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sobre Benalauría
Pueblo blanco con vistas a África que conserva intacta su arquitectura popular y cuenta con un interesante museo etnográfico
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A primera hora, cuando el sol todavía tarda en superar las lomas del valle del Genal, Benalauría suena a pasos sobre piedra y a algún gallo que rompe el silencio desde un corral cercano. Las campanas de la iglesia de Santo Domingo marcan la hora con un eco corto, que rebota entre las casas blancas. A esa hora el pueblo huele a leña húmeda y a café que empieza a hacerse en alguna cocina.
Benalauría se encarama en una ladera de la Serranía de Ronda. Las casas, encaladas y apretadas unas contra otras, se acomodan en la pendiente como pueden, unidas por calles empedradas que suben y bajan sin demasiada lógica. Desde la plaza se abre el valle del Genal: castaños, encinas y algunos bancales que aún se trabajan. En días claros se alcanza a ver, hacia el norte, la silueta recortada de las sierras que rodean Ronda.
Caminar por el casco urbano no lleva mucho tiempo. En quince o veinte minutos se cruza de un extremo a otro si uno no se detiene. Pero el pueblo invita más bien a ir despacio: ropa tendida en los balcones, una puerta entreabierta con olor a guiso, dos vecinos hablando en voz baja en una esquina. Son escenas pequeñas que dicen bastante de cómo se vive aquí.
Miradores que aparecen al doblar una calle
En Benalauría no todo está señalado. A veces basta con seguir una cuesta y acabar en un pequeño ensanche del terreno desde el que el valle aparece de golpe. No hay paneles ni barandillas elaboradas, solo el borde del pueblo y el paisaje cayendo hacia abajo: castaños viejos, arroyos que se adivinan entre la vegetación y laderas cubiertas de monte bajo.
Desde estos puntos se entiende bien la forma del terreno. El valle del Genal es húmedo para lo que suele ser el interior malagueño, y eso se nota en los castañares que cubren buena parte de las laderas. En otoño el color cambia rápido, del verde oscuro al ocre, y los caminos se llenan de hojas.
Los senderos que salen del pueblo siguen en muchos casos trazados antiguos. Algunos están empedrados y conectaban fincas o cortijos dispersos. Conviene llevar calzado con buena suela: hay tramos irregulares y después de la lluvia las piedras pueden resbalar.
La iglesia y las casas del centro
La iglesia de Santo Domingo de Guzmán ocupa uno de los puntos más visibles del casco urbano. La fachada es sobria, encalada como el resto del pueblo, y la torre sobresale lo justo para servir de referencia cuando uno se mueve por las calles. Dentro se conservan imágenes religiosas talladas en madera y un retablo sencillo, acorde con el tamaño del lugar.
Alrededor de la iglesia el entramado de calles es estrecho y con bastante pendiente. Muchas casas mantienen puertas de madera gruesa, rejas antiguas y patios interiores donde todavía se guardan herramientas del campo. En algunas fachadas quedan azulejos antiguos o pequeños bancos de obra pegados a la pared, de esos donde se sientan los vecinos al caer la tarde.
Si vienes en coche, lo más cómodo suele ser dejarlo en la parte baja del pueblo y seguir andando. El centro tiene cuestas pronunciadas y calles muy estrechas donde apenas cabe un vehículo.
Un pueblo marcado por el campo
Aunque hoy llegue gente de fuera los fines de semana, la vida de Benalauría sigue ligada al campo. Los caminos que conectan con Cartajima, Alpandeire u otros pueblos cercanos han servido durante generaciones para mover ganado, cargar castañas o llegar a pequeñas huertas repartidas por el valle.
La castaña sigue teniendo peso en la zona. Cuando llega el otoño es habitual ver sacos apilados en algunos portales o gente trabajando en los castañares de las laderas. También continúa la tradición de preparar productos del cerdo en invierno, algo muy arraigado en muchos pueblos de la Serranía.
La cocina doméstica se mueve en esa línea: guisos contundentes cuando refresca, verduras de temporada y embutidos que todavía se elaboran en algunas casas.
Llegar a Benalauría por carretera
Desde Málaga capital el trayecto ronda el centenar de kilómetros y la última parte se hace por carreteras de montaña. Lo habitual es pasar por Ronda y desde allí tomar una vía comarcal que baja hacia el valle del Genal. Son carreteras estrechas y con bastantes curvas, así que conviene conducir con calma.
El paisaje cambia bastante en pocos kilómetros: de las sierras más abiertas alrededor de Ronda se pasa a un valle más húmedo, con castaños, alcornoques y manchas de bosque más densas. En invierno no es raro encontrar nieblas bajas metidas entre las laderas a primera hora.
Fiestas discretas y reuniones de pueblo
Benalauría no tiene celebraciones masivas. Las fiestas en honor a Santo Domingo suelen celebrarse en agosto y reúnen sobre todo a vecinos y a gente que tiene aquí familia. La plaza se convierte durante unos días en el centro de todo: música, charlas largas y niños corriendo entre las mesas.
En septiembre a veces se organizan actividades relacionadas con productos del entorno, especialmente la castaña, que es uno de los símbolos del valle del Genal. No siempre siguen el mismo formato cada año, pero suelen girar alrededor de la gastronomía local.
La Semana Santa también se vive de forma sencilla, con pequeños recorridos por las calles del centro y la participación directa de los vecinos.
Benalauría es un pueblo pequeño, de los que se recorren rápido pero se entienden mejor si uno se queda un rato en silencio en la plaza o en algún borde del casco urbano mirando el valle. No hay grandes monumentos ni calles largas llenas de tiendas. Lo que queda es el sonido de las campanas, el humo de las chimeneas cuando refresca y el verde espeso de los castaños rodeándolo todo.