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sobre Cazalla de la Sierra
Capital del anís y el aguardiente en plena Sierra Norte con un monasterio cartujo convertido en monumento hotelero
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El olor a mosto nuevo te alcanza antes de ver el pueblo. Es septiembre y por la carretera que serpentea desde Constantina suben remolques cargados de uva tempranillo, dejando un rastro dulzón que se mezcla con el perfume seco de la encina. Desde el último repecho, Cazalla aparece como un barco de piedra anclado en la ladera: tejados oscuros, torres de ladrillo rojizo y, detrás, la sierra ondulándose hasta donde alcanza la vista. El turismo en Cazalla de la Sierra suele empezar así, con el coche bajando despacio y esa mezcla de campo y bodega que se cuela por la ventanilla.
El sabor de la tarde
En la plaza Mayor, bajo los soportales del siglo XVI, las mesas se llenan cuando el sol empieza a caer detrás de las casas altas. Es la hora del anís. En Cazalla el aguardiente forma parte de la conversación cotidiana; se sirve en vasos pequeños que se empañan en cuanto tocan la mesa. Si te sientas en uno de los laterales en sombra, oyes a las mujeres mayores comentar asuntos del pueblo mientras los niños corretean con palos de higuera recién cortados.
El aire suele traer olor a tomillo pisado y a pan recién salido del horno de alguna casa cercana. A veces, en una de las mesas, alguien explica a un visitante cómo se hace el gazpacho serrano de la zona: pan asentado, ajo, aceite de oliva y agua fresca. Nada de tomate. Se remueve hasta que queda espeso y pálido, casi del color de la piedra clara de las calles en verano.
Piedras que hablan de vino
La iglesia de Nuestra Señora de la Consolación aparece de pronto entre calles estrechas. Si está abierta, merece la pena entrar un momento y mirar hacia arriba: la luz se cuela por los ventanales y cae sobre el suelo en manchas de colores suaves. En silencio se oyen pasos y poco más.
Cazalla tuvo épocas de mucho movimiento cuando el vino y los aguardientes de la sierra viajaban río abajo hacia Sevilla y de allí al Atlántico. Caminando por la calle Ancha todavía se ven escudos en algunas fachadas: racimos tallados en piedra, símbolos heráldicos algo gastados por los años.
De vez en cuando queda algún portalón entreabierto que deja ver patios profundos donde antes hubo bodegas. Dentro suele oler a madera húmeda y a uva vieja, ese aroma dulce que se queda pegado a los muros durante décadas.
El Monte que llama
A principios de agosto la sierra cambia de color. El verde se vuelve más apagado y el suelo cruje bajo los pies. En esos días empiezan los preparativos de la romería de la Virgen del Monte, muy arraigada en el pueblo y en muchos municipios cercanos.
El camino hacia el santuario se llena de carros adornados con ramas y de grupos que suben andando antes de que apriete el calor. Algunos lo hacen descalzos como parte de una promesa. Cerca de la ermita es habitual ver montones de piedras que los peregrinos dejan o lanzan a la ladera mientras piden algo en silencio. El sonido seco de las piedras golpeando el suelo se mezcla con las campanas y con el murmullo de la gente que llega.
Desde allí arriba, Cazalla se ve pequeño entre los pinares: casas blancas apretadas, el campanario sobresaliendo y, más allá, la sierra perdiéndose en capas azuladas.
Bajo las estrellas
Cuando cae la noche el ritmo baja mucho. Las calles se vacían y la luz anaranjada de las farolas deja las fachadas en penumbra. Desde el mirador de la Constitución la sierra se ve como una masa oscura y el cielo, si está despejado, aparece lleno de estrellas. Esta parte de la Sierra Norte tiene poca contaminación lumínica, algo que se nota en cuanto te alejas un poco del centro.
Merece la pena caminar hasta las zonas altas del pueblo o hacia los caminos que salen entre pinos. El aire trae olor a romero y resina, y en los barrancos a veces se oyen perros de rehala en fincas cercanas.
Por la mañana temprano el pueblo vuelve a moverse despacio. Alguna persiana se levanta, pasan coches contados por la calle Real y en la plaza hay quien se sienta a leer el periódico mientras el primer sol ilumina las fachadas blancas. La sierra suele amanecer con una ligera niebla rosada que se levanta en cuanto calienta el día.
Cuándo ir: mediados de septiembre, cuando empieza la vendimia y el aire huele a uva recién cortada. En pleno agosto hay bastante más movimiento, sobre todo en fines de semana.
Cómo llegar: lo más cómodo suele ser venir en coche desde Sevilla o desde otras localidades de la Sierra Norte. Las carreteras son estrechas en algunos tramos, pero el paisaje de dehesa acompaña casi todo el camino.