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sobre Fuengirola
Destino turístico familiar por excelencia con un largo paseo marítimo y el castillo Sohail como centro de eventos culturales
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Fuengirola es como ese compañero de piso que nunca aspira a ser el más guapo de la casa, pero que acaba siendo el que más novia tiene. Lleva décadas recibiendo a quienes buscan sol y fiesta sin complicaciones, y ahí sigue, con kilómetros de paseo marítimo y un castillo que parece vigilarte desde lo alto mientras te tomas el tercer cubata.
El castillo que lo vio todo
Puedes llegar a Fuengirola por la N-340 y pensar que es otro bloque de cemento pegado al mar. Pero si levantas la vista, verás el Castillo de Sohail ahí, imperturbable. Los árabes lo levantaron alrededor del siglo X y desde entonces ha visto pasar de todo: romanos que salaban pescado por la zona, cristianos que reforzaron las murallas, soldados en guerras que hoy casi nadie recuerda y, mucho después, turistas del norte de Europa que llegaron buscando sol barato.
Hoy el castillo tiene otra vida. En verano suele acoger conciertos y eventos al aire libre. Resulta curioso: una fortaleza pensada para vigilar la costa convertida en escenario con focos, altavoces y gente sentada mirando al escenario. Si los que lo construyeron levantaran la cabeza, seguramente se quedarían bastante descolocados.
Un paseo que parece no terminar
El Paseo Marítimo de Fuengirola es largo, muy largo. De esos que empiezas a caminar pensando “doy un paseo rápido” y al rato te das cuenta de que llevas media hora y aún queda paseo por delante. Va prácticamente de punta a punta del municipio, desde la zona de Los Boliches hasta el entorno del castillo, siempre con el mar al lado.
Es una especie de cinta de correr al aire libre: gente corriendo, familias con carritos, jubilados caminando a su ritmo y grupos de chavales que claramente vuelven de fiesta aunque intenten disimular.
Si lo recorres temprano, huele a pan recién hecho y a sal. Si lo haces de madrugada, el aroma cambia bastante: algo de fritanga, algo de kebab y ese ambiente de final de noche que todos reconocemos.
Las playas no son de arena blanca de postal caribeña. Aquí la arena es más bien oscura y en pleno agosto puede calentarse bastante. Aun así el agua suele estar limpia y la costa está bien cuidada. También hay cierto reparto informal: muchos vecinos de toda la vida tienden a bajar por Los Boliches, buena parte de los visitantes se quedan cerca del castillo y hacia Carvajal suele haber algo más de calma.
Sardinas, garum y otras historias de pescado
En Fuengirola el pescado no es decoración: es religión. El ejemplo más claro son los espetos de sardina. La escena es fácil de imaginar: una barca varada en la arena, brasas encendidas, una caña larga con sardinas ensartadas y el humo mezclándose con la brisa del mar. No tiene nada de sofisticado, pero funciona.
Y si tiras un poco del hilo histórico, la relación con el pescado viene de lejos. En la zona de la Finca del Secretario hay restos de una antigua factoría romana donde se producía garum, una salsa de pescado fermentado que los romanos echaban prácticamente a todo. Algo así como su versión del ketchup.
De allí también salió la llamada Venus de Fuengirola, una escultura romana que hoy se conserva en el museo municipal. Está allí, bastante tranquila, observando el techo con esa expresión que parece decir: “llevo dos mil años viendo cosas raras”.
Cuando el pueblo se vuelve loco
Fuengirola tiene más nacionalidades por metro cuadrado que muchos aeropuertos. Eso se nota especialmente durante la Feria Internacional de los Pueblos, que suele celebrarse en primavera. Durante unos días el recinto ferial se llena de casetas de distintos países.
Puedes empezar con algo muy andaluz, seguir con comida latinoamericana, probar platos centroeuropeos y acabar con una cerveza que probablemente venga de bastante lejos. Es un poco como dar la vuelta al mundo caminando unos cuantos metros. No todo es brillante, claro, pero el ambiente suele ser bastante divertido.
Luego están las fiestas patronales de octubre, dedicadas a la Virgen del Rosario, cuando las calles se llenan de gente, música y dulces tradicionales. Y a principios del verano llega la Noche de San Juan. Las playas se llenan de hogueras y de gente saltando las olas a medianoche. Hay quien escribe deseos en un papel y lo lanza al fuego; otros simplemente aprovechan para mojarse los pies y seguir la fiesta.
Cómo no perder el norte (ni el sur)
Fuengirola no es un lugar que exija mucha planificación. Puedes pasar la mañana cerca del castillo, bajar luego a la playa y terminar el día caminando por el paseo marítimo sin hacer grandes malabares.
Si te apetece moverte, el tren de cercanías conecta con Málaga con bastante frecuencia y en un rato estás en el centro de la ciudad. También hay rutas a pie por la costa y por las sierras cercanas que muchos senderistas utilizan cuando quieren salir un poco del ambiente urbano.
Mi consejo: no vengas buscando un pueblo de postal. Fuengirola juega a otra cosa. Es más bien ese amigo que siempre tiene plan cuando nadie propone nada: playa, paseo largo, pescado a la brasa o simplemente una tarde mirando el mar. A veces no hace falta mucho más.