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sobre Torrenueva Costa
Municipio costero independiente de Motril; famoso por su playa familiar
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Las sardinas empiezan a soltar jugo cuando la marea baja. Son las seis de la tarde, el sol todavía aprieta sobre la arena oscura y el humo de los espetos sube casi recto cuando el poniente se queda quieto. En Torrenueva Costa no hay prisa: algunos pescadores clavan las cañas en la orilla, se sientan en los balancines de madera y esperan. El olor a sardina asada se mezcla con el del mar y con ese fondo mineral tan reconocible de la Costa Tropical que se queda pegado a la ropa.
Desde el puente colgante de Jolúcar se ve el pueblo entero, recogido entre barrancos y mar. La pasarela de hierro y cables cruza el Barranco de los Burros a bastante altura sobre las casas blancas. Cuando lo cruzas, las tablas crujen un poco bajo los pies y el aire que sube del acantilado suele venir con fuerza suficiente para levantar gorras y sombreros. A un lado queda la playa urbana dibujando una media luna; al otro, el perfil oscuro del Cabo Sacratif avanzando hacia el mar.
La torre que vigilaba la costa
A pocos minutos del puente aparece la Torre Vigía, entre pinos y urbanizaciones bajas. Forma parte de la línea de torres defensivas que durante siglos vigiló esta costa frente a incursiones por mar. Sus muros gruesos siguen calentándose con el sol de la tarde, y desde arriba —cuando se puede rodear sin problema— la vista alcanza el faro de Sacratif y buena parte del litoral.
Detrás de la torre arranca un sendero que recorre los acantilados en dirección al faro. No es largo, pero tiene tramos de sube y baja y conviene llevar agua si el día viene caluroso. El camino pasa cerca del Peñón de Jolúcar y de la zona arqueológica de El Maraute, donde se han encontrado restos de factorías romanas de salazón. Aún se distinguen estructuras bajas entre la tierra clara, recordando que aquí el pescado ya se conservaba y viajaba lejos mucho antes de que existiera el paseo marítimo.
Arena oscura y cultivos junto al mar
La playa de Torrenueva no responde a la imagen típica de arena clara. Aquí es más oscura y algo más gruesa; se pega a la piel y suele colarse en las zapatillas cuando sales del agua. A cambio, el paisaje alrededor mezcla mar con cultivos subtropicales: chirimoyas, aguacates y otros frutales que ocupan las laderas cercanas.
En los meses finales del invierno y comienzos de primavera, buena parte de la vega aparece cubierta por plásticos agrícolas que protegen los cultivos. En los días templados, el aire trae un olor suave a fruta madura mezclado con salitre.
Si buscas calma, junio suele ser buen momento: el agua empieza a estar agradable y el paseo marítimo todavía se mueve a ritmo de pueblo. En pleno verano el ambiente cambia bastante y encontrar aparcamiento cerca de la playa se vuelve más difícil a media mañana.
Cuando el pueblo mira al mar
A mediados de julio se celebra la procesión marinera de la Virgen del Carmen. La imagen recorre primero algunas calles y después sale al mar acompañada por barcas y pequeñas embarcaciones de la zona. Ese día el sonido de las bocinas y las sirenas se oye desde los acantilados.
En invierno el ambiente es otro. Durante las fiestas de San Antón es habitual ver hogueras en la playa o en descampados cercanos. Los vecinos asan embutido, se acercan unos a otros con platos improvisados y la conversación se alarga junto al fuego mientras el mar queda oscuro a pocos metros.
Comer cerca del agua
A la hora de comer, las terrazas junto a la playa empiezan a llenarse poco a poco. Los espetos se preparan casi siempre a la vista, con las cañas clavadas en la arena frente a las brasas. Las sardinas suelen llegar desde la lonja de Motril temprano por la mañana.
También aparecen platos muy de aquí: migas acompañadas de pescado frito, ensaladas con aguacate de la zona o la llamada leche rizada, un postre frío de leche aromatizada con canela y limón que suele servirse en vasos de cristal empañados por el contraste con el calor de la tarde.
Cómo llegar y cuándo venir con más calma
Torrenueva Costa queda a poco más de una hora de Granada por la A‑44 y a pocos minutos de Motril. El acceso final baja entre curvas hacia el mar, así que conviene tomárselo con calma si no conoces la carretera.
En agosto, sobre todo los fines de semana, la entrada al pueblo puede atascarse y la playa cambia bastante de ritmo. Si prefieres verlo con más espacio y silencio, prueba a venir en junio o en septiembre: el mar suele mantener todavía el calor del verano y las tardes vuelven a ser tranquilas, con el humo de los espetos subiendo despacio sobre la arena al final del día.