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sobre Nerva
Villa minera con una rica tradición artística y cultural; cuna del pintor Daniel Vázquez Díaz y lugar de contrastes paisajísticos
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Las cinco de la tarde en Nerva tienen un color difícil de explicar si no has pasado aquí un rato largo. Es un rojo oxidado que se filtra entre las casas bajas y se posa sobre los coches aparcados en la plaza de San Bartolomé. No es la luz limpia del atardecer andaluz, sino el polvo de la mina que todavía flota algunos días en el aire. Caminar por la calle Real es como atravesar una fotografía antigua a la que alguien le hubiera añadido un filtro terracota.
El pueblo no mira al mar. Mira hacia dentro, hacia las entrañas de la sierra. Nerva está a más de trescientos metros sobre el nivel del mar, pero su historia se ha escrito siempre hacia abajo, en galerías y pozos. La minería aquí no empezó ayer: romanos y después compañías extranjeras siguieron sacando metal de estas lomas durante siglos. Si paseas con calma todavía aparecen rastros: un dolmen medio escondido entre jaras, restos de antiguas vías mineras, taludes de tierra rojiza que no se parecen a ningún paisaje cercano.
El sabor de lo que brota de la tierra
A finales del invierno y principios de primavera, cuando la sierra aún guarda humedad, muchos vecinos salen al campo con una cesta y un cuchillo corto. Buscan gurumelos. Crecen bajo los alcornoques y entre los claros del monte, y hay quien reconoce el lugar exacto donde suelen aparecer cada año.
Cuando hay temporada, en los bares del pueblo el olor cambia: setas a la plancha, revueltos humeantes, pan para mojar. La feria dedicada al gurumelo suele celebrarse en esas semanas y tiene mucho de reunión vecinal. Mesas largas, cuadrillas que se conocen de toda la vida y conversaciones que se alargan mientras fuera cae la tarde.
El resto del año la cocina sigue siendo directa, sin rodeos. Uno de los platos que más se repite es el chorizo a la nervense: chorizo guisado con huevo y patatas. Contundente, de los que se comen mejor en invierno, cuando el aire baja frío desde la sierra.
Cuando el pueblo se llena de gente
A comienzos de agosto Nerva celebra el llamado Día de la Villa, que recuerda la separación histórica de Zalamea la Real. Desde primera hora aparecen sillas en las puertas de las casas y grupos de amigos ocupando media calle. Es una jornada larga, ruidosa, muy de pueblo: peñas, música y familias que vuelven esos días aunque vivan fuera.
Hacia finales de ese mismo mes llegan las fiestas de San Bartolomé, el patrón. Si coincide con una ola de calor —que suele pasar— verás a muchos hombres con traje oscuro siguiendo la procesión mientras el termómetro ronda cifras poco amables. La banda toca pasodobles de los de siempre y, cuando la imagen cruza la plaza, el murmullo baja de golpe, como si alguien hubiera girado un interruptor invisible.
En la zona del Pozo Bebé también se mantienen las hogueras de San Juan. Al caer la noche el olor a madera quemada se mezcla con el de la tierra caliente, y durante un rato todo el barrio gira alrededor del fuego.
Huellas que siguen ahí
Si sales del pueblo por la carretera hacia Riotinto y te fijas bien en los laterales, aparece un pequeño cementerio rodeado por una verja de hierro. Es el llamado British Cemetery, levantado en la época en que ingenieros y técnicos británicos trabajaban en las minas. Las lápidas están en inglés y muchas recuerdan a trabajadores muy jóvenes.
La hierba suele crecer alta y el lugar tiene ese silencio de los sitios que quedan un poco al margen de todo. Algunas tumbas todavía reciben pequeñas monedas o flores secas que alguien deja al pasar.
Cerca de Nerva también quedan tramos del antiguo ferrocarril minero que llevaba el mineral hacia la ría de Huelva. En algunos puntos se conservan los raíles y parte del trazado, hoy convertido en camino. Caminar por ahí tiene algo extraño: a un lado las cicatrices de la explotación minera, al otro un mar de encinas, jaras y aliagas que vuelve a ocupar terreno.
Cómo llegar y cuándo venir
Nerva no queda de paso. Lo normal es llegar por la carretera que conecta con Zalamea la Real y otras localidades de la Cuenca Minera, una sucesión de curvas entre pinares y cortafuegos. Cuando empiezan a verse naves industriales y montículos de tierra rojiza sabes que el pueblo está cerca.
Aparcar en el centro suele ser cuestión de dar un par de vueltas y encontrar un hueco en alguna calle cercana a la plaza.
Si te interesa el campo y las setas, los meses húmedos del final del invierno son buena época para caminar por los alrededores. En agosto el ambiente cambia por completo: vuelve mucha gente que vive fuera y el pueblo se llena. Y en invierno la sierra se queda tranquila, con noches muy limpias en las que el cielo se ve oscuro de verdad.
Al marcharte quizá notes que el polvo rojo se queda pegado en las suelas o en la alfombrilla del coche. Aquí forma parte del paisaje desde hace generaciones. Cuesta quitarlo del todo. Y, de alguna manera, tampoco hace falta.