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sobre Porcuna
La antigua Obulco romana; posee un patrimonio arqueológico excepcional y la Torre de Boabdil
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Te voy a decir una cosa que no suele aparecer en las guías: Porcuna huele a aceite de oliva. Pero no al aceite de la botella del supermercado, sino al de almazara, ese olor denso que se queda en el aire cuando la campaña está en marcha. Si has pasado alguna vez por un pueblo de la campiña en invierno, sabes a qué me refiero.
El pueblo que fue ciudad
Porcuna ronda los seis mil habitantes. Suena a pueblo tranquilo, de los que cruzas en coche en un momento. Pero debajo hay mucha más historia de la que parece. Aquí estuvo Ipolca, un asentamiento íbero importante que después continuó en época romana. De aquello quedan restos repartidos por el término y piezas que han ido apareciendo con los años.
La Torre de Boabdil es la imagen más reconocible del pueblo. Una torre de piedra alta, de esas que los niños dibujan cuando les pides un castillo. Desde arriba se abre toda la campiña. En días claros dicen que se alcanzan a ver sierras bastante lejanas; el paisaje es básicamente un mar de olivos que no se acaba nunca.
El nombre de la torre viene de un episodio conocido de la historia local: Boabdil, el último rey nazarí de Granada, estuvo preso aquí durante un tiempo tras su captura en el siglo XV. Cuando lo piensas impresiona un poco: una figura clave de la historia de Granada encerrada en un pueblo que hoy muchos pasan por alto en el mapa.
Donde el gazpacho no es lo que crees
El gazpacho porcunero descoloca al que llega pensando en el de tomate frío de toda la vida. Aquí la palabra significa otra cosa. Es un guiso caliente con bacalao, pan y especias. Te lo sirven humeando y lo primero que piensas es: “vale, esto no era lo que esperaba”. Luego pruebas y entiendes que el nombre se quedó, pero el plato siguió su propio camino.
La olla de tagarninas también aparece mucho en la cocina local. Las tagarninas son una planta silvestre que por esta zona se ha comido siempre, normalmente con legumbres o en guisos de cuchara. Suena humilde —y lo es—, pero es de esos platos que explican bien cómo se ha comido en la campiña durante generaciones.
Y luego están los dulces más de fiesta: pestiños con miel, muy ligados a Semana Santa y a las celebraciones familiares. En muchas casas todavía se preparan como se han hecho siempre.
La romería que vacía el pueblo
En mayo se celebra la romería de la Virgen de la Alharilla. Ese día buena parte del pueblo se mueve hacia el santuario y el campo de alrededor. Carretas, familias enteras pasando el día fuera, comida compartida… Durante unas horas Porcuna parece quedarse medio en pausa.
Otra tradición curiosa son las alfombras de sal del Corpus Christi. Los vecinos preparan dibujos y formas en el suelo con sal teñida y otros materiales. Luego pasa la procesión por encima y todo desaparece. Es de esas cosas que llevan horas de trabajo para durar apenas un rato.
Senderos entre olivos
Si te gusta caminar, alrededor del pueblo hay rutas sencillas que atraviesan la campiña. El paisaje es muy abierto, con lomas suaves cubiertas de olivos. No es montaña espectacular; es más bien ese tipo de terreno que te hace entender cómo funciona esta comarca.
Hay un itinerario que conecta con otros pueblos cercanos, como Lopera, siguiendo antiguos caminos. Caminando por ahí te das cuenta rápido de una cosa: desde ciertos altos se controla todo el territorio. No cuesta imaginar por qué, en otras épocas, quien dominaba esas posiciones tenía ventaja.
También hay senderos por la zona de Alcores, con tramos circulares. Vas andando, ves cortijos dispersos, algún tractor pasando, y el sonido constante del viento entre los olivos.
La casa que tardó décadas en levantarse
La Casa de la Piedra es una de esas historias que parecen inventadas pero no lo son. Un vecino empezó a construirla en los años treinta y siguió trabajando en ella durante décadas, colocando piedra a piedra. El resultado es una casa muy particular, casi como una obra personal más que una vivienda convencional.
Otro edificio curioso son las antiguas carnicerías reales, un espacio histórico que con el tiempo ha tenido distintos usos. Hoy guarda documentación y archivos municipales. Es uno de esos lugares donde te das cuenta de que un edificio puede cambiar de función muchas veces y seguir contando parte de la historia del pueblo.
Porcuna no es de los sitios que te dejan boquiabierto nada más llegar. Y, siendo sincero, tampoco juega a eso. Pero tiene algo que engancha cuando te paras un rato.
Quizá sea subir a la torre y ver kilómetros y kilómetros de olivos. Quizá escuchar a alguien contar que su familia lleva generaciones trabajando la misma tierra. O simplemente pasear por las calles del centro un rato sin prisa.
Mi consejo: ven con tiempo tranquilo. Da una vuelta por el casco antiguo, acércate a la torre y luego siéntate un rato en la plaza. A veces lo mejor de sitios así es precisamente eso: no tener ninguna prisa por irte.