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sobre Motril
Capital de la Costa Tropical y segundo núcleo de la provincia; centro comercial
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El azúcar se huele antes de verlo. Cuando el viento entra desde el sureste y cruza la vega, el aire de Motril mezcla melaza y salitre. Es un olor que rara vez aparece en las guías, pero ayuda a entender el lugar: durante siglos este tramo de la Costa Tropical vivió de la caña de azúcar y de todo lo que se organizó a su alrededor.
El azúcar que fundó una ciudad
La caña llegó con Al‑Ándalus. En la vega del Guadalfeo encontró agua abundante y un clima templado incluso en invierno, condiciones poco habituales en la península. Con el tiempo aparecieron ingenios, trapiches y hornos de cal que transformaban la caña en azúcar. Aquella economía dejó huella en el trazado urbano.
Cuando Motril obtuvo el título de ciudad en el siglo XVII, el comercio azucarero ya movía dinero suficiente como para levantar casas señoriales en calles del centro histórico, como la calle Nueva. En el escudo municipal aún aparecen la caña de azúcar y el plátano, recuerdo de dos cultivos que marcaron la economía local.
El Museo Preindustrial de la Caña de Azúcar ocupa el antiguo ingenio de San Francisco. Allí se conservan piezas de maquinaria que ayudan a entender cómo funcionaban estos molinos antes de la industrialización. A veces realizan demostraciones del trapiche cuando hay visitas organizadas; ver la estructura de madera y hierro en movimiento explica bastante bien la escala de trabajo que hubo aquí durante siglos.
Una costa distinta dentro del litoral andaluz
Las playas de Motril no se parecen demasiado a las de otros tramos del Mediterráneo andaluz. La arena tiende al gris oscuro, con grava fina, y en verano acumula bastante calor. La playa de Poniente es la más cercana al núcleo urbano y tiene un paseo largo, con palmeras y bloques de apartamentos levantados sobre todo a finales del siglo XX.
Hacia el este aparece Playa Granada, más abierta y con urbanizaciones dispersas. En esta parte del litoral todavía se mezclan viviendas, campos agrícolas y tramos de costa que mantienen un ritmo tranquilo fuera de los meses centrales del verano.
El puerto forma parte de la vida diaria de la ciudad. Además de la actividad pesquera y comercial, mantiene conexiones marítimas con el norte de África. De madrugada es cuando más movimiento hay: camiones entrando y saliendo, mercancías que llegan de la vega y pasajeros que embarcan rumbo a Melilla o Marruecos.
El cerro del Santuario
El Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza se levanta sobre un cerro que domina la vega. Antes hubo aquí una fortificación nazarí; la posición permitía controlar tanto el litoral como los caminos que bajaban desde la sierra.
La tradición local cuenta que la imagen de la Virgen llegó por mar en el siglo XVI, tras un episodio relacionado con marineros portugueses. Como ocurre con muchas historias de este tipo, la parte legendaria se mezcla con la realidad histórica: en aquella época consolidar un santuario significaba atraer peregrinaciones y reforzar la autoridad religiosa sobre el territorio.
Desde la explanada del santuario se entiende bien la geografía de Motril: la ciudad al pie del cerro, la vega cultivada y, más allá, el Mediterráneo. En días claros se alcanza a distinguir la costa africana.
Cada primavera se celebra la romería dedicada a la Virgen. Es una fiesta muy vinculada a la población local y a los cortijos de la zona, con subida al cerro y convivencia alrededor del santuario.
Lo que queda del paisaje azucarero
Parte del pasado industrial todavía se puede seguir a pie. En los alrededores del museo arranca un recorrido que atraviesa antiguos terrenos de cultivo y bordea el río Guadalfeo. A lo largo del camino aparecen restos de hornos de cal y estructuras relacionadas con los ingenios.
Muchos de estos elementos están en estado irregular: algunos conservan bien los arcos de ladrillo o los muros de carga, mientras que otros apenas se distinguen entre la vegetación. Aun así, sirven para imaginar la densidad de instalaciones que llegó a tener la vega cuando el azúcar era la principal fuente de riqueza.
Entre los invernaderos y campos agrícolas todavía sobreviven restos de antiguos molinos. Algunos conservan partes de los canales o de la rueda hidráulica, aunque la mayoría llevan décadas sin uso.
Comer aquí: tradición de puerto
La cocina local mezcla lo que llega del mar con lo que crece en la vega. La sardina asada es habitual en la costa: se prepara ensartada en cañas o varas y se cocina cerca de la brasa. El resultado depende mucho del punto del fuego y de la frescura del pescado.
Entre los dulces tradicionales aparecen los borrachuelos de vino, rellenos de cabello de ángel, y preparaciones donde vuelve a aparecer el azúcar, como ciertas frutas confitadas que todavía se elaboran de forma artesanal en algunas casas.
En el centro de la ciudad y en las calles que bajan hacia el puerto siguen funcionando bares y tabernas frecuentados por vecinos. Suelen ser lugares sencillos, donde el papel de estraza en la mesa o el vino servido en jarra todavía forman parte del paisaje cotidiano.
Cuándo acercarse
Motril cambia bastante según la época del año. En pleno verano el calor y la humedad pueden resultar pesados, especialmente en las horas centrales del día.
Fuera de temporada alta la ciudad recupera un ritmo más pausado. En invierno las playas están tranquilas y el centro se mueve al compás de la vida local. A lo largo del año también se celebran actividades culturales en espacios como el Teatro Calderón, un edificio histórico que sigue funcionando como principal escenario de la ciudad.
Para recorrer el casco urbano, el puerto y subir al santuario basta una jornada larga. Si se quiere entender mejor el paisaje agrícola de la vega, conviene dedicar algo más de tiempo y moverse por los caminos que rodean la ciudad.