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sobre El Viso del Alcor
Situado en la cornisa de los Alcores famoso por su menudo y sus fiestas de la Santa Cruz
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no ha secado del todo el rocío, las panaderías de El Viso del Alcor sueltan un vapor tibio que huele a masa fermentada y a leña. Las mujeres salen con la bolsa colgando del antebrazo, muchas aún con la bata de casa, y se cruzan con hombres que regresan del campo con las botas manchadas de tierra rojiza de los Alcores. Nadie parece ir con prisa. El pueblo huele a pan caliente y eso ya dice bastante de cómo empieza aquí el día.
El pan que levantó un pueblo
El pan de El Viso tiene fama en toda la zona desde hace generaciones. La rosca es densa, de miga apretada y corteza gruesa; cuando la partes cruje y deja un olor a cereal tostado que se pega a los dedos. Durante mucho tiempo ese pan salió del pueblo camino de Sevilla cargado en mulas. Se vendía allí y se volvía con las alforjas llenas de lo que aquí faltaba.
Por eso todavía hay quien dice “bajar a Sevilla” como si fuese un viaje largo, aunque hoy el trayecto en coche sea relativamente corto.
Entre El Viso y los pueblos cercanos se ven todavía tramos de caminos que siguen la línea del alcor, esa especie de loma larga desde la que se abre la vega del Guadalquivir. Son caminos de tierra muy usados por ciclistas y gente que sale a caminar al atardecer, cuando el aire ya no quema.
La iglesia que mira a la vega
Desde varias calles del centro aparece de pronto la torre de Santa María del Alcor. Sobresale por encima de las casas bajas y sirve casi de referencia para orientarse.
El edificio actual es tardomedieval, aunque el lugar parece haber tenido uso religioso desde mucho antes. Dentro huele a cera y a madera antigua. La luz entra desde lo alto y cae en diagonales sobre el suelo, dejando algunas capillas en penumbra incluso a mediodía. Si te quedas un rato quieto bajo el coro se oye el eco leve de los pasos y el zumbido de las moscas contra los cristales en verano. No es una iglesia enorme, pero tiene esa sensación de espacio profundo que dejan los templos usados durante siglos.
Menudo y otras verdades del mediodía
Aquí el menudo —callos con garbanzos y chorizo— aparece en muchas barras a mitad de semana. No es raro que alguien pregunte por él un martes o un miércoles a eso de la una. Es un guiso lento, de olla grande: la tripa bien limpia, los garbanzos ablandados desde la noche anterior y un caldo espeso que mancha el pan.
En los bares del pueblo el asunto funciona más por costumbre que por carta. Preguntas qué hay y te responden desde la cocina. Si eres de fuera, es probable que te sirvan primero una tapa pequeña; si vuelves otro día, la ración suele crecer. El menudo llega muy caliente, con ese vapor rojizo que empaña las gafas cuando te acercas demasiado.
La romería de septiembre
Cuando septiembre empieza a suavizar el calor, el pueblo suele mirar hacia el campo. La romería de Santa María del Alcor se celebra por esas fechas y se nota desde temprano: remolques adornados, ramas de romero frescas, gente caminando en grupo hacia la zona de pinos donde se pasa el día.
Hay música, caballos, mantas extendidas en el suelo y neveras que se abren cada cinco minutos. El olor mezcla polvo del camino, hierba pisada y comida recién sacada de las ollas. No es una fiesta pensada para quien viene solo a mirar; es más bien un día de convivencia entre familias y peñas del propio pueblo.
Si coincides con la romería, conviene llegar pronto o dejar el coche algo apartado. Las entradas al pueblo suelen llenarse de vehículos y moverse luego se vuelve más lento.
Cuándo acercarse a El Viso del Alcor
Primavera suele ser el momento más agradecido. Los campos de cereal alrededor del alcor están verdes y en los márgenes de los caminos salen amapolas y jaramagos. Por la tarde corre algo más de aire que en la vega y se puede caminar sin que el calor apriete tanto.
El final del verano es más seco y polvoriento, aunque tiene esa luz dorada que cae sobre los tejados de teja y las fachadas encaladas. Al anochecer empiezan a oírse las cigarras y muchas casas sacan las sillas a la puerta. La conversación baja de volumen poco a poco mientras el cielo se vuelve violeta sobre la loma.
No hay mucho que hacer en sentido turístico estricto. Más bien se trata de pasear, comprar pan si llegas a tiempo y dejar que la tarde vaya pasando despacio. En un pueblo como El Viso, eso ya cuenta como plan.