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sobre Jimena de la Frontera
Pueblo blanco coronado por un castillo romano-árabe en el Parque de los Alcornocales; famoso por sus jornadas micológicas y entorno forestal
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Las campanas de la iglesia dan las ocho cuando el sol todavía no ha entrado del todo en el valle del Hozgarganta. Desde el mirador del castillo, las copas de los alcornoques parecen un manto ondulado que se pierde hacia los riscos de Gaucín. Abajo, el pueblo blanco despierta con el olor a pan recién hecho que sube por las calles empinadas. El turismo en Jimena de la Frontera suele empezar justo así, con el pueblo aún medio dormido y la sierra respirando despacio.
El tiempo que se queda en las piedras
Subir al castillo es caminar por capas de historia que se notan en las piedras calientes al tacto. La primera muralla se remonta a época bizantina, cuando este cerro ya vigilaba el paso entre la sierra y el Campo de Gibraltar. Más arriba, la etapa andalusí dejó la torre del homenaje, con ese aire de alminar truncado que todavía domina todo el valle.
En la escalera de caracol, las paredes están pulidas por siglos de manos buscando el equilibrio. Desde lo alto, el Hozgarganta dibuja curvas entre álamos y huertas pequeñas. En días de levante se oye el río antes de verlo, mezclado con el tintineo de las ovejas que pastan en las laderas.
En el patio de armas hay paneles que resumen las distintas etapas del castillo. Aun así, lo que se queda en la memoria suele ser más simple: el viento cruzando las murallas y la vista abierta hacia la sierra. Algunas noches de verano se organizan actividades culturales dentro del recinto. Si coincide con alguna, el castillo cambia mucho cuando cae la noche y las murallas quedan iluminadas.
El río que atraviesa el valle
Bajar hasta el Hozgarganta es seguir senderos que huelen a romero y a tierra húmeda. El río serpentea sin presas ni grandes obras que lo corten, algo cada vez menos habitual en Andalucía. En los remansos profundos el agua suele estar tan clara que se distinguen peces moviéndose entre las sombras de las piedras.
En las orillas anidan abejarucos durante los meses cálidos y, si uno se queda quieto un rato, es fácil oír el golpe seco de un pájaro carpintero en los troncos viejos.
Hay un camino que sigue el valle hacia San Pablo de Buceite durante varios kilómetros. En verano conviene madrugar: el sol cae fuerte en algunos tramos sin sombra. También merece la pena llevar agua, porque las pequeñas fuentes del camino no siempre llevan caudal cuando el verano ya está avanzado.
En otoño el sendero cambia por completo. El suelo se llena de hojas oscuras y el aire huele a seta. Es la época en la que muchos vecinos salen al monte con cestas buscando rebozuelos y otras setas de temporada.
Cuando el pueblo se llena de música
En mayo suele celebrarse la feria del ganado en el recinto ferial, a las afueras. Durante esos días el prado se llena de caballos, mulas y remolques. El polvo se levanta con cada paso y se queda flotando en el aire caliente de la mañana mientras los tratantes revisan patas y dentaduras.
Al mediodía el ambiente cambia: familias enteras pasean entre las casetas y el olor de la comida se mezcla con el de las cuadras.
En julio llega el Festival Internacional de Música, activo desde los años noventa. Los conciertos se celebran normalmente al anochecer, cuando el calor del día empieza a caer y las paredes blancas aún desprenden algo de temperatura acumulada. La plaza de arriba se llena de sillas y silencio; durante un rato el pueblo queda suspendido entre violines, piano y grillos.
Si coincide con esos días, conviene organizar la visita con algo de margen. El ambiente cambia bastante los fines de semana.
Lo que se come entre alcornoques
El mercado de abastos sigue siendo un buen lugar para ver cómo se mueve el pueblo por la mañana. En algunos puestos todavía se venden dulces caseros envueltos en papel, con olor a anís y vino dulce.
La cocina local mezcla monte y campo. En invierno aparecen guisos de caza —sobre todo venado— que se cocinan despacio y dejan en el aire ese olor denso a laurel y vino tinto. También es temporada de tagarninas, una planta silvestre que crece entre los alcornoques y que suele acabar en potajes con garbanzos.
Son sabores algo amargos y terrosos, muy ligados al monte que rodea el pueblo.
Cómo y cuándo
Jimena tiene estación de tren y está conectada con la línea que atraviesa el interior del Campo de Gibraltar. El trayecto discurre junto al río en varios tramos, entre alcornoques y taludes cubiertos de helechos.
Si llega en coche desde la costa, la carretera se va estrechando a medida que entra en la sierra. Tiene bastantes curvas, así que conviene tomársela con calma, sobre todo de noche.
El otoño suele ser uno de los momentos más agradables para recorrer la zona: temperaturas suaves, olor a monte húmedo y senderos más tranquilos. En pleno agosto el ritmo cambia; muchas tardes el pueblo queda casi vacío porque la gente baja al río o se refugia en la piscina municipal.
Si busca caminar con calma por la sierra, evite los puentes festivos más concurridos. La ruta de la Laja Alta, por ejemplo, suele atraer a bastante gente en esos días.