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sobre Los Palacios y Villafranca
Famosa por sus tomates de calidad y su gastronomía situada en la marisma cerca de la capital
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A primera hora de la mañana, cuando los camiones ya han salido rumbo a Mercasevilla, el aire suele oler a tomate abierto y a tierra húmeda. El turismo en Los Palacios y Villafranca empieza por ahí, por entender que aquí el campo no es decorado: organiza el ritmo del pueblo. El casco urbano queda rodeado por una extensión de invernaderos y huertas que, vistos desde la A‑376, forman una mancha blanca continua. De esas parcelas sale buena parte del tomate que se mueve por los mercados de Sevilla y su área metropolitana, y también la base de platos muy sencillos de la cocina local.
Un origen ligado a la frontera medieval
Los Palacios nació en un contexto de frontera. En el siglo XIV la zona estaba cerca del límite entre territorios castellanos y el reino nazarí de Granada, todavía presente al sur. Durante el reinado de Enrique II se concedieron privilegios de población para atraer colonos a estas tierras bajas del Guadalquivir, entonces más cercanas al pantano que a la huerta actual.
El asentamiento acabó vinculado a la casa de los Ponce de León, que ejercieron dominio sobre buena parte del territorio. De ese periodo procede la consolidación de la parroquia de Santa María la Blanca, un edificio que ha sufrido varias reformas con el paso de los siglos. La nave principal responde a modelos renacentistas bastante sobrios, mientras que la portada muestra intervenciones posteriores. Tras el terremoto de Lisboa del siglo XVIII se realizaron obras de refuerzo, algo común en muchas iglesias del valle del Guadalquivir.
La iglesia sigue ocupando el centro de la vida local. No es un templo monumental, pero ayuda a entender cómo crecieron estos pueblos agrícolas: alrededor de la parroquia, del mercado y de las calles que conectaban con los caminos de labor.
Entre marisma y campiña
El paisaje alrededor del municipio se entiende mejor caminándolo. No hay grandes sierras ni desniveles, pero sí una transición clara entre la marisma del Guadalquivir y la campiña agrícola.
Uno de los paseos habituales sube hacia el cerro de la Atalayuela. Allí se han localizado restos de una antigua construcción vinculada a los orígenes del lugar; quedan algunos sillares dispersos y poco más, pero el alto permite ver cómo se organiza el territorio: las parcelas de cultivo, los caminos agrícolas y, hacia el oeste, la franja de marisma.
Otros caminos atraviesan olivares, pequeñas explotaciones y zonas donde todavía se ven aves esteparias en determinadas épocas del año. En invierno no es raro observar grullas o bandos de aves migratorias que utilizan las marismas cercanas como lugar de descanso.
También se puede caminar entre Los Palacios y Villafranca siguiendo el antiguo camino que unía ambos núcleos antes de su unión administrativa en el siglo XIX. Durante mucho tiempo funcionaron como poblaciones separadas, con intereses y disputas propias, hasta que terminaron formando el municipio actual.
Cocina de huerta
La cocina local gira alrededor de lo que se recoge del campo. El tomate aparece de muchas maneras, pero una de las más reconocibles es la fritada: tomate reducido lentamente en sartén, a veces acompañado de huevo. Es una preparación doméstica que depende más del punto de cocción que de los ingredientes.
En invierno aparecen las tagarninas, una planta silvestre bastante común en la campiña andaluza. Se guisan con garbanzos y algo de carne curada, dando un plato contundente y muy ligado a la temporada.
También es habitual el bollo de chicharrones, una masa dulce elaborada con manteca de cerdo. A simple vista recuerda a un bizcocho, aunque la textura es más cercana a la de los dulces tradicionales de manteca.
Para beber, en algunas casas todavía se prepara mistela a partir de mosto de uva al que se añade aguardiente para detener la fermentación. No siempre es fácil encontrarla fuera del ámbito doméstico.
Fiestas vinculadas al calendario agrícola
El calendario festivo mantiene muchas referencias al campo. La romería de San Isidro, normalmente en primavera, reúne a vecinos y familias en las zonas verdes cercanas al pueblo, con carretas, caballos y comida compartida durante el día.
A finales del verano se celebra la feria local, conocida por los farolillos que iluminan el recinto por la noche. Es una feria muy vinculada a las peñas y a las cooperativas agrícolas de la zona, con casetas gestionadas por asociaciones del propio municipio.
La devoción a la Virgen de las Nieves también forma parte de la identidad local. En determinados momentos del año la imagen se traslada entre la ermita y el núcleo urbano siguiendo caminos que atraviesan los alrededores del pueblo.
Cómo recorrer el pueblo
Desde Sevilla se llega en coche en poco tiempo por la A‑376. También hay conexión en autobús con la capital.
El centro se recorre caminando sin dificultad: la plaza del ayuntamiento, la parroquia de Santa María la Blanca, el mercado de abastos y las calles comerciales concentran buena parte de la vida diaria. Con una hora basta para orientarse.
Quien tenga algo más de tiempo puede acercarse a los caminos agrícolas de los alrededores o a las zonas de marisma cercanas. En primavera el campo está más activo y el calor todavía es llevadero; en pleno verano las temperaturas suelen ser altas y la actividad se desplaza a las primeras y últimas horas del día.