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sobre Coria del Río
Puerto histórico del Guadalquivir conocido por la expedición japonesa Keicho y el apellido Japón entre sus habitantes
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El Guadalquivir huele a mar en Coria, aunque el mar esté a unos treinta kilómetros río abajo. Es un olor leve, salobre, mezclado con el de las algas que se quedan pegadas a los pilotes y con el de la tierra caliente de las vegas. Quien llega haciendo turismo en Coria del Río suele notarlo a primera hora: cuando la niebla baja del Guadiamar y se posa sobre el agua, se oye el chapoteo de alguna barca de pesca y el graznido de las garcetas que vuelven de los arrozales.
Donde los samuráis dejaron su apellido
En la calle Japón hay casas bajas con rejas pintadas de verde y macetas de geranios que cuelgan sobre la acera. En una de ellas vive un hombre que se apellida Japón, como su padre y su abuelo. Aquí ese apellido no llama demasiado la atención.
Según se cuenta en el pueblo, todo empezó en 1614, cuando una expedición japonesa que remontaba el Guadalquivir pasó por estas orillas. Algunos de aquellos hombres —samuráis de la llamada embajada Keichō— decidieron quedarse. Con los siglos, el apellido se mezcló con el paisaje local: aparece en buzones, en matrículas de coches, en listas del colegio.
En el parque Carlos de Mesa hay una estatua de Hasekura Tsunenaga, el samurái que encabezaba aquella misión diplomática. Mira hacia el río, rígido, de bronce oscuro. Cerca también se recuerda que por aquí pasó la expedición de Magallanes en 1519, cuando el Guadalquivir era la puerta hacia el Atlántico. Coria siempre ha vivido mirando esa corriente lenta que conecta el interior con el océano.
La siesta del Guadalquivir
A las tres de la tarde, en pleno julio, Coria se queda casi en silencio. Los perros buscan la sombra de los naranjos del Paseo de la Ribera y muchas persianas se quedan a medio bajar. El río, en cambio, sigue con su ritmo lento, arrastrando agua marrón hacia Sanlúcar.
Desde el muelle de La Canoa se ve bien la desembocadura del Guadiamar. Allí el agua cambia de color y aparecen bancos de arena que cada invierno se recolocan un poco más allá.
En una terraza junto al paseo, unos jubilados juegan a las cartas bajo un ventilador que gira despacio. Hablan de la cosecha del arroz, de si este año el agua vendrá justa, de los mosquitos que llegan cuando cae la tarde. La historia japonesa aparece de vez en cuando en la conversación, pero más como algo cotidiano que como curiosidad: el apellido del carnicero, el de una profesora del instituto, una bandera japonesa que a veces se ve junto a la andaluza en actos del ayuntamiento. De vez en cuando también se organizan actividades culturales relacionadas con Japón, talleres o encuentros que recuerdan ese vínculo extraño que quedó aquí hace siglos.
Cuando el río se ilumina
A mediados de agosto, coincidiendo con las fiestas de la Virgen, el río suele llenarse de pequeñas luces. Son farolillos de papel que se dejan caer al Guadalquivir siguiendo una tradición japonesa conocida como toro nagashi. Llevan dentro una vela y, a veces, un deseo escrito.
Desde el puente se ven avanzar despacio, arrastrados por la corriente. Los niños corren por la orilla intentando seguirlos hasta que la oscuridad se los traga río abajo. Hay quien dice que alguna vez apareció uno intacto cerca de la desembocadura, muchos kilómetros más abajo, aunque estas historias cambian según quién las cuente.
En primavera también florecen algunos cerezos plantados en el parque. No duran mucho: unos días de flores rosadas que el viento tira enseguida al suelo. A veces llegan visitantes japoneses curiosos por ese pequeño lazo entre ambos lugares. Se sientan en el césped, hacen fotos tranquilamente y siguen su camino.
El tiempo de las cigüeñas
Una buena época para pasear por la zona suele ser marzo, cuando ya han pasado las lluvias fuertes y el calor todavía no aprieta. Los campos de arroz empiezan a inundarse y el cielo se refleja en ellos como en trozos de espejo.
El sendero de la Vega —unos ocho kilómetros de tierra compactada— avanza paralelo al río hasta la desembocadura del Guadiamar. Por el camino aparecen restos de otras épocas: una antigua noria oxidada, muros de molinos reaprovechados como vivienda, alguna choza que recuerda cuando la caza de aves acuáticas era habitual por aquí.
Conviene llevar agua y gorra. En verano el sol rebota en el agua de los arrozales y apenas hay sombra. En invierno el problema es el barro: se pega a las suelas y cada paso pesa el doble.
Si vienes en Semana Santa, muchos vecinos recomiendan acercarse el Jueves Santo por la tarde. Ese día el Cristo de Coria baja desde la ermita de la Vera Cruz por una escalinata que parece más larga de lo que realmente es cuando el paso empieza a moverse. La procesión cruza calles estrechas mientras la gente espera sentada en sillas plegables, con bolsas de pipas y niños que se quedan dormidos en brazos.
Agosto puede resultar pesado por el calor y el movimiento de coches que llegan desde Sevilla y otros pueblos cercanos. Septiembre, en cambio, suele traer noches algo más frescas. Los arrozales ya están en marcha y al amanecer se levanta un vapor bajo sobre el Guadalquivir. Desde el muelle, a esa hora temprana, el río parece otro: silencioso, ancho, con el sonido lejano de alguna garza levantando el vuelo.