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sobre San José del Valle
Municipio joven independizado de Jerez situado a las puertas de la sierra; entorno de embalses y montes ideal para actividades al aire libre
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Las campanas de la iglesia suenan temprano y el aire suele traer olor a pan recién hecho. A esa hora, cuando el sol apenas asoma por encima de los tejados blancos, se ven las primeras persianas levantarse en la plaza. Algunos vecinos paran un momento a tomar café antes de ir al campo. San José del Valle empieza el día así, con movimientos lentos y conversaciones cortas, como ocurre en muchos pueblos agrícolas de la campiña.
El municipio nació como colonia rural a finales del siglo XIX y durante mucho tiempo dependió administrativamente de Jerez. Esa historia todavía aparece en las conversaciones de los mayores, que recuerdan cuando aquí había poco más que casas bajas, huertos y caminos de tierra.
El tiempo se mueve diferente
Desde el Cerro de la Cruz, una pequeña elevación a las afueras, el paisaje se abre en todas direcciones. Las ondulaciones suaves de la Campiña de Jerez forman una mezcla de olivares, manchas de monte y parcelas de cultivo que cambian de color según la estación. En marzo y abril el campo se vuelve de un verde claro que dura poco; luego llega el tono pajizo del verano.
El pueblo queda abajo, compacto, con calles rectas y casas encaladas. En la plaza principal, frente a la iglesia de San José, suele haber vecinos sentados en los bancos de piedra cuando cae la tarde. La conversación gira alrededor del tiempo —si lloverá o no— y de cómo viene la cosecha ese año.
San José del Valle se convirtió en municipio independiente en los años noventa. Es un detalle relativamente reciente, y todavía hay quien lo menciona como si hubiera ocurrido ayer.
Rastros de otras épocas
A unos kilómetros del casco urbano, por carreteras estrechas entre encinas y alcornoques, aparece el Castillo de Gigonza. Se levanta sobre una loma de roca clara y se distingue desde lejos por su torre cuadrada. La construcción actual suele situarse en época medieval, aunque el lugar tuvo ocupaciones anteriores.
El entorno está tranquilo la mayor parte del tiempo. Entre semana es frecuente encontrar solo el sonido del viento moviendo la hierba y algún coche que pasa de largo por el camino.
Muy cerca quedan las ruinas del antiguo balneario de Gigonza. A principios del siglo XX acudía gente de la zona a las aguas sulfurosas que brotan en este punto. Hoy quedan muros abiertos al cielo, azulejos sueltos y escaleras que no llevan a ninguna parte. En los días cálidos todavía se percibe un ligero olor mineral en el aire.
Conviene moverse con cuidado por la zona: algunas estructuras están deterioradas y el terreno es irregular.
Donde el agua cambió el paisaje
El embalse de Guadalcacín II introduce un contraste inesperado en medio de la campiña. Desde ciertos puntos de la carretera el agua aparece de repente, extendida como una lámina gris azulada que refleja el cielo.
En verano se acerca bastante gente de los pueblos cercanos para pasar el día cerca del agua. Aun así, basta alejarse un poco por los caminos para volver al silencio.
Más hacia la sierra está el embalse de los Hurones, rodeado de alcornocal y monte mediterráneo. El aire aquí es distinto: más fresco, con olor a tierra húmeda y hojas secas. Desde algunos senderos se ven las laderas cubiertas de árboles y, si el día está muy claro, el horizonte se abre bastante hacia el oeste.
Si vienes a caminar, mejor hacerlo fuera de las horas centrales en verano. El sol cae fuerte y hay pocos tramos con sombra continua.
Sabores de la tierra
La cocina local tiene mucho de campo y de temporada. En las ventas de carretera y en las casas se preparan platos de caza cuando toca: jabalí, venado o guisos espesos que se comen mejor cuando refresca.
El pan suele ser grande, de corteza dura y miga densa, de los que duran varios días sin problema. También es habitual encontrar quesos elaborados en la zona, a veces acompañados con miel o con membrillo.
En la plaza, a la hora del mediodía, no es raro ver mesas con platos sencillos: alcachofas, huevos revueltos, guisos que huelen a ajo y aceite de oliva. La conversación suele alargarse más que la comida.
Para cuando vengas
La carretera que llega a San José del Valle atraviesa campos abiertos donde el paisaje cambia mucho según la época. En primavera aparecen amapolas en los márgenes y el aire trae polen del campo. En verano, en cambio, el calor se nota pronto y las calles se vacían durante las horas centrales del día.
Agosto es el mes más movido. Muchos vecinos que viven fuera vuelven entonces y el pueblo se llena de coches y de gente en la plaza por la noche.
Si buscas caminar con calma por los alrededores o acercarte al castillo y al antiguo balneario, entre semana suele haber bastante tranquilidad. Y al caer la tarde, cuando el sol baja detrás de las lomas y las sombras se alargan sobre los olivos, el pueblo recupera ese ritmo lento con el que empezó el día.