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sobre Ayamonte
Ciudad fronteriza en la desembocadura del Guadiana frente a Portugal; destaca por sus playas de Isla Canela y un casco histórico lleno de luz y arte
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Las gambas blancas de Ayamonte se cargan en las redes cuando el cielo todavía es negro. A eso de las cinco de la mañana, en el puerto de Punta del Moral, los barcos van entrando con las luces encendidas y el agua del Guadiana huele a gasoil y a sal. Los camarotes metálicos repican contra los cables mientras los cajones llenos de marisco pasan del barco al muelle y del muelle a las furgonetas. Nadie habla mucho: es la hora en que el dinero se mueve sin hacer ruido.
Así empieza muchas veces el turismo en Ayamonte, aunque quien llega de visita normalmente lo ve unas horas más tarde, cuando el sol ya cae de lleno sobre el río y las terrazas del paseo se van llenando poco a poco.
Desde el mirador del castillo —o lo que queda de él, unas piedras incrustadas en el talud junto al Parador— se entiende bien la posición del pueblo. El Guadiana se abre hacia el Atlántico y la luz de la mañana, muy blanca en verano, convierte el agua en una plancha plateada. Al otro lado está Portugal: Vila Real de Santo António, con sus tejados rojizos alineados frente al río.
El ferry cruza varias veces al día entre una orilla y otra. El trayecto es corto y tranquilo, apenas unos minutos en los que se oye el motor grave del barco y el golpeteo del agua contra el casco. En esta parte del Guadiana la frontera se vive más como un paso cotidiano que como una línea.
El olor a pimentón que sube por las calles
Al mediodía, cuando el sol cae casi vertical sobre la plaza de la Constitución, en muchas cocinas aparece la sopa de tomate ayamontina. Llega a la mesa en cuencos de barro oscuro, con el caldo rojo por el pimentón y un huevo escalfado en el centro. Es comida sencilla, de las que se preparaban para aguantar la jornada.
A esa hora algunos comercios bajan la persiana y el ritmo del centro se vuelve más lento. En los locales de siempre las mesas de mármol están frías al tacto y la televisión murmura con el volumen bajo.
La ciudad vieja se agarra al cerro con calles que suben y bajan sin demasiada lógica. Casas bajas, balcones de hierro pintados de verde ya gastado, macetas que sobresalen sobre la acera. En el callejón de San Francisco todavía se oyen conversaciones que rebotan entre las paredes estrechas. A veces alguien tiende la ropa entre dos ventanas y canta algo mientras sacude las sábanas.
La iglesia del Salvador levanta su torre de ladrillo desde el siglo XVI. Dentro suele haber una mezcla de olor a cera, madera y piedra húmeda. Cuando entra la luz por las vidrieras de colores, el suelo se llena de manchas azules y amarillas que cambian de sitio a lo largo de la tarde.
Cuando el mar sube y la playa desaparece
Isla Canela es una franja larga de arena clara que cambia con las estaciones. En invierno el mar gana terreno y algunas partes de la playa quedan casi cubiertas con la marea alta. Las dunas aparecen como pequeñas islas con hierba doblada por el viento.
Los locales que en verano trabajan a pleno ritmo cierran o reducen actividad y el paseo queda bastante más silencioso. El viento empuja la sal hacia el interior y las palmeras del paseo de la Ribera se balancean con un crujido seco.
En Punta del Moral, la desembocadura del Guadiana forma una marisma amplia. Huele a fango, a agua quieta y a plantas salinas. Muy temprano, antes de que llegue la gente con tablas o bicicletas, se puede caminar por la pasarela de madera que se adentra entre la caña brava. A veces aparecen flamencos en el agua poco profunda, quietos, con una pata escondida bajo el cuerpo.
La feria que ocupa medio octubre
Cuando llega octubre, Ayamonte cambia de ritmo. La Feria de la Hispanidad llena el recinto ferial durante buena parte del mes y muchos vecinos hablan de ella como si fuera una temporada completa más que unos pocos días.
Las casetas suelen tener suelo de tierra apisonada y paredes cubiertas con papel y farolillos. En algunas se preparan platos muy de aquí, como el choco con habas, que sale de las cocinas en bandejas que van pasando de mano en mano.
Por la tarde, cuando el sol empieza a bajar, suenan sevillanas en altavoces que ya han visto muchas ferias. Los vestidos de lunares se mueven despacio entre las mesas y los niños terminan dormidos en sillas o carritos mientras los mayores siguen conversando.
En el centro, las calles también se llenan. A veces aparecen pequeños espectáculos con fuego y pólvora, y el olor dulce de los dulces fritos se mezcla con el humo en el aire templado de otoño.
Cómo llegar y cuándo ir
El aeropuerto más cercano está en Faro, en Portugal, a menos de una hora en coche. El de Sevilla queda más lejos pero suele tener más conexiones. Desde ambos se llega por autovía casi todo el camino.
En pleno agosto el tráfico hacia las playas se nota mucho y aparcar cerca del centro puede llevar tiempo. Mucha gente opta por dejar el coche en las zonas próximas al puerto y moverse andando.
Si buscas un ambiente más tranquilo, septiembre suele funcionar bien: el agua del mar sigue templada y la presión del verano baja bastante. En invierno el pueblo cambia de tono. Hay menos movimiento, más viento del Atlántico y una luz muy limpia sobre el río.
Durante la Semana Santa las procesiones recorren las calles estrechas del casco antiguo. En algunos momentos se apagan las luces y el único sonido es el de los pasos avanzando despacio sobre el asfalto, con el Guadiana oscuro al fondo. Es uno de esos instantes en que el pueblo se queda casi en silencio.