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sobre Almonte
Municipio de gran extensión que incluye la aldea de El Rocío y la playa de Matalascañas; es el corazón de la devoción rociera y puerta al Parque Nacional de Doñana
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Las campanas de la parroquia dan las ocho cuando el sol aún no ha terminado de levantar la niebla. En la plaza, un hombre saca las sillas a la puerta de un bar y el mármol de la fuente está frío contra la palma. El turismo en Almonte suele empezar así, sin prisa: olor a pan recién hecho, algún caballo que pasa al trote corto y vecinos que se saludan como si el pueblo fuera un patio grande. En primavera ese patio cambia de escala y llegan miles de rocieros, pero a primera hora todavía se escucha el eco de los pasos sobre la piedra.
El territorio que no cabe en un mapa
Ochenta y seis mil hectáreas parecen un dato de papel hasta que recorres la carretera que une los tres centros del municipio: Almonte, El Rocío y Matalascañas. Entre medias, la marisma abierta. Hay días en que el agua se queda quieta y convierte los arrozales en un espejo largo; otros, el viento la arruga y el horizonte se vuelve gris verdoso.
Gran parte de Doñana queda dentro del término municipal. Se nota en los pinares que aparecen junto a la carretera y en las bandadas de aves que cruzan el cielo a baja altura, como si siguieran un camino que solo ellas conocen. Aquí las distancias engañan: parece todo cerca, pero los paisajes cambian rápido, de arena a monte bajo y luego a marisma.
Calles de arena y días de romería
El Rocío parece un decorado hasta que te fijas mejor. Los escaparates sin cristal están ahí por algo: la arena entra en todas partes. Las casas tienen barras de madera para atar caballos y muchas calles siguen siendo de tierra clara.
Cuando se acerca la romería, las pezuñas compactan la arena y las vecinas riegan el suelo con cubos de agua para que no se levante polvo. El lunes de Pentecostés la plaza frente a la ermita se llena hasta los bordes. Hay tamboriles, palmas, gente que canta con la garganta seca y niños dormidos sobre chaquetas dobladas.
Si vienes esos días, trae calzado que agarre bien: la arena se vuelve resbaladiza cuando se mezcla con cera o bebida derramada. Y aunque sea final de primavera, la noche en la marisma suele refrescar.
Templos, torres y una lápida antigua
Dentro de la iglesia parroquial de Almonte el aire huele a cera derretida y piedra fría. Cerca del baptisterio hay una losa visigoda —se suele fechar hacia finales del siglo V— con una cruz grabada y una inscripción difícil de leer si no sabes latín.
La torre actual empezó a levantarse a finales del siglo XV. Desde arriba, cuando se puede subir, el pueblo se ve compacto: tejados rojizos, patios blancos y, hacia el norte, la claridad plana de la marisma. Conviene preguntar antes en la oficina municipal porque los accesos no siempre están abiertos.
Senderos donde el agua manda
La Rocina es un brazo de agua oscura que atraviesa vegetación densa antes de llegar a la marisma. El sendero arranca cerca del centro de visitantes y en pocos minutos el ruido del pueblo desaparece. Solo quedan ranas, algún chapoteo y el batir de alas de las garzas.
El recorrido ronda los tres kilómetros si haces el circuito completo. Después de lluvias el barro se pega a las suelas como arcilla, así que merece la pena llevar calzado cerrado. A primera hora —antes de que el sol caliente— suele haber más movimiento de aves y menos mosquitos.
Más cerca de la costa, los pinares que rodean Matalascañas guardan caminos de arena bajo pinos carrascos. En verano la resina se calienta y el olor es fuerte, casi dulce. Las sombras ayudan, pero al mediodía el calor cae de lleno.
En la mesa: pan, miel y guisos de campo
En las fiestas de agosto el recinto de El Chaparral se llena de casetas y mesas largas. El mosto de uva zalema aparece en vasos pequeños, turbio y fresco.
La sopa almonteña es de esas recetas que nacen del pan duro: ajo, pimentón, caldo y huevo escalfado que se rompe al meter la cuchara. En Semana Santa suelen verse pestiños cubiertos de miel, pegajosos y crujientes.
En El Rocío se venden a menudo tortas de chicharrones envueltas en papel de estraza. Pesan más de lo que parece y huelen a manteca templada. Y cuando en algún guiso aparece choco con habas, el pan termina haciendo de cuchara.
Cuándo ir y qué conviene saber
– La romería del Rocío reúne a muchísima gente. Si prefieres ver el lugar con calma, mejor evitar esos días.
– A finales de junio suele celebrarse la Saca de las Yeguas, cuando los ganaderos traen los caballos desde la marisma hasta el pueblo.
– En verano, Matalascañas recibe mucho tráfico. Llegar temprano por la mañana facilita encontrar sitio para aparcar.
– Algunas torres históricas de la costa, como la del Río o la del Loro, quedan dentro del espacio protegido de Doñana y el acceso puede estar limitado según la época.
– En invierno las marismas atraen muchas aves y el paisaje cambia por completo, pero cuando llueve el barro manda: mejor botas que chanclas.
Al caer la noche, la plaza de Almonte se queda en una luz anaranjada de farolas. Las conversaciones se alargan en los bancos y a veces alguien saca una guitarra sin mucho aviso. El aire trae olor a azahar cuando es temporada y las palomas ya están recogidas en los tejados. El pueblo sigue ahí, tranquilo, como si no tuviera prisa en contarse.