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sobre Minas de Riotinto
Paisaje marciano único en el mundo fruto de milenios de minería; ofrece una experiencia turística singular con su tren minero y el barrio inglés
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El pueblo que parece Marte (pero con mejor comida)
El primer aviso te lo da el río. No porque corra rápido o haga ruido, sino porque es rojo. No rojo tipo bebida con colorante, sino rojo oscuro, espeso, raro. Cuando ves el río Tinto por primera vez en Minas de Riotinto tienes la sensación de que algo no cuadra con la Andalucía que tienes en la cabeza.
Luego aparece la Corta Atalaya. Un agujero gigantesco en mitad del paisaje. Y ahí ya piensas: vale, esto es otra cosa.
Minas de Riotinto es de esos lugares que no se parecen a casi ningún otro pueblo andaluz. Aquí el paisaje no gira alrededor de olivares ni de plazas con palmeras. Todo gira alrededor de la mina. Del polvo rojo, de los raíles antiguos, de la sensación de que durante mucho tiempo la vida dependía de lo que salía de debajo de la tierra.
Y eso se nota todavía.
Cuando los ingleses compraron un pueblo
A finales del siglo XIX llegó una compañía británica y cambió el sitio por completo. No vinieron a pasar el verano. Vinieron a explotar las minas a gran escala y montaron aquí su propio mundo.
El barrio de Bellavista todavía lo recuerda. Casas de ladrillo, jardines ordenados, calles que parecen trazadas con regla. Si te dicen que eso está en Huelva pero podría estar en el sur de Inglaterra, te lo crees.
Los ingleses trajeron también costumbres nuevas. Se suele contar que aquí empezaron a verse algunos de los primeros partidos de fútbol en España. También dejaron infraestructuras, un trazado ferroviario enorme y una manera muy industrial de entender el territorio.
Los vecinos hablan de esa época con una mezcla curiosa de orgullo y memoria larga. Porque aquello dio trabajo a miles de personas, pero también marcó el paisaje y la vida del pueblo durante generaciones.
Bajar a una mina de verdad
Una de las visitas más conocidas es la de la mina subterránea de Peña del Hierro. Te ponen casco y te metes en la galería. No es un decorado. Es una mina real.
El recorrido ayuda a entender cómo se trabajaba ahí abajo. Pasillos estrechos, humedad, roca por todas partes. Cuando el guía cuenta cómo era una jornada de trabajo, empiezas a mirar el túnel con otros ojos.
Después mucha gente se sube al antiguo tren minero. El recorrido sigue parte de la vía histórica y va bordeando el río Tinto. Durante el trayecto ves ese paisaje rojizo que parece sacado de otro planeta.
A veces se menciona que científicos han estudiado este entorno por sus condiciones extremas. El agua del río tiene una acidez muy alta y apenas hay vida visible. Todo resulta bastante marciano, la verdad.
La Corta Atalaya, el agujero que cambia la escala
Hay fotos que no preparan para lo que vas a ver. La Corta Atalaya es una de ellas.
Desde el mirador parece que alguien hubiese vaciado media montaña con una cuchara gigante. Es enorme. Cuando te asomas cuesta calcular distancias porque todo es demasiado grande: las terrazas de la explotación, las pistas por donde bajaban los camiones, el fondo que queda muy abajo.
La mina empezó a explotarse a cielo abierto hace más de un siglo, aunque en esta zona ya trabajaban los romanos mucho antes. De hecho, bajo el terreno hay una red de galerías de distintas épocas que se fueron conectando con el tiempo.
Lo que hoy ves es el resultado de siglos sacando mineral.
Comer en Riotinto sin complicarse
Después de tanta mina apetece algo contundente. Y aquí la cocina suele ir por ese camino.
Platos de cuchara, guisos con fundamento, cosas pensadas para gente que pasaba muchas horas trabajando. Los chocos con habas aparecen mucho en las cartas de la zona. También el bacalao con patatas en versiones bastante generosas.
Y si ves gañotes en algún sitio, pruébalos. Son dulces fritos con anís que aquí se preparan desde hace mucho tiempo.
Mi consejo es sencillo. Come en el propio pueblo. Da una vuelta por el centro y pregunta. Ese método casi nunca falla en sitios así.
Cómo organizar la visita sin volverse loco
El Parque Minero tiene varias visitas distintas y a veces la gente intenta hacerlo todo el mismo día. No hace falta.
Con la mina subterránea y el tren minero ya te llevas una buena idea de lo que fue Riotinto. Entre una cosa y otra se te va buena parte de la mañana o de la tarde.
Si te gusta caminar o ir en bici, por la zona también hay antiguas vías ferroviarias convertidas en caminos. El paisaje sigue siendo rojo, mineral y bastante distinto a lo que uno espera en Huelva.
El calor en verano aprieta bastante porque casi no hay sombra en muchas zonas de la mina. Primavera y otoño suelen ser más llevaderos. A veces, además, el pueblo organiza encuentros y celebraciones populares alrededor de la comida y las asociaciones locales. Si coincides con alguno, verás el ambiente del lugar mucho mejor que en cualquier museo.
Minas de Riotinto no entra por los ojos como otros pueblos andaluces. No hay casas blancas ni plazas llenas de naranjos. Pero tiene algo que engancha.
Vienes por el paisaje extraño y por ese agujero gigantesco. Y acabas quedándote con las historias de la gente que vivió de la mina durante generaciones.
Es de esos sitios que te hacen pensar que el mapa de Andalucía es bastante más raro —y más interesante— de lo que parece.