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sobre Montilla
Capital del vino de la denominación de origen Montilla-Moriles con numerosas bodegas y lagares y un patrimonio histórico ligado al Gran Capitán y a San Juan de Ávila
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El aire en Montilla huele a mosto recién pisado y a pan del día. No es una imagen poética; es literal. Llegas por la mañana y el viento trae ese par de olores, como si en una calle estuvieran fermentando la uva y en la siguiente sacando barras del horno. Así te das cuenta de qué va el sitio: viñedo, harina y un ritmo que no parece llevar reloj.
El salmorejo con truco
En una tasca del centro pedí un salmorejo. El camarero lo trajo con un chorrito de fino por encima, sin avisar. “Así no se hace bola”, me explicó. Es el tipo de gesto local que te descoloca. Si esperas la crema espesa cordobesa, aquí suele ser algo más líquido, con un punto ácido que al final te lleva a mojar pan hasta dejar el plato limpio. Funciona.
La ruta del “sí, pero no es Jerez”
En las bodegas de Montilla, los guías ya tienen la respuesta preparada. “¿Esto es como Jerez?” Suele seguir un guion parecido: aquí la uva Pedro Ximénez alcanza más azúcar sola, así que normalmente no hace falta añadir alcohol para criar los vinos. Luego ves las tinajas enormes —muchas de cemento— que parecen depósitos de agua de otra época. En las visitas te explican cómo funciona la crianza y acabas probando: un fino seco, alguno más viejo con más cuerpo y, casi siempre, un PX oscuro y dulce. De esos que se beben a sorbos pequeños. Si pasas en época de vendimia, verás remolques y cajas de uva por las calles. El pueblo gira alrededor de eso.
El castillo al que le faltan piezas
Subir al castillo tiene su cuesta. No es una hazaña, pero sí lo suficiente para que a mitad camino recuerdes el desayuno. Arriba queda lo que fue: murallas, patio y una vista amplia de la campiña. Olivares, viñedos y tejados blancos hasta donde llega la vista. Cuentan que tras una rebelión, los Reyes Católicos mandaron desmontar parte de la fortaleza y derribar sus torres. Por eso hoy parece un rompecabezas incompleto. Muy cerca está la casa donde nació el Gran Capitán. Hay una placa discreta y poco más, como si prefirieran recordarlo sin aspavientos.
Iglesias y conventos sin prisa
La iglesia de San Agustín tiene ese efecto: por fuera parece sobria y por dentro el espacio se abre más de lo que imaginas. Piedra clara, silencio y olor a cera. Se comenta que es uno de los templos agustinos mejor conservados por aquí, aunque lo que se agradece es otra cosa: el silencio real. No hay sensación de sitio convertido en atracción. En el convento de Santa Clara viven monjas de clausura. Si llamas al torno, suelen vender dulces que pesan lo suyo: yemas, borrachuelos y algunos hechos con vino dulce local. Lleva efectivo; en estos sitios el tiempo tecnológico va otro paso.
La Casa del Inca y otras huellas
Montilla tiene un vínculo con América: aquí vivió años el Inca Garcilaso de la Vega, uno de los primeros cronistas mestizos. Su casa funciona como museo. Hay documentos y reproducciones que cuentan su vida entre dos mundos, aunque a mí lo que me quedó fue el patio interior. Pozo en medio, escalera estrecha y ese eco particular de las casas antiguas cuando subes despacio. Cerca hay una casa dedicada a Manuel de Falla. El compositor no nació aquí, pero su familia tenía raíces en el pueblo.
Cómo moverse por Montilla
Montilla se pasea sin complicaciones. Deja el coche en alguna zona amplia cerca del centro y sube hacia el castillo para tener la vista panorámica. Después baja hacia las calles principales, entra en alguna bodega si coincide con visita guiada y termina en una taberna probando algo local. Luego puedes caminar sin rumbo fijo. Muchos zaguanes permanecen abiertos para que corra el aire y desde fuera se ven patios llenos de macetas. ¿Da para un fin de semana completo? Depende. Pero como parada larga funciona: paseas pruebas los vinos comes tranquilo y te vas con una botella de PX en el maletero Y con la sensación de haber estado en un sitio que sigue bastante a su aire