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sobre Villalba del Alcor
Localidad del Condado con una curiosa iglesia-fortaleza; tierra de vinos y tradiciones religiosas arraigadas en la campiña
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En la pared lateral de la iglesia de San Bartolomé hay una lápida de mármol con letras que apenas miden dos dedos de alto. Es del año 134 a. C. y nadie la ha movido de ahí desde que un legionario romano la clavó para agradecer a la diosa Juno Regina que le devolviera a casa con vida. Villalba del Alcor lleva dos mil años siendo un lugar de paso que decide quedarse quieto.
El Condado en alto
El pueblo se adivina desde la A-49 como un castillo de tiza encaramado a la loma. Está en el centro de la comarca de El Condado, esa tierra ondulada entre Huelva y Sevilla donde los cerdos ibéricos se crían al aire libre y las casas se pintan de blanco para soportar el verano. La altura —unos 140 metros sobre el nivel del mar— le dio desde siempre un oficio de atalaya: primero para vigilar los convoyes que llevaban el mineral romano hacia el Guadalquivir, después para defender la frontera entre el reino cristiano de Niebla y el territorio nazarí de Granada.
La conquista llegó en 1253, cuando Alfonso X el Sabio atravesó el Arroyo Giraldo y compró la plaza a los militares que la habían tomado meses antes. No fue una batalla épica: más bien un trámite de papel sellado que cambió el mapa. Desde entonces Villalba perteneció a la Corona, luego a una nobleza que especuló con sus tierras y, en última instancia, a los labradores que fueron abriendo eras entre chaparros para plantar vides.
Iglesias y conventos que no se ven en las postales
La parroquia de San Bartolomé es neoclásica —columnas corintias, frontón triangular— pero conserva el crucero de una construcción anterior del siglo XVI. Ahí dentro, junto al evangelio, descansa la lápida romana. No hay vitrina ni cartel explicativo: la piedra respira el mismo aire que los vecinos desde hace veintiún siglos. Si alguien quiere verla de cerca, basta con esperar a que termine la misa y acercarse. El silencio que rodea el mármol es más elocuente que cualquier audioguía.
A medio camino entre el pueblo y la carretera se levanta la ermita de los Remedios, patrona de Villalba. Es del siglo XVII, de ladrillo rojo y teja árabe, con una sola nave y un campanario de espadaña que parece hecho para campanas pequeñas y fiestas grandes. Cada septiembre la gente saca la imagen en procesión, la baja hasta el arroyo y vuelve a subirla cantando. La romería dura lo que tarda el sol en ponerse tras los eucaliptos; después quedan los restos de migas, las botas de vino y la certeza de que otro año ha pasado.
Jamón, vino y lo que sobra del cerdo
En El Condado el cerdo no es negocio, es sistema de vida. En Villalba se come entero: jamón para el desayuno, presa para la comida, careta para el guiso. El plato que repite en los fogones es la carrillada —carrillada de ibérico estofada con tomate, vino tinto de la tierra y un punto de pimentón que tarda horas en deshacerse. No hay carta que lo anuncie: se pregunta en el bar de la plaza y, si hay, hay; si no, se pide otra cosa.
El vino llegó con la expansión del siglo XIX, cuando los propietarios roturaron las dehesas y plantaron uva en terrazas que antes daban trigo. Hoy quedan pocas bodegas activas, pero en las casas aún se guarda una garrafa de mosto para los días de fiesta. La repostería es la herencia de los conventos: pestiños en Semana Santa, roscos de vino para acompañar el café y un dulce de calabaza que las monjas de San Juan Bautista enseñaron a las abuelas antes de que el convento cerrara.
Un paseo que no necesita mapa
Villalba se recorre en veinte minutos si se va derecho, en una hora si se paran los pies. La calle Real sube desde la carretera hasta la iglesia; a mitad de cuesta está la plaza, con su ayuntamiento de ladrillo y reja y los bares donde se junta la tertulia de las diez. Las casas conservan los portones altos de madera y los zócalos de piedra que impiden que los caballos rocen las paredes cuando se guarecen del sol.
Si se sigue subiendo se llega al mirador: un murete de cemento con una lámina de hierro que explica qué pueblo se ve al fondo. Al oeste se adivina el Guadalquivir; al norte, los olivares de Sevilla. El viento de la dehesa sube por la ladera y lleva el olor a brezo y a ganado. No hay taquilla ni horario: el sitio es tuyo mientras aguantes la corriente.
Cómo ir y cuándo
Villalba del Alcor está a 45 minutos de Sevilla por la A-49; la salida 18 baja directa al pueblo. No hay estación de tren ni autobuses diarios: el transporte público es el coche de algún vecino que viene a comprar. La mejor época es la primavera, cuando la tierra huele a romero y los días se alargan sin todavía quemar. En agosto el termómetro roza los 45 °C y la siesta se alarga hasta las seis; en diciembre la niebla se queda quieta entre los chopos del arroyo y el pueblo parece flotar.
Si coincide con el 24 de agosto, San Bartolomé, habrá procesión por la noche y dulces de convento en la puerta de la iglesia. Si es septiembre, la romería de los Remedios llena el camino de carromatos y se escucha sevillana hasta que se apagan los faroles. Si no hay fiesta, tampoco importa: Villalba no necesita excusa para mostrar su lápida romana, su iglesia blanca y su jamón que se deshace antes de tocar el plato.