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sobre Molvízar
Pueblo blanco cercano a la costa rodeado de viñedos; conocido por su fiesta de Moros y Cristianos y clima suave
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Las campanas de Molvízar repican a las siete de la mañana, pero no son las de la iglesia. Son las de las cabras que bajan por la pista de Jubrite, sus cencerros de latón marcando el ritmo lento de las pezuñas sobre la tierra seca. Desde la terraza de la casa donde duermo —una de esas viviendas antiguas con muros gruesos que guardan el fresco incluso en agosto— veo cómo el sol toca primero los tejados, luego los bancales de chirimoyos que se extienden ladera abajo hacia la costa. A esta hora, el turismo en Molvízar todavía no existe: el pueblo huele a pan caliente y a tierra recién regada.
El olor del tiempo
Molvízar se entiende mejor mirando la pendiente. El pueblo se agarra a la ladera como si en algún momento pudiera deslizarse hacia el Mediterráneo. Las calles empinadas —algunas apenas dejan pasar un coche— suben y bajan en zigzag hasta la plaza de la Constitución, donde la iglesia domina el caserío. El edificio tiene aire neoclásico; a veces se atribuyen sus trazas a arquitectos vinculados a ese estilo, aunque no siempre está claro en qué medida participaron.
La piedra clara de muchas fachadas toma un tono dorado cuando el sol cae de lado por la tarde. Es una luz seca, muy de esta parte de la Costa Tropical.
En una de las panaderías del centro, el olor a masa fermentada sale a la calle desde primera hora. Allí todavía preparan migas como se han hecho siempre en muchas casas del pueblo: con pan asentado, ajos tiernos y un puñado de uvas pasas que aportan ese contraste dulce que sorprende a quien viene desde la costa buscando algo de la cocina de interior. El secreto, me dicen, está en el punto del pan: ni recién hecho ni completamente duro.
Subir para entender
Para entender el lugar conviene ganar un poco de altura. El camino que sube hacia la zona del Jaral y el antiguo castillo se hace mejor temprano, antes de que el sol empiece a caer a plomo. No es una distancia grande, pero la cuesta se deja notar.
Arriba quedan restos de la fortificación islámica: tramos de muralla, depósitos de agua y piedra dispersa entre matorral bajo. Desde allí el valle del Guadalfeo se abre entero, un mosaico verde de cultivos subtropicales que termina encontrándose con el azul del mar.
El viento suele traer olor de tomillo y romero. Y, si el día está quieto, también llega el murmullo lejano de la autovía que corre paralela a la costa. Esa cercanía con Motril y con Granada ha cambiado bastante la vida del pueblo en las últimas décadas: hay quien trabaja abajo y vuelve por la tarde, manteniendo la casa familiar aquí arriba.
El sabor de los días tranquilos
Los lunes por la mañana el pueblo se mueve despacio. Algún bar abre temprano y otros no levantan la persiana hasta más tarde. En invierno todavía es relativamente fácil encontrar choto al ajillo en las cartas, un plato muy ligado a la cocina de esta zona de Granada.
La preparación requiere paciencia: la carne del cabrito suele adobarse con ajo, hierbabuena y vino blanco antes de pasar a la cazuela. Se hace sin prisa, a fuego bajo, hasta que la salsa queda espesa y el aroma se mete en la ropa.
Mientras espero, alguien en la barra recuerda un año difícil del siglo XIX en el que coincidieron enfermedades, problemas en los cultivos y varios terremotos que afectaron a buena parte de la comarca. “Aquí siempre hemos tirado hacia delante”, dice uno de los hombres mayores, apoyado en el bastón. Y lo dice mirando a la calle, como si esa cuesta resumiera bastante bien la historia del lugar.
Cuando bajan las luces
En agosto la plaza cambia de ritmo durante la feria. Música, casetas y vecinos que vuelven al pueblo esos días aunque vivan fuera el resto del año. Las noches se alargan y el bullicio sube por las calles que normalmente están tranquilas.
Pero hay otra fecha que se vive con un tono distinto: el 26 de julio, cuando se celebra Santa Ana. Por la tarde la imagen sale de la iglesia y recorre el casco urbano. No es un silencio total —siempre hay niños, siempre hay alguien hablando—, pero sí una pausa visible en el ritmo del pueblo. Las mujeres mayores siguen la procesión despacio, y desde los balcones caen pétalos o simplemente miradas.
Cómo llegar y cuándo venir
La carretera que sube desde la costa tiene curvas cerradas y obliga a tomársela con calma. En pocos kilómetros se pasa del aire húmedo del litoral a un ambiente más seco y algo más fresco por la altura.
Primavera suele ser buen momento para caminar por los alrededores: los márgenes del camino se llenan de flores y la temperatura permite subir cuestas sin castigo. En verano conviene madrugar. A partir del mediodía el sol cae directo sobre las calles y las sombras escasean.
Desde el pueblo salen varios senderos hacia los montes cercanos y hacia la zona de Los Guájares. Llevar agua es importante: una vez que te alejas del casco urbano, durante un buen rato no encontrarás dónde parar.
Cuando vuelves a bajar hacia la costa, el olor del monte se queda pegado a la ropa. Tomillo seco, tierra caliente, algo de sal que llega desde el mar. Molvízar tiene ese tipo de aroma que solo aparece en los pueblos donde el tiempo pasa despacio y la gente sigue subiendo y bajando la misma cuesta todos los días.