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sobre Olula de Castro
Pequeño pueblo de pizarra en la sierra; destaca por su arquitectura integrada en el paisaje y miel
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Olula de Castro se asienta en la vertiente norte de la Sierra de los Filabres, a más de mil metros de altitud. Su historia es la de un pueblo de repoblación, fundado tras la conquista cristiana en el siglo XVI sobre un asentamiento anterior, probablemente vinculado a la minería y la ganadería trashumante que caracterizaron esta sierra. El nombre ‘Olula’ procede del árabe, un indicio de ese pasado andalusí que la geografía abrupta ayudó a mantener aislado. Hoy viven aquí poco más de ciento setenta personas, una escala que sigue marcando el ritmo del lugar.
El caserío se agrupa en una ladera de pendiente clara, una adaptación forzosa al terreno que comparte con otros pueblos de la sierra. Las casas encaladas conservan a menudo cubiertas de pizarra, el material más accesible en esta parte de los Filabres. Desde las calles altas se abren vistas hacia valles estrechos y lomas cubiertas de matorral mediterráneo, con almendros dispersos y algunas manchas de pinar de repoblación. El clima aquí es continental: inviernos con heladas frecuentes, veranos secos y noches frescas incluso en agosto.
La iglesia y la estructura del pueblo
El núcleo se organiza en torno a la iglesia parroquial de San Juan Bautista. Su fábrica actual data principalmente de los siglos XVIII y XIX, construida sobre una estructura anterior, como era habitual en estos valles. No es un edificio monumental, pero sus muros gruesos y su espadaña son el centro visual del pueblo.
Más que por su arquitectura, la iglesia importa por su posición. Desde su atrio se entiende la lógica del asentamiento: las casas buscaban resguardo del viento norte y se agrupaban alrededor del templo, que servía también de refugio en caso de conflicto. La disposición sigue respondiendo a una sociedad rural que combinaba la fe con una vida práctica.
Un paisaje modelado por bancales
El entorno conserva la huella de una agricultura de montaña extrema. Los bancales que trepan por las laderas son el legado de siglos de cultivo de secano —almendro, olivo, algo de cereal— en un terreno que nunca lo puso fácil. Muchos están hoy cubiertos por matorral, pero su trazado geométrico sigue visible.
Hacia la sierra salen caminos y pistas que enlazan con cortijos y aldeas dispersas, antiguas vías de comunicación entre vecinos y con los pastos de altura. Caminando por ellos es frecuente ver rapaces y, en las zonas más abruptas, grupos de cabra montés. Son paisajes de una tranquilidad profunda, donde durante largos tramos no se cruza con nadie.
Arquitectura para el aislamiento
El caserío mantiene rasgos propios de la construcción serrana: fachadas encaladas para reflejar el sol, chimeneas cilíndricas y ventanas pequeñas. Los materiales respondían a lo disponible: mampostería, yeso local y la pizarra de las cubiertas. Las calles son cortas y con pendiente, desembocando en pequeñas plazoletas que eran el espacio social.
Todavía se ven patios interiores y corrales adosados a las viviendas, restos de una economía doméstica que integraba un pequeño huerto, algo de ganado y el almacén para la cosecha. En un pueblo de esta escala, cada elemento tenía una función clara.
Caminar por la sierra
Los caminos rurales que parten del pueblo permiten recorrer la sierra a pie o en bicicleta de montaña. No son rutas señalizadas para el turismo; son los mismos pasos que usaban los vecinos. Conviene llevar orientación básica y agua suficiente.
El paisaje cambia radicalmente con las estaciones. Tras las lluvias de primavera, el monte bajo se llena de floración y los almendros florecidos dibujan manchas claras en la ladera. En verano, el dominio vuelve a los ocres y grises de la tierra y la pizarra.
Fiestas y ciclo anual
El calendario local sigue vinculado al ciclo agrario y a las celebraciones religiosas. Las fiestas patronales en verano coinciden con el retorno temporal de quienes emigraron. Se mantienen celebraciones más pequeñas a lo largo del año, con un carácter marcadamente local.
En otoño aún se realiza la recogida de almendra y aceituna en las fincas cercanas. Ya no es la actividad principal, pero su ritmo todavía marca el paso del año en el pueblo.
Cómo llegar y moverse
Olula de Castro se encuentra en el interior de la provincia de Almería. El acceso se realiza desde la autovía A-92, tomando después carreteras comarcales que suben hacia la sierra. Son vías de montaña, con curvas y desniveles pronunciados.
El pueblo se recorre andando sin dificultad. En menos de una hora se puede atravesar su casco urbano y asomarse a varios miradores naturales que explican por qué se construyó aquí.