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sobre Hinojos
Municipio inmerso en el entorno de Doñana con extensos pinares; mantiene tradiciones marismeñas y una rica biodiversidad en sus humedales
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El turismo en Hinojos empieza antes de llegar. Vas por la carretera del Condado, con campos de cultivo a los lados, y llega un momento en que bajas la ventanilla y el aire cambia. Huele a campo, a bodega cercana, a matanza cuando toca temporada. Ese tipo de mezcla que te abre el apetito sin pedir permiso. Ahí ya intuyes que el plan del día no va a ser solo pasear.
Un pueblo grande que sigue funcionando como pueblo
Con algo más de cuatro mil habitantes y un término municipal enorme, Hinojos tiene ese aire de sitio donde todo está cerca pero el campo empieza en la última calle. La plaza no es monumental ni falta que le hace: es el tipo de lugar donde los bancos siempre están ocupados y las conversaciones duran más que el café.
La iglesia de Santiago Apóstol es una de esas sorpresas tranquilas. Por fuera no parece que vaya a esconder gran cosa, pero dentro guarda varias tallas antiguas que suelen relacionarse con el entorno de Vázquez “el Viejo”, un escultor activo en Sevilla en el siglo XVI. No están tratadas como piezas de museo: forman parte de la iglesia de siempre. Cuando yo entré, un hombre que andaba por allí me abrió con toda la naturalidad del mundo, como quien presta una escalera al vecino.
Cocina de pueblo, de la que llena
A mediodía el pueblo cambia de olor. Sale de las cocinas el aroma de los guisos y del salmorejo que aquí preparan con su toque propio: algo más especiado de lo habitual y pensado para comer con cuchara.
También es bastante típico oír hablar de las habas enzapatadas, un plato contundente con embutido y lo que haya dado la despensa ese día. No es cocina de postureo: es comida de la que se hacía para trabajar luego en el campo. De esa que te deja pensando que quizá la siesta no era mala idea.
Yo llegué con intención de parar un rato y seguir camino, pero Hinojos tiene ese efecto curioso: como aparcar es fácil y todo queda a mano, acabas alargando la vuelta más de lo previsto.
El viejo molino
El Molino del Caño es uno de esos sitios que todavía huelen a madera, aceite y grano. Conserva buena parte de la maquinaria tradicional y sirve para entender cómo funcionaban los molinos hidráulicos de la zona.
Si tienes la suerte de coincidir con alguien que conozca el oficio, la visita gana mucho. Te cuentan cómo trabajaban las piedras de moler, cómo se regulaba el agua y por qué el sonido del molino era casi el reloj del pueblo. Sales entendiendo mejor por qué durante siglos el pan dependía de lugares como este.
Doñana empieza aquí al lado
En Hinojos siempre está presente Doñana. Buena parte del término municipal forma parte del entorno del parque, así que no hace falta ir muy lejos para notar que el paisaje cambia.
Cerca del pueblo está el centro de visitantes de Los Centenales, que sirve como punto de partida para conocer la zona. Desde allí salen senderos señalizados entre pinares, matorral mediterráneo y alguna laguna estacional cuando las lluvias acompañan.
La caminata es sencilla y silenciosa. Lo normal es cruzarte con aves, escuchar jabalíes moviéndose entre los arbustos o simplemente notar cómo desaparece el ruido de la carretera. No siempre se ven animales grandes —Doñana tiene más de paciencia que de espectáculo—, pero el ambiente merece la pena.
Fiestas muy de aquí
Las celebraciones en Hinojos siguen teniendo ese aire de reunión grande más que de evento pensado para turistas.
La Romería del Valle, que suele celebrarse en primavera, mueve a medio pueblo hacia la ermita entre carretas, caballos y mucha comida compartida. No es raro acabar sentado con gente que acabas de conocer, cantando o simplemente charlando.
Durante el año también se organizan jornadas relacionadas con la caza, algo muy ligado al campo de esta parte de Huelva. Suelen juntarse aficionados, perros de muestra y guisos hechos en grandes peroles. Ambiente de conversación larga y sobremesa sin reloj.
Una parada que tiene sentido
Hinojos es como el bocata de lomo de un viaje largo: no tiene glamour, pero cuando lo pruebas entiendes por qué siempre apetece.
En unas horas puedes ver la iglesia, acercarte al molino y darte un paseo por el entorno de Doñana. Nada de grandes monumentos ni colas. Más bien un pueblo que sigue a su ritmo.
Mi consejo de amigo: ven con hambre y con tiempo para caminar un poco. Da una vuelta por el centro, acércate a Los Centenales y deja que el día vaya cayendo sin plan cerrado. A veces el turismo rural funciona así: llegas pensando que vas a estar un rato y acabas quedándote más de lo previsto. Y Hinojos es bastante de ese tipo de sitio.