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sobre Gualchos
Municipio que combina el pueblo serrano de Gualchos con la localidad costera de Castell de Ferro; playas y tradición agrícola
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Te juro que el primer chirimoyo que probé en Gualchos me supo a banana y piña a la vez. Estaba parado en la carretera que baja a Castell de Ferro, con el valle de Lújar a la derecha y el mar al fondo, cuando un coche se paró y el conductor me dijo: «Prueba esto, es de mi huerta». No sabía ni cómo pelarlo. Ese tipo de cosas pasan cuando vas despacio por la Costa Tropical.
El turismo en Gualchos funciona un poco así: no te lo ponen en bandeja, pero si vas con calma te van saliendo pequeñas historias.
Porque este municipio no es el típico pueblo costero que te venden en las guías. Tiene tres caras bastante distintas: el núcleo de Gualchos en la sierra, Castell de Ferro pegado al mar y El Romeral a medio camino, como si en algún momento nadie se hubiera puesto de acuerdo sobre dónde estaba el centro del asunto. El ayuntamiento está en la costa, pero el nombre del municipio sigue siendo Gualchos. Un pequeño lío administrativo que aquí los vecinos manejan con total naturalidad.
La cala que muchos guardan en secreto
La Rijana es de esos sitios que la gente menciona en voz baja, como si temieran que se llene demasiado. Se llega por una pista desde la N‑340. Aparcas donde buenamente encuentres hueco y luego toca bajar andando por un sendero que, al principio, parece que no lleva a nada.
Y de repente aparece la cala.
Una franja de arena oscura entre acantilados, agua muy clara y bastante vida bajo la superficie. Es habitual ver a gente con gafas de buceo pegada a las rocas. Aquí no hay paseo marítimo ni música de fondo. Solo olas y viento.
La playa de Castell de Ferro es otra historia: más larga, más abierta y con el paseo al lado. En algunos momentos del día todavía se ven las barcas volver a puerto con la pesca. Si te gusta curiosear cómo funciona un pueblo marinero pequeño, merece la pena acercarse y mirar un rato.
Subir a Gualchos (y entender el mapa)
Gualchos pueblo está a unos cuantos cientos de metros sobre el nivel del mar y parece agarrado a la ladera como puede. Las casas blancas van trepando cuesta arriba y conducir por sus calles tiene ese punto de “a ver dónde dejo el coche ahora”.
Arriba domina la iglesia de San Miguel, con una torre de estilo mudéjar que se ve desde casi cualquier punto del casco. No es un pueblo grande, pero sí de esos donde te cruzas con vecinos en cada esquina.
Si te gusta caminar, desde aquí salen varios senderos hacia la sierra de Lújar. Uno de los miradores más conocidos por la zona es el del Pico del Águila. Desde arriba se entiende bien la mezcla de paisajes: los invernaderos cerca de la costa, el Mediterráneo abierto y, cuando el día está limpio, las montañas de Sierra Nevada al fondo.
Por el camino también aparece la Cueva de las Campanas, donde se han encontrado restos prehistóricos. Hoy está protegida y normalmente solo se puede ver desde fuera, pero el lugar ya te hace pensar en la cantidad de siglos que lleva habitándose esta sierra.
Fiestas que acaban alrededor de una mesa
En las aldeas pequeñas de la zona las fiestas suelen girar alrededor de lo mismo que en medio país: comida, música y vecinos que se conocen desde siempre.
En Jolúcar, una pedanía diminuta entre cerros, tradicionalmente celebran a San Cayetano con una romería bastante sencilla. Mesas largas, ollas grandes y platos que pasan de mano en mano. Uno de los clásicos es el choto al ajillo, muy típico de la zona.
En Castell de Ferro, durante el verano, el ambiente cambia bastante. El paseo marítimo se llena de casetas, música y actividades organizadas por el propio pueblo. Es el tipo de verbena donde aparecen concursos de cocina, familias enteras paseando de noche y grupos de amigos que se alargan hasta tarde hablando en la arena.
Un lavadero que sigue contando historias
En Gualchos todavía se conserva el lavadero de la Mina, un espacio tradicional donde durante generaciones se lavaba la ropa del pueblo. Tiene varios caños de piedra y un techo sencillo que protege del sol.
Hoy muchas personas se acercan por curiosidad o para hacer fotos, pero de vez en cuando aún aparece alguien limpiando alfombras o enjuagando telas grandes. Un vecino me contó que su madre venía aquí con la colada de toda la semana. “Antes el pueblo se enteraba de todo aquí”, decía.
Ese detalle resume bastante bien el sitio.
Gualchos no es perfecto. En verano puede costar aparcar en la zona de playa y hay días en que todo está más lleno de lo que a uno le gustaría. Pero también basta alejarse unos minutos del paseo para encontrarte un sendero que huele a romero, una cala medio vacía o una plaza donde la gente sigue jugando a las cartas.
Mi consejo: recorre el municipio sin prisa y en coche, enlazando la costa con el pueblo de arriba. Son pocos kilómetros pero cambia todo: temperatura, paisaje y ritmo. Y si ves una frutería de las de toda la vida, entra y pregunta de dónde viene la fruta. En esta parte de Granada casi siempre hay una huerta cerca… y nunca se sabe cuándo te pueden acabar regalando un chirimoyo.