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sobre Lucainena de las Torres
Uno de los pueblos más bonitos de España; destaca por sus hornos de calcinación y cuidado estético
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A primera hora, cuando el sol todavía tarda en asomar por las lomas de la Sierra de los Filabres, Lucainena de las Torres huele a tierra fría y a cal húmeda. Alguna puerta se abre, una escoba raspa el suelo de la calle y poco más. El turismo en Lucainena de las Torres empieza casi siempre así: con un silencio que no parece preparado para nadie en particular.
El pueblo tiene poco más de setecientos vecinos y se agrupa alrededor de una plaza recogida, de esas donde la vida pasa despacio y casi todo queda a pocos minutos andando. Durante décadas, lo que marcó el ritmo aquí no fue el campo sino la minería del hierro. A principios del siglo XX las jornadas giraban alrededor de las minas cercanas y del transporte del mineral hacia la costa. Hoy quedan restos dispersos y, sobre todo, la sensación de que el paisaje todavía guarda algo de aquel esfuerzo.
A mediodía la luz cae casi vertical y rebota en las fachadas encaladas. En días despejados el blanco llega a deslumbrar un poco, y las sombras de los balcones dibujan líneas muy nítidas en las paredes. Cuando sopla algo de viento baja un olor seco desde los olivares y las laderas pedregosas que rodean el pueblo.
Arquitectura y vestigios mineros que narran su pasado
La iglesia dedicada a Nuestra Señora del Rosario se levanta cerca del centro del pueblo. Es una construcción sobria, de líneas simples, sin grandes adornos. A su alrededor salen calles estrechas que suben y bajan con cierta pendiente, pavimentadas en algunos tramos con piedra. Las casas mantienen esa arquitectura blanca tan común en el interior de Almería: muros gruesos, rejas de hierro en las ventanas y patios pequeños donde suele haber macetas o alguna parra buscando sombra.
Pero el verdadero contexto de Lucainena está un poco más allá de las últimas casas. En los alrededores todavía se reconocen estructuras vinculadas a la antigua actividad minera: cargaderos, restos de instalaciones y trazados que recuerdan por dónde se movía el mineral. No están convertidos en decorado; forman parte del paisaje tal como quedó cuando la actividad fue desapareciendo.
Si caminas por los senderos cercanos, es fácil encontrar trozos de escoria oscura mezclados con la tierra rojiza. Son pequeños recordatorios de una época en la que el hierro salía de estas montañas rumbo al mar.
Caminatas por tierra y piedra
Desde el propio pueblo salen varios caminos que conectan con la sierra y con antiguos cortijos dispersos. Muchos de esos senderos siguen rutas usadas durante años por mineros, agricultores o pastores. No hay grandes desniveles en algunos tramos, aunque el terreno es seco y pedregoso, así que conviene llevar agua incluso en días templados.
En jornadas claras, desde ciertos puntos altos se abre el paisaje hacia el sur y aparece la línea difusa del desierto de Tabernas. El contraste es evidente: las laderas de los Filabres con algo más de vegetación frente a la extensión ocre y áspera del desierto.
A finales de invierno los almendros de la zona suelen florecer y salpican las laderas de blanco y rosa durante unos días. Es un cambio breve pero muy visible. Fuera de ese momento el paisaje vuelve a su tono habitual: ocres, grises y verdes apagados.
Si caminas despacio, a veces se ven rapaces planeando sobre las corrientes de aire que suben por los barrancos. La fauna aquí es discreta; muchas veces lo único que queda son huellas en el polvo del camino.
Tradiciones que siguen el ritmo del pueblo
El calendario festivo mantiene costumbres bastante arraigadas en los pueblos de la sierra almeriense. En invierno suelen encenderse hogueras asociadas a celebraciones tradicionales, y en primavera aparecen cruces adornadas con flores en algunas calles.
Cuando los almendros empiezan a florecer, el municipio suele organizar una jornada vinculada a ese momento del año. No depende siempre de una fecha fija, porque la floración cambia según el invierno haya sido más frío o más suave.
Las fiestas principales del pueblo se celebran ya entrado el otoño, cuando el calor fuerte ha pasado. Durante unos días las calles se llenan más de lo habitual y el ritmo tranquilo del resto del año cambia un poco.
Cómo llegar sin perderse
Lucainena de las Torres está en el interior de la provincia de Almería, en la comarca de Filabres‑Tabernas. Desde la capital se llega en coche en algo menos de una hora. El recorrido atraviesa primero el paisaje abierto y polvoriento del desierto de Tabernas y después empieza a ganar altura hacia la sierra.
Las carreteras de la zona son tranquilas pero con bastantes curvas en los últimos kilómetros. Conviene venir con el depósito razonablemente lleno y sin demasiada prisa: en esta parte del interior almeriense las distancias no son grandes, pero todo se mueve a otro ritmo.
Lucainena no es un lugar de paso rápido. Se entiende mejor caminando sin rumbo fijo por sus calles blancas, saliendo después a los caminos que rodean el pueblo y dejando que la tarde caiga poco a poco sobre las lomas de los Filabres. Aquí la luz cambia rápido cuando el sol empieza a bajar, y en pocos minutos el silencio vuelve a quedarse casi entero para quien todavía esté paseando.