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sobre Castro del Río
Cuna de la artesanía de la madera de olivo y escenario cervantino con un barrio histórico de la Villa que conserva su trazado medieval y murallas
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Castro del Río tiene algo de esas historias que al principio suenan a exageración de bar. Estás charlando con alguien del pueblo y, entre sorbo y sorbo, te sueltan que en la Casa Blanca hubo mecedoras hechas aquí. De madera de olivo. Y tú piensas: vale, otra leyenda local. Luego investigas un poco y resulta que no iba tan desencaminado.
El turismo en Castro del Río no gira alrededor de una plaza llena de terrazas ni de tiendas para llevarse imanes de nevera. Aquí la historia aparece en talleres, en murallas medio escondidas y en costumbres que siguen vivas porque el pueblo no ha tenido mucha prisa por cambiarlas.
El olivo que también acaba en una mecedora
La primera vez que oí hablar de Castro del Río fue precisamente por la madera de olivo. No por el aceite. Por los muebles.
En muchos pueblos de la campiña el olivo acaba en la almazara. Aquí, una parte termina convertida en sillas y mecedoras. Llegas y todavía se escuchan sierras en algunos talleres. No es algo pensado para turistas. Es trabajo de siempre.
La madera de olivo es dura y caprichosa. Si se seca mal, se abre. Si se corta con prisas, se deforma. Por eso muchos artesanos siguen trabajando como lo hacían sus padres o sus abuelos. Despacio. Sin producción en cadena.
Un vecino me dijo algo que resume bien el asunto: el olivo aquí da aceite, pero también da oficio.
Murallas y un castillo que vigila el río
El casco antiguo de Castro del Río se sube andando. Calles con cuesta, giros raros y casas pegadas unas a otras. De repente aparece la torre del castillo, que domina todo el pueblo.
La fortaleza es medieval y se nota. No es un castillo gigantesco ni lleno de salas abiertas al público. Pero la torre y parte del recinto siguen en pie, y desde arriba se entiende por qué construyeron aquí la defensa.
El río Guadajoz rodea el pueblo haciendo un meandro amplio. Desde esa altura se ve cómo el agua dibuja la curva y cómo el caserío se apoya en la ladera. Es una vista sencilla, pero explica el lugar mejor que cualquier panel.
También quedan tramos de muralla con varias torres. Algunas aparecen casi de repente entre las casas. Caminando sin rumbo te topas con ellas.
El reñidero de gallos que sigue ahí
Hay un edificio en Castro del Río que suele dejar a la gente un poco descolocada. Parece una plaza de toros en miniatura. Redonda, de piedra, con gradas.
Es un reñidero de gallos. Se suele citar como uno de los más antiguos del país.
Hoy se conserva como parte de la historia local. Más que un lugar activo, es un recordatorio de una tradición que durante siglos formó parte de la vida del pueblo. Cuando entras y ves el ruedo tan pequeño entiendes rápido cómo funcionaba aquello.
No es un sitio grande, pero tiene algo curioso: habla de una forma de ocio que ahora cuesta imaginar en un pueblo tranquilo de la campiña.
Un pósito que ahora guarda otra cosa
Frente a la iglesia principal hay un edificio que durante siglos fue el pósito. Básicamente, el granero público.
En tiempos difíciles el grano guardado aquí podía marcar la diferencia entre pasar el invierno o no. Era una especie de banco agrícola. El pueblo almacenaba trigo y luego lo prestaba cuando hacía falta.
Hoy el edificio tiene otro uso. Libros, ordenadores, chavales haciendo deberes y gente mayor leyendo el periódico. La función cambió, pero sigue siendo un lugar donde pasa la vida cotidiana.
A mí me gustan esos edificios que no se quedaron congelados como museo.
Comer en Castro del Río y entender la campiña
La cocina aquí va en la línea de la campiña cordobesa. Platos de cuchara, guisos largos y recetas que parecen pensadas para después de trabajar en el campo.
Rabo de toro, albóndigas contundentes, flamenquines generosos. En ciertas épocas aparecen dulces tradicionales que duran lo que duran porque se hacen para momentos concretos del año.
No esperes una escena gastronómica moderna ni nada parecido. Es comida de pueblo. Bien hecha cuando cae en buenas manos.
El paseo junto al Guadajoz
Si has comido fuerte, lo mejor es salir a andar un rato. Hay caminos que siguen el curso del Guadajoz y rodean el pueblo.
No es una ruta de montaña ni nada exigente. Más bien un paseo largo entre olivos y terreno abierto. Mientras avanzas, el perfil de Castro del Río queda atrás: el castillo arriba, las casas escalonadas y el río marcando la curva.
Hay un punto desde el que el conjunto se ve entero. El meandro, la ladera y el caserío agarrado a la roca. Es una de esas vistas que explican el lugar sin necesidad de grandes discursos.
Y cuando vuelves al pueblo entiendes algo sencillo: Castro del Río no intenta impresionar a nadie. Simplemente sigue funcionando como lo ha hecho siempre. Y a veces eso es lo que más se agradece.