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sobre Benalmádena
Importante destino turístico que combina un pueblo tradicional en la montaña con una costa moderna y un gran puerto deportivo
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Hay un momento, justo cuando el teleférico se balancea sobre la última torre de apoyo, en el que Benalmádena se te revela tal cual es: un Lego de bloques blancos que se extiende desde la Sierra de Mijas hasta el mar. Abajo, el pueblo parece una maqueta y piensas “vale, esto tiene su gracia”. Luego bajas y descubres que la maqueta tiene tráfico, colas en el supermercado y un bingo con espejos. Bienvenido a la Costa del Sol, versión real.
Tres pueblos en uno (y ninguno es exactamente el que te venden)
Benalmádena es como esos panes prensados que vienen en tres colores: el mismo producto, pero cada capa sabe distinto. Arriba, el Pueblo es lo que queda cuando un pueblo andaluz sobrevive a convertirse en dormitorio de extranjeros: casas blancas sí, pero también urbanizaciones con nombres en inglés y un par de tiendas básicas donde comprar lo del día a día. La plaza, con sus bares de tapas y el ayuntamiento, tiene ese aire de sitio donde aún se cruzan vecinos que se conocen de toda la vida.
Abajo, Benalmádena Costa es la línea de playa que creció cuando alguien miró la bahía y pensó que aquí cabía mucha más gente de la que había entonces. No es fea, eh. Las calles laterales todavía guardan chiringuitos de esos donde te ponen el espeto de sardinas con una caña y te sientas en una silla de plástico mirando el mar. El problema es llegar hasta ellos sin pasar antes por zonas comerciales que llevan décadas viviendo del turismo de sol y bronceador.
En medio queda Arroyo de la Miel, que suena a nombre de cuento y en realidad es el núcleo más cotidiano del municipio. Creció alrededor del tren de cercanías y hoy tiene de todo: bloques de pisos, comercios, vecinos de toda la vida y extranjeros que llevan años instalados aquí. La estación es el punto neurálgico. Si te mueves en transporte público por la Costa del Sol, casi seguro que acabarás pasando por aquí.
El castillo que nadie esperaba encontrar aquí
El Castillo de Colomares es esa rareza que solo puede aparecer cuando alguien tiene una idea fija y decide llevarla hasta el final. Lo levantó un médico de origen extranjero en los años 80 como homenaje a Cristóbal Colón y al viaje a América. El resultado es una mezcla curiosa de estilos: torres, arcos, escudos, pequeñas esculturas y hasta representaciones de las carabelas.
Dentro hay una capilla diminuta que suele mencionarse como una de las más pequeñas del mundo. Cuando la ves entiendes por qué: es casi como meterse en un ascensor con altar. La visita es rápida, más de pasear y mirar detalles que de pasar horas allí, pero tiene ese punto de extravagancia que hace que mucha gente suba hasta el Pueblo solo para verlo.
Subir al Calamorro (o cómo sudar la cerveza del día anterior)
La Senda de los Montes sale cerca de Benalmádena Pueblo y sube hacia el Calamorro, el pico que domina toda esta parte de la costa. Son varios kilómetros de subida constante. No es una ruta técnica, pero el sol aprieta buena parte del año, así que conviene tomárselo con calma.
Según vas ganando altura, el mar desaparece un rato detrás de las lomas y luego vuelve a aparecer de golpe, con toda la bahía abierta. En ese momento entiendes por qué instalaron aquí el teleférico: las vistas hacen el trabajo solas.
Arriba suele haber exhibiciones de aves rapaces en ciertos momentos del día. Puede sonar a plan un poco turístico, pero cuando un ave enorme pasa volando a pocos metros de tu cabeza, te aseguro que se te olvida la etiqueta. Luego puedes bajar andando hacia la zona de Arroyo de la Miel y cerrar el paseo con algo frío en cualquier terraza.
Comer sin complicarse
La gastronomía de Benalmádena es lo que sale cuando mezclas tradición malagueña con décadas de turismo internacional. Hay mucha oferta y de todo tipo, pero cuando dudas, lo sencillo suele funcionar.
En la costa, fíjate en los chiringuitos donde la parrilla está fuera y el humo de las sardinas te llega antes que la carta. Pide un espeto y algo frío de beber. Comer con las manos, con la arena a dos pasos y el limón escurriéndose por el pescado, forma parte del ritual.
En el Pueblo todavía quedan bares donde se ven platos muy clásicos: ajoblanco, berenjenas fritas con miel, frituras sencillas. No esperes experimentos raros. Aquí lo que manda es la cocina de siempre.
Mi resumen de amigo
Benalmádena no es el lugar más bonito de Málaga ni tiene la playa más salvaje ni la montaña más espectacular. Es otra cosa: un trozo bastante sincero de la Costa del Sol. Un sitio mezclado, con barrios muy distintos entre sí y con más acentos extranjeros que en muchos aeropuertos.
Pero si sabes moverte un poco, aparecen momentos que se quedan: la vista desde el Calamorro cuando el cielo está claro, el olor a sardina asada al caer la tarde, la plaza del Pueblo cuando hay música y media terraza intenta seguir el ritmo como puede.
Mi plan sencillo sería este: tren hasta Arroyo de la Miel, subir al teleférico, caminar un rato por arriba y bajar después hacia la costa. Terminas el día con un espeto frente al mar y decides allí mismo si te quedas otra cerveza o coges el siguiente tren. En Benalmádena, muchas veces el plan funciona mejor cuando no lo llevas demasiado cerrado.