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sobre Otívar
Pueblo de montaña en el valle tropical del Río Verde; famoso por la Junta de los Ríos y sus frutas tropicales
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A primera hora, el turismo en Otívar empieza casi sin ruido. Solo se oye algún gallo, el viento moviendo las hojas de los bancales y, si el día está claro, el rumor lejano del valle del río Verde. Desde muchas terrazas del pueblo la vista cae hacia ese valle estrecho y verde; más abajo, a unos veinte kilómetros en línea recta, está el mar, aunque no siempre se distingue entre la bruma de la mañana.
Otívar ronda el millar de habitantes y se agarra a la ladera como tantos pueblos de la Costa Tropical que miran hacia la sierra. La trama de calles todavía conserva algo de su origen antiguo —suele mencionarse la etapa nazarí— con cuestas que giran sin aviso y callejones donde apenas pasa un coche. Las casas encaladas, las rejas negras y las macetas con geranios o claveles forman parte del paisaje cotidiano, no de un decorado.
Calles empinadas y ritmo tranquilo
Caminar por el casco urbano obliga a ir despacio. No tanto por lo que hay que “ver”, sino por la pendiente. Algunas calles suben con tal inclinación que los escalones aparecen en mitad de la calzada para ayudar a los vecinos a llegar a casa con la compra o la leña.
Hay pequeños rincones donde la vida diaria queda a la vista: herramientas apoyadas en la pared, sacos de pienso junto a una puerta, pilas de madera secándose al sol. A media mañana suele oler a comida casera saliendo por las ventanas abiertas.
La iglesia parroquial de San José, levantada hacia el siglo XVIII, se encuentra entre las casas del centro. La fachada es sobria, sin grandes adornos, y el campanario todavía marca las horas del día en el pueblo.
Mirar el valle del río Verde
Lo que realmente define a Otívar es su posición entre la sierra y el valle. Basta subir a cualquier calle alta o a alguno de los miradores improvisados en los bordes del pueblo para entenderlo: bancales escalonados, laderas cubiertas de pinos y, cuando el aire está limpio, una franja azul del Mediterráneo al fondo.
Al amanecer y al final de la tarde la luz entra de lado y resalta las terrazas agrícolas, dibujando líneas claras entre almendros, olivos y huertas. En invierno y a comienzos de primavera los almendros florecen y el valle se llena de manchas blancas y rosadas.
Si vienes con coche, conviene aparcar en las zonas más bajas y recorrer el resto a pie. Las calles estrechas y las cuestas hacen que conducir por el centro no siempre sea buena idea.
Senderos hacia la sierra
El entorno de Otívar conecta con la sierra de Almijara y con varios caminos utilizados desde hace generaciones para moverse entre cortijos y bancales. Algunos tramos enlazan con el GR‑249, conocido como Sendero Costa del Sol, que atraviesa buena parte de la provincia de Málaga y se acerca también a esta zona.
Una de las caminatas habituales en los alrededores sube hacia el Cerro del Fuerte. No es una excursión técnica, pero el sol aprieta buena parte del año y apenas hay sombra en algunos tramos. Agua, gorra y calzado con suela firme ayudan bastante.
También hay cuevas y pequeñas grutas en la sierra cercana. Conviene informarse antes de entrar en cualquiera de ellas: algunas requieren experiencia o conocimiento del terreno, y otras tienen restricciones para proteger el entorno.
Bancales, acequias y cultivos del valle
Alrededor del pueblo todavía se ven los bancales construidos con muros de piedra seca. Muchos siguen en uso. En invierno y principios de primavera destacan los almendros; más cerca del río aparecen huertas y cultivos subtropicales que han ido ganando terreno en las últimas décadas.
Las acequias que distribuyen el agua continúan funcionando en varias zonas del valle. Son canales estrechos, a veces casi ocultos entre la vegetación, que bajan desde la sierra y alimentan los huertos escalonados.
Fiestas que siguen el calendario del pueblo
Las celebraciones locales siguen bastante ligadas al calendario tradicional. En torno a marzo se celebran las fiestas dedicadas a San José, con actos religiosos y actividades que reúnen a muchos vecinos que viven fuera y regresan esos días.
En verano suele haber varios días de fiestas populares, cuando el pueblo se llena más de lo habitual y las calles se alargan hasta tarde.
Durante la Semana Santa las procesiones recorren las cuestas del centro, de forma sencilla. En febrero todavía se mantienen las hogueras de las Candelas, donde se queman ramas y se preparan dulces caseros alrededor del fuego. Y en mayo aparecen algunas cruces decoradas con flores en distintos rincones del casco urbano.
Cuándo acercarse a Otívar
La primavera suele ser uno de los momentos más agradables para recorrer el pueblo y los senderos cercanos: el campo todavía está verde y la temperatura permite caminar sin demasiado calor.
En verano conviene madrugar si se quiere andar por la sierra. A partir del mediodía el sol cae fuerte sobre las laderas.
El invierno, aunque más tranquilo, deja algunos días muy claros en los que el aire frío limpia el horizonte y el valle del río Verde se ve con una nitidez sorprendente. Para quien busca silencio y caminos casi vacíos, ese momento del año tiene algo especial.