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sobre Benahavís
Pueblo de montaña muy cercano a la costa conocido como el comedor de la Costa del Sol por su alta concentración de restaurantes
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A las diez de la mañana, el sol todavía no ha entrado del todo en el barranco. Desde una de las terrazas que miran al vacío se ve cómo el río Guadalmina dibuja una línea verde entre dos paredes de piedra. Huele a romero mojado y a pan recién salido. Abajo, en la plaza, los coches aparcados llevan matrículas de media Europa. Benahavís despierta con acento extranjero y con ese olor a guiso que sale de las cocinas desde temprano.
El pueblo que come de lunes a lunes
Hay quien dice que aquí se come mejor que en Ronda. Yo solo sé que si llegas un martes cualquiera de enero —mes tranquilo en la Costa del Sol— a veces toca esperar mesa. El pueblo tiene una cantidad de restaurantes que sorprende para su tamaño, y muchos hornos de leña no se apagan ni en invierno.
El cochinillo suele salir con la piel crujiente y la carne muy tierna, de esos platos que se comen despacio mientras la conversación se alarga. Cuando aparece en la carta algún guiso de caza —perdiz, conejo— merece la pena pedirlo: recetas que llevan décadas en las mismas cocinas, con ese punto especiado que en la sierra se ha usado siempre.
Un detalle que todavía se mantiene: en algunas barras, sobre todo a media mañana, la charla gira más alrededor del precio de la vivienda o del tráfico hacia la costa que del golf.
Subir al castillo donde se vigilaba la costa
El Castillo de Montemayor está a unos tres kilómetros cuesta arriba, aunque la subida se hace más larga de lo que parece. La senda empieza cerca del polideportivo: primero asfalto y hormigón, luego piedra suelta y tierra rojiza.
Arriba sopla viento casi siempre. Al norte se abre la sierra; hacia el sur, entre dos lomas, aparece el Mediterráneo. De la fortaleza quedan restos de muralla y un aljibe, pero la posición lo explica todo: desde aquí se controlaban los caminos que subían desde la costa y los movimientos por el valle.
Si subes al atardecer, la Sierra Bermeja se vuelve de un rojo oscuro que dura apenas unos minutos.
Bajar de noche sin linterna no es buena idea. El sendero tiene tramos resbaladizos y en la parte baja pasa junto a fincas privadas.
El cañón que se oye antes de ver
A pocos minutos andando desde el aparcamiento, el ruido del agua se mete entre las casas como un eco constante. Es el Cañón de las Angosturas, donde el Guadalmina se estrecha entre paredes de roca y el agua corre encajonada.
En verano es habitual ver grupos con neopreno bajando el río. En invierno el paisaje cambia: el agua baja más oscura, con ramas y espuma después de las lluvias.
La entrada al tramo más estrecho suele estar señalizada con una cadena metálica. Cuando ha llovido fuerte conviene no meterse: el nivel del agua puede subir rápido y el acceso para rescates es complicado.
Lleva calzado que se pueda mojar. Las rocas dentro del cauce son lisas y resbalan incluso en días secos.
Un pueblo tranquilo, pero con otra economía alrededor
Benahavís solo tiene una carretera principal de acceso desde la costa, lo que le da esa sensación de sitio recogido entre montes. A pocos minutos del casco urbano empiezan urbanizaciones muy grandes, con campos de golf y seguridad privada en las entradas. Parte de quienes viven allí bajan al pueblo a comer o a pasear por la tarde.
Ese contraste se nota: coches muy caros aparcados junto a vecinos que llevan toda la vida aquí. Aun así, el ritmo sigue siendo de pueblo pequeño. Los niños van andando al colegio, la banda municipal ensaya algunos días en la plaza y por la noche, cuando baja el tráfico, vuelve a oírse el río.
Cuándo ir y cuándo evitar el bullicio
Entre semana, fuera de julio y agosto, Benahavís se mueve despacio. A media mañana el aire huele a pan tostado y a monte húmedo, y se puede caminar por las calles sin apenas ruido.
En pleno verano y durante las fiestas del pueblo —que suelen celebrarse en torno a mediados de agosto— el ambiente cambia bastante. Llega mucha gente de la costa, se cortan algunas calles y aparcar cerca del centro se vuelve complicado.
Si te gusta caminar, la mejor hora para subir al castillo es temprano, antes de que el sol caiga de lleno sobre la ladera. La piedra aún guarda el fresco de la noche y la sierra huele a tomillo. Desde arriba, el mar aparece brillante entre las montañas, como si alguien hubiera dejado un trozo de espejo en el horizonte.