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sobre Rociana del Condado
Municipio vitivinícola con un casco histórico declarado Bien de Interés Cultural; tierra de frutos rojos y vinos con solera
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Las ventanas de las bodegas están abiertas de par en par y el olor a mosto fermentado se mezcla con el de la tierra recién removida. Son las diez de la mañana de un martes de abril y, en la carretera que une Rociana con Bollullos del Condado, los tractores van dejando surcos de tierra roja entre los viñedos. En el turismo en Rociana del Condado hay bastante de esto: mañanas de faena, camiones entrando y saliendo de cooperativas y un pueblo que gira alrededor de la viña mucho más que de las fotos bonitas.
El vino que se bebe antes de comer
En Rociana nadie espera a la comida para probar el vino. En la zona de carga de una cooperativa, un hombre con botas de goma verdes saca de su furgoneta una garrafa de cinco litros y la llena directamente del depósito. Es mosto, todavía turbio, dulce con un fondo ácido que te hace cosquillas en las encías. “Para la casa”, dice sin dejar de mirar cómo cae el líquido amarillento.
La Denominación de Origen Condado de Huelva manda aquí desde hace décadas, aunque en el día a día el vino sigue siendo algo sencillo: blanco fresco en vasos pequeños, licorosos después de comer y mucho granel que circula entre vecinos.
La ruta del vino del Condado atraviesa varios pueblos, pero Rociana suele aparecer pronto porque la viña rodea el casco urbano. Sales del pueblo en coche y en pocos minutos ya estás entre líneas de cepas bajas y tierra rojiza. En vendimia —normalmente entre finales de verano y principios de otoño— el movimiento se nota más: tractores cargados, olor a uva aplastada y bastante tráfico agrícola en las carreteras comarcales. Si vas a conducir por la zona en esas semanas, conviene tomárselo con calma.
Cruces de mayo y panetes que se acaban
A comienzos de mayo las calles se llenan de romero y las casas sacan mantones y colchas bordadas a los balcones. Es tiempo de Cruces. Cada barrio monta la suya con flores, macetas y telas, y por la noche suenan charangos y palmas hasta tarde.
La Plaza de España y las calles cercanas se convierten en un ir y venir de gente. En las barras improvisadas se mezclan vasos de vino con limón, refrescos y platos fritos que dejan en el aire ese olor a aceite caliente que se queda pegado a la ropa.
Unos días antes empiezan a aparecer los panetes, un bollo dulce aromatizado con anís que en Rociana se asocia mucho a estas fechas. Durante esa semana se ven bandejas enteras salir de los hornos del pueblo y las colas a primera hora no son raras. Mucha gente compra más de la cuenta “por si vienen los nietos”. Cuando se endurecen un poco, acaban en el café del desayuno.
El camino que va hacia El Rocío
Cuando se acerca la romería, la ermita del Valle empieza a llenarse de carros adornados con flores de papel y cintas. Es la salida del camino de Rociana hacia El Rocío. Se hace a pie o en carro, atravesando campos y zonas de monte bajo antes de llegar a las marismas.
Las mujeres suelen vestir de flamenca clara y los hombres llevan sombrero y camisas de manga larga. A media mañana el polvo del camino ya está en el aire y el olor a caballo se mezcla con el de las jaras y los pinos.
En los lugares de parada se montan campamentos temporales donde se cocina, se canta y se duerme algunas horas antes de continuar. Los mayores recuerdan caminos más largos y menos organizados; hoy muchas cosas han cambiado, pero sigue habiendo una regla que se repite cada año: avanzar por arena y vereda todo lo posible antes de pisar la aldea.
La vega donde el arroz se mezcla con el viñedo
Al amanecer, la vega del Rocín suele quedar cubierta por una neblina baja que tarda un rato en levantarse. La luz es blanca, casi plana, y convierte los campos en una superficie silenciosa donde solo se oyen motores lejanos.
Aquí el paisaje cambia. A los viñedos se suman parcelas de cultivo intensivo: fresas, frambuesas y otros frutos rojos que en invierno ocupan a mucha gente del pueblo. Los invernaderos de plástico blanco se extienden en filas largas y, en temporada, es habitual ver camiones esperando para cargar.
Hay caminos agrícolas que permiten recorrer la zona andando o en bici. No es un paisaje pensado para postal, pero sí para entender cómo funciona la economía local: cuadrillas que entran temprano, mochilas con bocadillos, manos teñidas de rojo al final de la jornada.
Cuándo ir y qué evitar
Mayo suele ser un buen momento para acercarse: las Cruces llenan el pueblo de movimiento y el campo todavía está verde. El aire trae olor a romero y las tardes se alargan lo suficiente como para pasear sin el calor fuerte del verano.
Agosto es otra historia. A mediodía el calor aprieta y muchas persianas están bajadas porque buena parte del pueblo está fuera o trabaja en horarios muy tempranos. Si vienes en fin de semana, intenta llegar por la mañana: aparcar en el centro se complica cuando la plaza y las calles cercanas se llenan.
La iglesia de San Bartolomé marca el perfil del casco urbano con su torre revestida de azulejos. Cuando la luz de la tarde cae de lado, esos azulejos reflejan un brillo fuerte que se ve desde varias calles. Desde arriba —cuando la subida está abierta— se entiende bien el paisaje del Condado: un mosaico de viñas, cultivos y caminos rectos que se pierde hacia el horizonte.