Artículo completo
sobre Aguilar de la Frontera
Localidad señorial con un rico patrimonio monumental y una plaza octogonal única que destaca por su arquitectura civil y religiosa además de su tradición vinícola y repostera
Ocultar artículo Leer artículo completo
Aguilar de la Frontera es como ese primo que solo ves en bodas y que, cuando te sientas a hablar cinco minutos con él, descubres que tiene más historias que toda la mesa junta. En el mapa queda ahí, en mitad de la Campiña Sur cordobesa, rodeado de viñas y olivar. Y cuando uno se acerca a hacer un poco de turismo en Aguilar de la Frontera, se da cuenta de que el pueblo no necesita hacer mucho ruido para que te quedes un rato más de lo previsto.
La plaza que no cuadra (y por eso funciona)
La Plaza de San José es lo primero que descoloca. No es la típica plaza mayor rectangular que esperas en un pueblo andaluz. Aquí la cosa va en octógono, con soportales alrededor, y el efecto es curioso: da igual desde dónde entres, siempre parece que la estás viendo desde un ángulo distinto.
Se levantó a comienzos del siglo XIX y durante mucho tiempo fue el sitio donde pasaba prácticamente todo: mercado, encuentros, discusiones y seguramente más de un trato cerrado con un apretón de manos. Hoy sigue siendo el corazón del pueblo. Por la mañana es tranquila, con gente mayor charlando bajo los soportales. Por la tarde cambia el ritmo: chavales que cruzan la plaza, gente sentada al fresco y más de uno mirando hacia arriba para entender bien la forma del sitio.
Es de esas plazas en las que te quedas un rato aunque no tengas ningún plan concreto.
Subir al cerro del castillo
El Castillo de Aguilar —muchos aquí todavía lo llaman de Poley— está en lo alto de un cerro que domina todo el casco urbano. La subida tiene su cuesta, no vamos a engañarnos. No es dramática, pero lo notas en las piernas si vienes después de comer.
Arriba quedan restos de la antigua fortaleza, con origen andalusí y bastante historia de cambios de manos durante la Edad Media. Hoy hay un espacio interpretativo que ayuda a entender cómo funcionaban estas defensas y cómo fue evolucionando el lugar con los siglos.
Pero lo que de verdad engancha es la vista. Desde allí se abre la campiña: parcelas de viñedo, olivares y el pueblo extendido cuesta abajo con las casas blancas muy juntas, como suele pasar en esta parte de Córdoba.
Un pueblo con olor a vendimia
Aguilar ha vivido mucho tiempo del campo y, sobre todo, de la uva. La variedad Pedro Ximénez manda por aquí, y cuando llega la vendimia —normalmente a finales de verano— el ambiente cambia. Si pasas en esas semanas, es fácil notar el olor dulce del mosto en algunas calles.
Alrededor del pueblo hay rutas sencillas entre viñedos. No esperes grandes senderos de montaña; esto es campiña abierta, caminos agrícolas y paisaje tranquilo. Lo típico es verlo con calma, en coche o caminando un tramo corto.
En las mesas del pueblo se nota también esa tradición. Mucha cocina de matanza, platos contundentes y dulces ligados a las fiestas. La morcilla de calabaza aparece a menudo y suele sorprender a quien no la ha probado antes.
Fiestas que mueven al pueblo entero
La Semana Santa aquí se vive con bastante seriedad. Las procesiones recorren calles estrechas del casco antiguo y el sonido de los tambores se oye desde bastante lejos.
Luego está algo que llama más la atención si vienes de fuera: la llamada Semana Santa Chiquita. Son los niños quienes recrean las escenas de la Pasión en la Iglesia del Hospital. Verlos tan metidos en el papel tiene algo entre entrañable y curioso.
En mayo llegan las cruces de flores repartidas por distintos puntos del pueblo y, poco después, la romería de la Virgen de los Desamparados, cuando mucha gente se desplaza al entorno rural para pasar el día. Y en verano se celebra la feria, con varios días de ambiente fuerte en la calle.
Mi consejo de amigo
Aguilar de la Frontera no juega en la misma liga que Córdoba capital, y tampoco lo intenta. Aquí el plan es otro: pasear sin prisa, mirar la plaza con calma, subir al castillo y dejar que el pueblo marque el ritmo.
Si vas con el horario justo, en unas pocas horas puedes recorrer lo principal. Pero si te quedas más tiempo empiezas a notar esos detalles que no salen en los folletos: conversaciones en la plaza, vecinos que se conocen de toda la vida, y ese aire de campiña donde el vino y el olivar siguen mandando.
Yo salí con la sensación de haber pasado por un sitio muy suyo, poco pendiente de agradar a nadie. Y eso, en los pueblos, suele ser buena señal.