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sobre El Campillo
Localidad de la Cuenca Minera con un paisaje transformado por la actividad extractiva; ofrece vistas impresionantes de las cortas mineras y un ambiente tranquilo
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Hay pueblos que parecen haberse quedado en el tintero de la historia, y El Campillo es uno de ellos. No en el sentido dramático, sino en ese otro más literal: como si alguien hubiese escrito su nombre en un libro de cuentas de la minería y luego hubiese cerrado el volumen sin terminar del todo la historia. Este rincón de la Cuenca Minera huele a tierra húmeda y a hierro viejo, y sus calles forman un tablero de ajedrez que no entiende mucho de curvas ni de improvisación.
El pueblo que nació alrededor de la mina
El Campillo no es uno de esos sitios que arrastran siglos de romanos, murallas o batallas. Aquí la historia va por otro lado. Durante bastante tiempo esto fue monte, conocido como Monte del Campillo, con apenas unas cuantas casas dispersas.
Todo cambia cuando la minería empieza a moverse en serio por la zona. Con la actividad minera llegan trabajadores, casas nuevas y un urbanismo bastante poco andaluz: calles rectas, manzanas ordenadas y fachadas bajas de ladrillo. De hecho, cuando aparcas y te pones a caminar, el pueblo tiene algo que recuerda a esos asentamientos industriales que crecieron rápido alrededor de una fábrica.
Ya en el siglo XX, los vecinos terminaron separándose de Zalamea la Real y el núcleo pasó a ser municipio propio. Durante un breve periodo incluso tuvo otro nombre, Salvochea, antes de quedarse definitivamente como El Campillo.
El resultado es curioso: un pueblo que no se construyó lentamente alrededor de una plaza medieval, sino que apareció casi de golpe, empujado por la mina.
Llegar hasta El Campillo
El Campillo está en plena Cuenca Minera, a algo más de una hora de Huelva capital por carretera. El paisaje del camino va cambiando poco a poco: primero pinares, luego manchas de monte bajo, y de vez en cuando esos tonos rojizos tan propios de esta parte de la provincia.
El pueblo se encuentra a unos 400 metros de altitud, así que en invierno el aire corre con ganas. En primavera, en cambio, los caminos alrededor se llenan de verde y el campo huele a romero y jara.
La cobertura de móvil aquí a veces va a su ritmo. No es que desaparezca, pero hay calles donde el teléfono decide pensar un poco antes de enviar nada. Si vienes de ciudad, lo notas.
Fiestas muy del pueblo
La Semana Santa en El Campillo tiene una costumbre bastante conocida por la zona: el Domingo de Resurrección suele terminar con la quema de un Judas de cartón en la plaza. El muñeco muchas veces caricaturiza a algún personaje de actualidad o a alguien que haya dado que hablar durante el año. Tiene ese punto de humor muy de pueblo donde todo el mundo entiende la broma.
Luego está la romería de Santacruz, que suele celebrarse el primer domingo de mayo. Ese día mucha gente sube hacia la sierra con carretas, mantones y neveras llenas. La jornada empieza bastante ordenada y acaba, como suele pasar en estas cosas, con camisas por fuera del pantalón y risas que se escuchan desde lejos.
En junio llega otra tradición curiosa: los chavales salen por la calle con unas varas adornadas con ramas verdes, conocidas como el “Pirulito”. Si preguntas por el origen, cada vecino te dará una explicación distinta.
Paseos por el paisaje minero
Aquí no vas a encontrar senderos con pasarelas ni paneles nuevos cada cien metros. La Cuenca Minera tiene otro tipo de paisaje: más áspero, más industrial.
Un ejemplo son los escoriales de Cañadas de las Adelfas. Son restos del trabajo minero que han dejado un suelo rojizo y oscuro donde, cuando le da el sol, el terreno parece tener brillo metálico. Es un paisaje raro, casi marciano, mezclado con vegetación mediterránea.
A unos dos kilómetros del pueblo también está el dolmen de la Catalina. Es una estructura megalítica bastante sencilla: grandes bloques de piedra que llevan allí miles de años. No hay taquillas ni demasiadas indicaciones. Llegas, lo miras con calma y entiendes que ese montículo de piedras lleva mucho más tiempo aquí que el propio pueblo.
Lo que se come por aquí
En El Campillo la cocina va mucho por temporada.
En otoño aparecen los gurumelos, una seta muy apreciada por toda la provincia. Lo habitual es verlos en tortillas o salteados. No tienen una pinta espectacular, pero el sabor compensa.
Cuando aprieta el frío, en muchas casas se preparan habas enzapatás: un guiso contundente con habas y chacina que te deja listo para la siesta.
Y, claro, siendo la Sierra de Huelva, las chacinas ibéricas están siempre presentes: chorizo, salchichón y jamón cortado con esa tranquilidad de quien lleva media vida haciéndolo.
Mi consejo de amigo
No vengas buscando el pueblo más bonito de Andalucía, porque El Campillo no juega a eso.
Pasa mejor una mañana tranquila. Aparca cerca del parque donde está la vieja locomotora minera —oxidada, pero con bastante carácter— y date una vuelta por las calles rectas del centro. Entra en un bar, pide un café y escucha un rato las conversaciones. Es fácil que acaben hablando de la mina, del campo o de si este año vendrán buenos gurumelos.
Luego puedes acercarte a la ermita, estirar las piernas hacia el dolmen y volver sin prisa.
El Campillo es ese tipo de sitio que no intenta impresionar a nadie. Pero cuando te vas, te das cuenta de que tiene algo difícil de explicar: una mezcla de historia minera, vida tranquila y ese olor a campo después de llover que se te queda un rato en la memoria.