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sobre Cabra
Ciudad monumental en el centro geográfico de Andalucía puerta de entrada al Parque Natural de las Sierras Subbéticas con gran riqueza geológica y manantiales
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no ha terminado de secar el rocío de los olivares, el aire de Cabra huele a pan recién hecho y a tierra húmeda. Desde la parte alta del casco antiguo, los tejados de teja árabe se encadenan unos con otros hasta perderse en la llanura. Más allá, las primeras lomas de la Subbética empiezan a levantar el perfil oscuro contra un cielo que aún guarda algo del azul de la noche.
El olor del pan y el eco de las campanas
El barrio de la Villa despierta despacio. Las calles empedradas conservan el frescor de la madrugada y los pasos resuenan entre fachadas encaladas que devuelven la luz con un blanco casi crudo cuando el sol empieza a subir.
Por la cuesta del Castillo suele verse a vecinos que bajan con bolsas de tela o cestas pequeñas. A esa hora el pan todavía sale caliente y el pueblo funciona con otro ritmo, más silencioso. Apenas algún coche subiendo despacio y el sonido de las campanas marcando la mañana desde distintas iglesias del centro.
Quedan tramos de muralla y esquinas donde la calle se estrecha tanto que dos personas tienen que apartarse para cruzarse. La piedra caliza guarda el frío de la noche y, si pasas la mano, se nota la rugosidad gastada de siglos de uso.
Donde nace el agua
El sendero del Nacimiento arranca en el borde del casco urbano, justo donde las últimas casas dan paso a los olivares. El camino es sencillo y bastante frecuentado por gente del pueblo que sale a caminar. La tierra está compactada y en algunos tramos se oyen chicharras incluso antes de que llegue el verano.
A medida que se avanza, el olor cambia: menos polvo y más humedad. Aparecen almendros, zarzas y alguna higuera vieja. El agua brota de una grieta en la roca caliza y forma un pequeño remanso claro donde las piedras se cubren de un verde oscuro, casi aterciopelado.
La zona se conoce desde hace siglos y suele mencionarse cuando se habla de Juan Valera, que nació aquí y situó parte de su literatura en estos paisajes. Aunque no hayas leído nada suyo, el lugar tiene algo sereno: el sonido continuo del agua y la sombra fresca incluso cuando el día ya aprieta.
La subida al santuario de la Sierra
Por encima de Cabra se levanta el macizo de la Subbética. Desde el pueblo se ve claramente el perfil del Picacho y, cerca de la cima, el santuario de la Virgen de la Sierra.
La subida por carretera es la forma más habitual de llegar, aunque también hay senderos que utilizan senderistas y gente del propio pueblo. El paisaje cambia rápido: primero olivar, luego pinares dispersos y tramos de roca caliza donde el suelo aparece casi blanco.
Arriba suele soplar viento incluso cuando en el pueblo apenas se mueve el aire. Desde el entorno del santuario se abren vistas largas sobre la campiña cordobesa y las sierras cercanas. En días claros la luz se vuelve muy limpia al final de la tarde, cuando el sol baja y los olivares empiezan a reflejar ese tono plateado tan característico.
Si subes en verano, mejor hacerlo temprano o ya al caer la tarde. A mediodía el sol pega fuerte y apenas hay sombra en algunos tramos.
Sabores que siguen siendo de casa
En Cabra la porra sigue apareciendo en muchas mesas cuando aprieta el calor. Es más espesa que el gazpacho y más rústica que el salmorejo, hecha con tomate, pan asentado, aceite de oliva y lo que haya a mano para acompañar: huevo duro, pimiento o atún.
En invierno empiezan a verse dulces tradicionales en pastelerías y casas particulares. Los borrachuelos suelen aparecer cuando se acerca la Navidad. La masa lleva vino dulce y manteca, se fríe y luego se rellena con cabello de ángel aromatizado con canela. El azúcar glas siempre acaba cayendo fuera del plato.
Cuándo ir y qué conviene saber
La primavera es probablemente el momento más agradecido para caminar por Cabra y su entorno. Entre marzo y mayo los campos alrededor del pueblo se llenan de flores silvestres y la temperatura todavía permite subir cuestas sin esa sensación de horno que llega en pleno verano.
A comienzos de septiembre el pueblo cambia bastante de ambiente por las fiestas ligadas a la Virgen de la Sierra. Hay más movimiento, más coches y cuesta encontrar aparcamiento cerca del centro.
Si buscas tranquilidad, mejor venir entre semana. En las avenidas amplias del ensanche suele ser más fácil dejar el coche y luego entrar andando al casco antiguo.
Y un detalle que muchos visitantes subestiman: el sol aquí cae casi vertical en julio y agosto. Las piedras del castillo y de las calles altas acumulan calor durante horas. Llevar agua y sombrero no es exagerado, ni siquiera para paseos cortos. En invierno, en cambio, el viento de la sierra puede ser seco y frío, sobre todo al anochecer.
Al final del día, cuando la luz se vuelve anaranjada y las sombras se alargan por las calles empinadas, Cabra recupera un ritmo tranquilo. Se oyen televisores detrás de las ventanas, alguna conversación en los balcones y, a veces, una guitarra que sale por una ventana abierta mientras entra el aire fresco de la sierra.