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sobre Lebrija
Ciudad natal de Elio Antonio de Nebrija con gran tradición alfarera flamenca y monumental iglesia
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La primera vez que fui a Lebrija me perdí buscando la Oficina de Turismo. Así empieza bien cualquier historia de turismo en Lebrija: dando vueltas sin mucha idea y preguntando a alguien que está en la puerta de su casa. En mi caso fue un señor regando geranios con una manguera. Me señaló el Ayuntamiento —ese edificio blanco con columnas— y de paso me contó que su hijo estudia en Sevilla y solo vuelve para las Cruces de Mayo. “Para los caracoles”, dijo. “Aquí sin caracoles no hay fiesta”.
Donde el vino se mezcla con el flamenco
Lebrija es como ese bar que tu padre frecuenta desde hace 30 años. La barra sigue igual, las conversaciones también. Y nadie tiene prisa por cambiar nada.
Está a poco más de una hora de Sevilla, pero el ambiente va por otro reloj. Aquí el calendario se entiende mejor hablando de vendimia, de aceituna o de cuándo empiezan a escucharse saetas.
En septiembre el aire suele oler a mosto. En primavera manda el azahar. Y los viernes aparece ese olor a pescado frito que se cuela por media calle. Caminas por la calle Sevilla —la arteria del pueblo— y ves que el vino forma parte de la vida diaria. La gente habla de la albariza o de las sobretablas con la misma naturalidad con la que en otros sitios discuten de fútbol.
La Giraldilla que nadie conoce
Subí a la torre de la Iglesia de Santa María de la Oliva porque alguien me dijo que desde arriba se entiende Lebrija. La torre ronda los cuarenta y tantos metros y la llaman “La Giraldilla”. La referencia es bastante evidente.
La comparación con la Giralda de Sevilla está ahí, pero aquí todo es más tranquilo. No hay colas ni grupos haciéndose fotos. Subes casi solo, con una escalera estrecha que huele a incienso viejo y piedra húmeda.
Arriba aparece el pueblo entero. Tejados rojizos, calles que se enredan sin orden y, al fondo, los campos llanos del Bajo Guadalquivir. También se ve la autovía y algún centro comercial en la distancia. Es parte del paisaje actual, para bien o para mal.
El ajo que te pega un bofetón
A Lebrija mucha gente llega por la comida. Y cuando preguntas qué probar, siempre sale lo mismo: el ajo lebrijano.
La primera vez que lo ves te desconcierta. Parece una ensalada templada de patata con bacalao, aceite y mayonesa. Suena raro, lo sé. Pero funciona.
La primera cucharada te deja pensando. La segunda ya la entiendes. A la tercera estás mojando pan sin disimular. Es un plato contundente, de los que se inventaron cuando había que comer bien para aguantar el día.
Un camarero me explicó que la clave suele estar en dejarlo reposar. No sé si era un secreto de cocina o una forma elegante de decir que ese sabor necesita tiempo.
Cruces, caracoles y corraleras
Caí en Lebrija un 3 de mayo sin saber muy bien dónde me metía. Pensaba que era un día normal y me encontré el pueblo lleno de cruces decoradas con flores.
En cada esquina había gente reunida alrededor de mesas improvisadas. Y en casi todas las mesas, caracoles. Muchísimos caracoles.
Entré en una peña y una mujer me plantó un plato delante sin demasiadas preguntas. “Están blanquillos”, me dijo. Sabían a hierbabuena, a comino y a conversación larga.
Más tarde empezaron las corraleras. Si no las has escuchado nunca, imagina un grupo grande cantando coplas a pleno pulmón, sin escenario y sin demasiada ceremonia. Cuando todo el mundo se sabe la letra, aquello suena más a reunión de familia que a espectáculo.
Me fui bastante tarde, con los zapatos llenos de polvo y esa sensación de haber caído en medio de algo que lleva pasando muchos años.
El castillo que no es castillo
Subí al Cerro del Castillo porque desde varios sitios del pueblo me insistieron con las vistas. El nombre engaña un poco. Castillo como tal ya no queda gran cosa.
Lo que hay son restos y un cerro que domina todo el entorno. Pero el paseo merece la pena. Desde arriba se ve el Guadalquivir dibujando curvas en la llanura y entiendes por qué este lugar interesó a romanos, musulmanes y a cualquiera que pasara por aquí.
Cerca está la Ermita del Castillo. Antes fue mezquita y, según cuentan, también tuvo otros usos con el paso del tiempo. Hoy suele estar cerrada. Si te asomas por alguna rendija se intuyen detalles antiguos, como si el edificio estuviera hablando en voz baja desde hace siglos.
El dulce que se compra con monedas
Antes de irme pasé por el convento de las Concepcionistas. La escena parece sacada de otra época.
Golpeas la reja o dejas caer una moneda y desde dentro aparece una voz. No ves a la monja, solo escuchas la conversación a través de la ventanilla.
Pedí unos rebaños, unos dulces de almendra muy típicos aquí. Te los pasan envueltos en papel sencillo, casi como si fuera un intercambio secreto.
Luego vuelves a la calle con la bolsa en la mano y piensas que Lebrija funciona un poco así: tradiciones que siguen su ritmo, sin demasiado ruido alrededor.
En el autobús de vuelta a Sevilla iba dándole vueltas a eso. Lebrija no intenta impresionar. No juega a ser más de lo que es. Tiene vino, cantes, caracoles cuando toca y una torre que recuerda a la Giralda. A veces un lugar se explica solo con esas cosas. Y ya.