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sobre Santaella
Pueblo de la campiña con un imponente castillo y una iglesia conocida como la Catedral de la Campiña rodeado de tierras fértiles de cultivo
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Santaella es de esos pueblos que te reciben con olor a aceituna recién molida y la sensación de que el tiempo se ha quedado medio dormido en alguna esquina. Llegué un martes a eso de las dos de la tarde y el silencio era tan serio que parecía que hasta los pájaros respetaban la siesta. La primera persona que vi fue un hombre sentado en la puerta de un bar, con la silla un poco vencida y una cerveza mirando al infinito como si estuviera pensando cómo arreglar media Europa.
El pueblo que acabó yendo por libre
Santaella no es grande, pero tiene una historia de esas que en los pueblos se cuentan como si fueran parte del carácter. Durante siglos estuvo ligada a otros señoríos de la zona y, tras bastantes líos administrativos y pleitos de los de antes —de los que duraban años— acabó consolidándose como municipio independiente. Aquí esas cosas se recuerdan con orgullo, aunque nadie se ponga ya a discutir papeles.
Antes de todo eso, tras la conquista cristiana de la campiña en el siglo XIII, Santaella pasó a ser villa real. De aquella época quedan pocas piezas tan visibles como la Torre del Homenaje. Está en pleno casco urbano y tiene ese aspecto de torre robusta que parece observar el pueblo con paciencia. No es un castillo de postal ni un recinto enorme, pero funciona como referencia: estés donde estés en el centro, acabas viéndola.
También se cuenta que el pueblo eligió como patrón a San Francisco de Paula en tiempos de epidemias. Tradicionalmente se dice que fue una manera de pedir protección cuando la peste andaba rondando por media Andalucía. Son historias que hoy se cuentan casi como leyenda local, pero ayudan a entender cómo se organizaban las comunidades cuando todo dependía de rezar… y de tener un poco de suerte.
La iglesia que guarda muchas capas de historia
La iglesia de la Asunción es uno de esos edificios donde notas que han pasado muchas manos a lo largo de los siglos. El templo actual se levantó sobre una antigua mezquita, algo bastante habitual en esta parte de Andalucía. No hace falta ser experto para darse cuenta de que el edificio tiene varias etapas: muros antiguos, añadidos posteriores y reformas que se fueron sumando con el tiempo.
El campanario, de planta octogonal, suele llamar la atención porque rompe un poco con la silueta más típica de otras iglesias de la zona. Dentro hay varias imágenes muy veneradas en el pueblo, entre ellas un Cristo Amarrado a la Columna y otro de la Vera Cruz que salen en procesión en determinadas fechas del calendario religioso. Si entras cuando no hay nadie, el silencio es de esos que parecen quedarse pegados a las paredes.
Cuando el campo manda
Santaella es campo. Mucho campo. De hecho, el término municipal es enorme comparado con el tamaño del casco urbano. Sales del pueblo en coche y en pocos minutos estás rodeado de olivares y parcelas que se pierden hasta donde alcanza la vista.
Por eso el ritmo del pueblo va bastante ligado al trabajo agrícola. A primera hora de la mañana se oye más de un tractor arrancando, y a media tarde hay momentos en los que las calles se quedan casi vacías. No es desinterés por el visitante ni nada parecido: simplemente mucha gente está trabajando fuera, en las fincas.
En los alrededores también hay zonas húmedas como la laguna del Donadío, conocida entre aficionados a las aves porque en determinadas épocas del año se ven bastantes especies. No es un lugar masificado ni con grandes infraestructuras; más bien uno de esos rincones tranquilos donde vas a caminar un rato y escuchar ruido de agua y de pájaros.
Cuando llegan las fiestas, el caballo manda
Si coincides con alguna de las celebraciones locales, el ambiente cambia bastante. En la romería de San Isidro, por ejemplo, aparecen caballos por todas partes y el pueblo se llena de gente arreglada para la ocasión. Carretas, trajes tradicionales, música… durante unas horas parece que todo gira alrededor del camino y de la convivencia.
La feria también tiene bastante presencia del mundo ecuestre. Suelen organizarse exhibiciones y actividades relacionadas con la doma vaquera, algo muy arraigado en la campiña cordobesa. Incluso para quien no entiende mucho del tema, ver a caballo y jinete moverse con esa precisión tiene algo hipnótico.
Y luego están las verbenas de verano en la plaza, con luces, música y familias enteras ocupando mesas hasta tarde. El típico ambiente de pueblo donde siempre hay alguien que conoces… o alguien que conoce a quien está sentado contigo.
Comer aquí es bastante sencillo
La cocina local va en la línea de la campiña: platos contundentes, guisos de los de pan al lado y muchas recetas ligadas al producto del campo. El rabo de toro aparece a menudo en las cartas, igual que otros platos tradicionales que no necesitan demasiada explicación.
No esperes cartas en varios idiomas ni sitios pensados para turistas. Lo normal es encontrar bares de los de toda la vida, con gente del pueblo en la barra y platos que salen de la cocina sin demasiada ceremonia.
Mi consejo es simple: ven con calma. Aparca cerca del centro, date una vuelta por las calles alrededor de la torre y la iglesia, y luego sal un poco a los caminos que rodean el pueblo. Santaella no juega a impresionar con grandes monumentos ni con miradores de postal. Es más bien ese tipo de sitio donde entiendes cómo funciona la campiña cuando te quedas un rato observando.
Y si al marcharte te llevas en la cabeza el olor del aceite y ese silencio raro de las primeras horas de la tarde, entonces ya has entendido un poco de qué va este pueblo. Aquí el tiempo no se detiene. Simplemente va más despacio.