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sobre Castellar de la Frontera
Pueblo dividido en dos núcleos destacando el viejo pueblo fortificado dentro de un castillo medieval; uno de los pueblos más bonitos de España
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Castellar de la Frontera tiene dos caras. La del castillo, en lo alto, con la carretera estrecha y poco sitio para dejar el coche. Y la de abajo, el pueblo nuevo, donde vive casi todo el mundo. Vine a ver la primera. Me quedé un rato a entender la segunda.
El castillo y el error
La subida es corta pero la carretera se estrecha al final. Hay una explanada de tierra donde la gente suele dejar el coche antes de entrar al recinto. Mejor hacerlo ahí y subir andando. Dentro, las calles son demasiado estrechas para circular con calma.
Desde ese punto ya se ve el embalse del Guadarranque. Es artificial, pero desde arriba parece un lago cualquiera.
El castillo es del siglo XII, aunque lo que se ve hoy es una mezcla: murallas de época almohade, edificios posteriores y reformas más recientes. La iglesia del Divino Salvador estaba abierta cuando entré. Vacía. Olor a incienso viejo. Un cartel indicaba que suele haber misa los domingos.
Desde el llamado Balcón de los Amorosos se abre la vista al embalse y a los montes de alcornoques. Hay una historia de dos moriscos que se arrojaron desde aquí. No sé si tiene base o si alguien la inventó para el cartel. El lugar, eso sí, queda muy expuesto al viento.
Bajé por una escalera de madera que crujía bastante. En una casa con puerta azul, un alemán vendía collares de piedras. Dice que vive allí desde finales de los noventa. “En verano esto es un zoo”, me soltó. “Ahora está bien”.
El pueblo que se mudó
Después bajé a Castellar Nuevo. Aquí vive la mayoría del municipio.
No hay casco histórico porque el pueblo se levantó en los años setenta, cuando el embalse obligó a trasladar el antiguo núcleo. Calles rectas, casas blancas, edificios administrativos. Todo bastante ordenado.
La gente mayor todavía habla del momento como “el traslado”.
En una plaza me senté en un banco con vistas a la sierra. Un hombre con perro me preguntó si venía del castillo. Había trabajado en la presa cuando se construyó. “Antes esto era campo. Ahora es el pueblo”, dijo señalando alrededor. Luego apuntó hacia los montes: “Ahí hay jabalíes, pero ya no se caza como antes”. Se despidió y siguió su camino.
Comer o no comer
En el pueblo nuevo se come lo que se come en toda esta zona: carne, algo de caza cuando toca y productos del campo cercano.
Me hablaron del guiso de jabalí que suele aparecer en verano en algunas cartas. Ese día no había. Acabé con un montado de lomo y una cerveza. Correcto. El pan estaba mejor que el lomo.
También mencionaron la torta de chicharrones, que aquí suele ser dulce. No llegué a probarla. Sí compré miel de brezo en una tienda del pueblo. Dicen que procede de los montes de alrededor, donde el brezo florece en primavera.
Caminar sin prisa
Hice la senda del Vencejo. Unos cinco kilómetros largos. Calcula alrededor de hora y media si no te entretienes demasiado.
Empieza cerca del castillo. Primero baja y luego vuelve a subir. Todo entre alcornoques. Algunos con la corteza arrancada, señal de que se ha sacado corcho no hace tanto.
El sendero llega a un pequeño mirador con bancos frente al embalse. Paré un rato y di la vuelta.
Hay más recorridos señalizados por la zona —molinos, mariposas, caminos por los Alcornocales—, pero con uno ya te haces una idea del paisaje.
Consejo final
Sube temprano si quieres ver el castillo tranquilo. A media mañana empieza a llenarse.
El recinto se recorre rápido. Una hora basta. Después baja al pueblo nuevo si quieres entender cómo vive realmente Castellar.
Y no vengas esperando un decorado. Lo curioso aquí no es solo el castillo. Es que el pueblo antiguo quedó arriba y la vida diaria siguió abajo. Pocos sitios cuentan esa historia tan claro.