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sobre Vélez de Benaudalla
Pueblo con herencia árabe y un espectacular jardín nazarí; situado en el valle del río Guadalfeo cerca de la costa
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Cuando alguien habla de turismo en Vélez de Benaudalla suele empezar por la costa que tienes a un cuarto de hora en coche. Pero lo curioso es que, cuando llegas al pueblo, el mar parece bastante lejos. Lo primero que me sorprendió fue la comida: recuerdo probar un plato de esos de pan, ajo y caldo —de los que aquí se han hecho toda la vida— y pensar que sabía exactamente a cocina de casa de abuelos, de cuando se aprovechaba todo.
En Vélez de Benaudalla te das cuenta rápido de que muchas cosas funcionan así: sencillas, antiguas y sin demasiadas vueltas.
El pueblo que se esconde entre naranjos
Está a unos minutos de la costa tropical, pero el valle del río Guadalfeo lo mantiene un poco al margen del trajín de la playa. Cuando entras, lo que ves son huertas y naranjos antes que chiringuitos o bloques de apartamentos.
Viven aquí algo más de tres mil personas, repartidas en casas blancas que suben por la ladera como si alguien hubiera ido colocando las calles a base de escalones. La calle Mayor suele ser ese sitio donde acabas cruzándote con medio pueblo si pasas un rato.
Llegué un martes a mediodía y el aire olía a pan y a azahar. Los naranjos rodean el núcleo urbano por varios lados, y en primavera se nota mucho. Un vecino me decía que aquí el clima tiene algo de trampa: costa cerca, pero sin la humedad pegajosa de primera línea. “Por eso la fruta sale buena”, me comentó mientras hablábamos en la puerta de una panadería.
El jardín que no te esperas encontrar
El Jardín Nazarí es una de esas cosas que te obligan a parar un momento. Estás en un pueblo pequeño y, de repente, aparece un jardín histórico de origen andalusí bastante bien conservado.
No es enorme ni espectacular en plan palacio, pero tiene tres terrazas, albercas y ese sonido constante de agua que cambia completamente el ambiente. Cipreses, muros de piedra y el castillo del pueblo asomando arriba.
Lo curioso es que muchas veces está bastante tranquilo. Da la sensación de que mucha gente se queda en la costa y ni siquiera sabe que a pocos kilómetros hay un jardín de este tipo.
Desde la parte alta se ve bien la iglesia del pueblo, con planta de cruz bastante marcada. Es de época posterior, claro, y ese contraste entre el jardín más antiguo y la arquitectura que vino después cuenta bastante bien la historia del lugar.
Cuando la comida viene de épocas duras
Aquí lo de “plato típico” suele significar comida que nació cuando no sobraba nada.
Una mujer del alojamiento donde me quedé me habló de un puchero con hinojos que, según me contaba, se hacía mucho cuando el campo no daba para más. Hoy sigue preparándose en algunas casas, sobre todo cuando refresca.
En los bares del pueblo —sobre todo a ciertas horas— aparecen platos muy de aquí: migas de harina con acompañamiento, verduras de temporada fritas con ajos tiernos, cosas que recuerdan bastante a cocina de campo.
También están los dulces. Los pestiños, por ejemplo, se siguen haciendo de forma bastante artesanal en muchas casas. Me llamó la atención la forma: ese pequeño hueco que queda al cerrarlos con el dedo, casi como una firma. Con miel —de caña o de la otra— entran peligrosamente bien.
Caminos entre el valle y el mar
Una de las cosas que más me gustó del entorno de Vélez de Benaudalla es que en pocos kilómetros cambia mucho el paisaje.
Hay senderos que salen del pueblo hacia las lomas que miran al mar. En algunos tramos ves la costa por un lado y, si el día está claro, las cumbres de Sierra Nevada al otro. Esa mezcla es bastante típica de esta parte de Granada.
También hay rutas que siguen antiguas acequias y zonas de huerta, conectando con caminos agrícolas y con pueblos cercanos del valle. Son recorridos tranquilos, más de paseo largo o bicicleta que de montaña dura.
Un consejo sencillo: lleva agua aunque no parezca que hace tanto calor. El sol aquí engaña bastante; el aire puede estar fresco, pero cuando te das cuenta llevas un buen rato caminando sin sombra.
Las fiestas que cambian el ritmo del pueblo
Antes de irme, una vecina me habló de las fiestas que celebran en honor a San Antonio, a mediados de junio. Me decía algo así como: “si vienes esos días, verás otro Vélez”.
Por lo que cuentan, hay desfiles, disfraces de moros y cristianos, música en la calle y bastante pólvora. Es de esas fiestas en las que participa medio pueblo, desde los niños hasta los abuelos.
Me enseñó fotos de otros años: turbantes hechos con cartón, espadas de madera, carrozas improvisadas y una sardina gigante de papel maché para el entierro final. Muy casero todo, pero con ese punto caótico que suelen tener las fiestas de pueblo cuando la gente se lo toma en serio.
Un pueblo que no intenta impresionar
En el autobús de vuelta a Granada iba terminando los pestiños que me habían dado para el camino. El conductor me preguntó si me había gustado el pueblo.
Le dije que sí, que era de esos sitios donde no pasa nada espectacular, pero terminas recordándolo. Calles tranquilas, huertas alrededor, gente que todavía se para a hablar un rato.
Vélez de Benaudalla no tiene playa ni grandes monumentos que llenen Instagram. Pero tiene algo que cada vez cuesta más encontrar: la sensación de que el pueblo sigue funcionando para quien vive allí, no solo para quien pasa un día. Y, cuando viajas mucho, eso se agradece bastante.