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sobre Montalbán de Córdoba
Capital mundial del ajo situada en la campiña con unas catacumbas misteriosas y una ermita muy venerada que atrae a peregrinos de toda la comarca
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El olor a ajo se mete en el autobús cuando frena en la entrada del pueblo. Son las cuatro de la tarde de un martes de marzo y los campos que rodean Montalbán de Córdoba acaban de regarse. La tierra está negra, casi azul, y el aire huele a barro húmedo y a almendra amarga. Nadie espera a nadie en la parada. Un perro mira el equipaje, se aburre y se va.
Montalbán queda en la Campiña Sur, en una llanura agrícola donde el horizonte suele estar cortado por olivos, naranjos y, sobre todo, ajo. Aquí la tierra manda el ritmo del día: tractores que entran y salen del casco urbano, conversaciones que empiezan hablando del tiempo y acaban hablando de la cosecha.
La hora en que las campanas repican dos veces
Desde la plaza, donde el kiosco de música lleva años sin música, se ve la torre de la iglesia de Santa María de Gracia. El edificio actual es relativamente reciente; se levantó en el siglo XX después de que el anterior templo se viniera abajo. Las campanas, dicen en el pueblo, conservan parte del metal de la iglesia antigua.
Las oí antes de verlas. Repican a las horas justas y a veces también cuando alguien paga por ellas. A mediodía suenan doce campanadas secas, sin demasiado eco, como si el pueblo fuera más pequeño de lo que es. Luego vuelven a sonar, esta vez más rápidas, casi atropelladas.
La fachada mezcla ladrillo visto y piedra clara de la zona. No busca impresionar. La puerta suele estar abierta durante el día y dentro huele a cera caliente y a madera vieja. Un hombre barre entre las bancadas. El suelo de mármol verdoso resbala un poco si llevas suelas duras.
Bajo tierra, los muertos más antiguos
A medio kilómetro del centro, al final de un camino de tierra que bordea un olivar, están las Catacumbas de Tentecarreta. No hay grandes carteles ni instalaciones alrededor. Solo una verja oxidada y una placa metálica ya oscurecida por los años.
Las excavaciones sacaron a la luz una necrópolis paleocristiana que suele situarse en torno al siglo IV. Son galerías estrechas excavadas en la tierra donde se enterró a comunidades cristianas muy tempranas de esta parte de Andalucía.
Hoy no se pueden visitar por dentro; el acceso lleva tiempo cerrado por seguridad. Aun así, acercarse tiene algo de extraño. A mediodía, cuando el sol cae de frente, se distingue el hueco de una de las criptas y el terreno se hunde ligeramente. El silencio allí es tan completo que se oye el zumbido de los insectos como si estuvieran dentro del oído.
Al lado crecen romeros silvestres. Si frotas una hoja entre los dedos, el olor resinoso se queda pegado a la piel durante horas.
El Calvario y la vista sobre la campiña
Subir al Calvario lleva unos veinte minutos caminando desde la plaza. El camino es de hormigón viejo, con bordillos que alguna vez fueron blancos. Se pasa frente a casas con patios llenos de macetas de geranios y frente a otras que parecen cerradas desde hace décadas.
Arriba está la ermita del Calvario. Pequeña, encalada, con una puerta que a veces cuesta abrir porque el pestillo está gastado. Dentro el olor es a cal y a ropa guardada. La imagen del Cristo del Calvario, tallada en madera, es más pequeña de lo que uno espera: poco más de un metro, los pies desnudos y la cara muy alargada.
Desde el mirador se ve el pueblo entero: tejados de teja árabe, la torre de la iglesia, los invernaderos que brillan a lo lejos cuando el sol baja. Más allá aparece una franja azulada que marca Sierra Morena en los días claros.
El viento suele subir caliente desde los campos. A veces trae polvo fino de las parcelas donde se cultiva el ajo.
El vino de tinaja y las mesas en la calle
Montalbán está muy ligado al vino de tinaja, un blanco que tradicionalmente se fermenta en grandes vasijas de barro. Cada año suele organizarse una feria dedicada a este vino. Durante esos días aparecen mesas en las calles del centro y la gente se mueve de una a otra con la copa en la mano.
El vino se sirve algo templado, con un punto seco y un recuerdo a frutos secos. Suele acompañarse con gazpacho montalbeño, bastante espeso, con tropezones de jamón y huevo duro.
Cuando cae la noche empiezan a salir platos sencillos: pan, aceite, algo de chacina y, en muchas mesas, naranjas cortadas en gajos con aceite de oliva, sal y un poco de vinagre. El contraste sorprende la primera vez.
Las conversaciones van saltando de una mesa a otra: fútbol, cosechas, si este año vendrá más lluvia o no.
Cómo llegar y cuándo ir
Montalbán de Córdoba queda a menos de una hora en coche desde Córdoba capital, metido en plena campiña. El transporte público existe, pero los horarios son limitados, así que conviene mirarlos con tiempo si no vas en coche.
En verano el calor aprieta fuerte y las calles se vacían a media tarde. Si quieres caminar por los alrededores o subir al Calvario sin achicharrarte, la primavera y el inicio del otoño funcionan mucho mejor. En esas semanas los campos están verdes y el aire todavía corre entre las parcelas.
Aquí no hay escaparates de recuerdos ni monumentos que llenen una mañana entera de fotos. Montalbán se entiende mejor sentado un rato en la plaza, viendo pasar tractores y escuchando las campanas cuando cae la tarde. Y con ese olor a ajo flotando siempre en el aire.