Desde la carretera ya se distingue sobre los tejados. El edificio actual se levantó en el siglo XVI, aunque con el tiempo ha tenido reformas y arreglos que se notan en los materiales y en los detalles del interior. No es una iglesia recargada. Todo es más bien sobrio, acorde con un pueblo pequeño de sierra.
A su alrededor están algunas de las calles más antiguas. Por la tarde, cuando el sol cae hacia el oeste, la luz rebota en las paredes encaladas y deja zonas de sombra muy marcadas en las cuestas.
Senderos y monte alrededor de Bacares
El monte empieza prácticamente en la última casa. Encinas dispersas, pinos que crecen en las zonas más altas y laderas donde la roca asoma entre la tierra clara. Hay barrancos estrechos que cortan el terreno y antiguos bancales que recuerdan cuando la agricultura ocupaba más espacio.
Desde el propio pueblo salen caminos usados durante generaciones para moverse entre huertas, fuentes y cortijos. Algunos senderistas se acercan a una fuente conocida como la del Espino, un pequeño manantial rodeado de vegetación donde el agua cae de forma constante incluso en épocas secas, aunque el caudal cambia bastante según el año.
En días muy claros, mirando hacia el horizonte, se llega a distinguir la línea de Sierra Nevada.
Cielo oscuro y noches muy silenciosas
Cuando anochece, el pueblo queda casi a oscuras. Hay pocas farolas y el monte alrededor absorbe la luz. En verano, si el cielo está limpio, la Vía Láctea aparece con bastante nitidez. No hace falta telescopio; basta levantar la cabeza unos minutos y acostumbrar la vista.
El silencio también cambia. De día se oye algún coche o herramientas en una cochera. Por la noche dominan los grillos y, a veces, el ladrido lejano de un perro en algún cortijo.
Comida de sierra
La cocina aquí sigue ligada a lo que se ha criado o cultivado cerca. Aceite de oliva, embutidos curados en la sierra y quesos de cabra que suelen elaborarse en explotaciones pequeñas de la zona. En invierno aparecen platos más contundentes. Las migas siguen siendo habituales cuando hace frío, sobre todo en reuniones familiares o días de campo.
También se preparan guisos largos con carne y verduras de temporada, pensados para aguantar horas al fuego mientras fuera aprieta el viento.
Fiestas y momentos del año
Las celebraciones más conocidas están dedicadas a San Blas, normalmente en febrero. Son días en los que el pueblo se llena más de lo habitual. Muchos vecinos que viven fuera vuelven entonces, y las calles recuperan un movimiento que no se ve durante el resto del año.
En agosto ocurre algo parecido. El calor aprieta, pero también llegan familias que mantienen casa en el pueblo. Por la noche se oye música en la plaza y las conversaciones se alargan hasta tarde.
Llegar y moverse
Bacares no queda lejos de Almería capital en kilómetros, pero el último tramo de carretera atraviesa zonas de sierra con curvas y cambios de altura. Conviene venir con tiempo y evitar conducir de noche si no se conoce la zona.
Una vez dentro del pueblo, lo más práctico es dejar el coche en la parte baja y seguir a pie. Las cuestas son serias, pero caminar es la única forma de entender cómo está construido este lugar sobre la ladera. Aquí todo —calles, casas, huertas— se adaptó a la montaña mucho antes de que existieran los coches.