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sobre Alcudia de Monteagud
Pequeño núcleo en la Sierra de los Filabres; destaca por su tranquilidad y arquitectura popular de pizarra
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A primera hora de la tarde, cuando el sol cae casi de frente sobre la ladera, la cal de las casas de Alcudia de Monteagud devuelve una luz blanca que obliga a entrecerrar los ojos. Apenas se oye nada: alguna puerta que se abre, el viento seco que baja de la sierra y el zumbido breve de un coche que atraviesa el pueblo y desaparece cuesta abajo.
El municipio se alza en la Sierra de los Filabres, por encima de los mil metros de altitud. Esa altura se nota en el aire, más limpio y algo más fresco que en el valle, incluso en verano. El caserío se agarra a la pendiente y desde muchas calles la vista se escapa hacia un paisaje áspero de lomas claras y barrancos abiertos.
Las casas siguen el dibujo irregular del terreno. Fachadas encaladas, rejas negras, puertas de madera ya algo curvadas por los años. En algunos patios asoman macetas de geranio y plantas aromáticas —hierbabuena, romero— que sobreviven con poca agua. Todo tiene un ritmo tranquilo, de pueblo pequeño donde el silencio no resulta extraño.
Entre semana es fácil caminar varios minutos sin cruzarse con nadie. A ratos lo único que se oye es el viento rozando las laderas y, de vez en cuando, las campanas de la iglesia marcando la hora.
La estructura del pueblo y sus rincones
La iglesia parroquial sirve de referencia desde casi cualquier punto. El campanario no es alto, pero sobresale entre los tejados blancos y ayuda a orientarse cuando uno se pierde por las calles que suben y bajan sin demasiada lógica.
Alrededor se abre una pequeña plaza donde suele concentrarse la vida del pueblo. A ciertas horas del día la sombra cae de lado y la piedra del suelo guarda todavía algo de fresco, un buen lugar para sentarse un rato sin más plan que mirar cómo cambia la luz en las fachadas.
Las calles son estrechas y en algunos tramos terminan casi de golpe en pequeños miradores improvisados hacia el valle. Muchas casas mantienen detalles antiguos: rejas de hierro trabajadas, aleros cortos, escaleras exteriores que llevan a una segunda planta o a una terraza desde la que se ve media sierra.
El paisaje de los Filabres alrededor
Al salir del núcleo urbano, el terreno cambia rápido. Aparecen lomas pedregosas y suelos de tonos rojizos y grises donde crecen plantas duras: esparto, tomillo, algún almendro aislado. En primavera, si ha llovido lo suficiente durante el invierno, el monte bajo saca algo de verde y el olor a hierba se nota incluso desde el camino.
Los caminos de tierra serpentean entre barrancos y pequeñas vaguadas. No hace falta alejarse mucho para encontrar lugares desde donde el pueblo se ve entero, colgado en la ladera, con el campanario marcando el centro.
La geología de la zona llama la atención si se mira con calma: capas de roca plegadas, cortes del terreno donde se ve claramente cómo la montaña se ha ido levantando y erosionando durante siglos. No hace falta entender mucho de geología para apreciar esas formas.
Caminos que salen del pueblo
Desde las últimas casas parten varios caminos rurales que se internan en la sierra. Algunos se han utilizado tradicionalmente para acceder a huertos, corrales o antiguas zonas de pasto.
Conviene tener en cuenta dos cosas si se sale a caminar: el sol de mediodía aquí cae fuerte durante buena parte del año y el viento en la zona alta puede levantarse de repente. Agua, gorra y calzado con buena suela suelen ser más útiles que cualquier otra cosa.
A cambio, la tranquilidad es total. Es fácil caminar un buen rato sin encontrarse con nadie.
Por la noche el cielo se vuelve muy oscuro. Al ser un núcleo pequeño y con poca iluminación, las estrellas aparecen con bastante claridad cuando el cielo está despejado. En invierno el frío aprieta, pero el aire suele estar limpio y la visibilidad es buena.
Lo que se come en las casas
La cocina que se mantiene en la zona es la de siempre: platos sencillos pensados para llenar y aguantar jornadas largas.
Las migas aparecen a menudo, sobre todo cuando refresca. También las gachas y los guisos de legumbres cocinados despacio. En muchas casas todavía se preparan embutidos de manera tradicional cuando llega el tiempo de la matanza, una costumbre que en los pueblos pequeños de la sierra aún resiste.
No hay una gran oferta de sitios donde sentarse a comer, así que conviene no llegar con la idea de encontrar muchas opciones abiertas, especialmente fuera de fines de semana o de los meses de verano.
Fiestas y momentos en que el pueblo cambia
Durante buena parte del año Alcudia de Monteagud se mueve con calma, pero en verano la población suele aumentar cuando vuelven quienes tienen aquí familia.
Las fiestas patronales y otras celebraciones religiosas concentran entonces más ambiente en las calles: procesiones cortas, música en la plaza y reuniones que se alargan hasta la noche cuando el calor del día ya ha bajado.
La Semana Santa se vive de forma más recogida, con recorridos breves por las calles del centro. En Navidad también es habitual ver pequeños belenes montados por los vecinos en portales o patios.
Cómo llegar a Alcudia de Monteagud
Llegar a Alcudia de Monteagud implica asumir unos cuantos kilómetros de carretera de sierra. Desde distintos puntos de la provincia —Tabernas, Gérgal o la zona del valle del Almanzora— salen carreteras comarcales que van subiendo hacia los Filabres entre curvas y pendientes.
El último tramo suele ser estrecho y conviene tomárselo con calma, sobre todo si no se conoce la zona o si se conduce de noche.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para acercarse: el aire está claro, las temperaturas son más suaves y caminar por los alrededores resulta bastante más llevadero que en los días fuertes del verano.