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sobre Campillos
Cabeza de comarca con una importante reserva natural de lagunas donde se pueden observar flamencos y otras aves migratorias
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Campillos es de esos sitios donde aparcar se convierte en conversación. No fue un “hola”, fue un “¿y usted de dónde viene?” sincero, mientras yo intentaba encajar el coche junto a la plaza. Aquí el turismo no es algo que pase, es algo que llega con intención. Si estás en Campillos, es porque has cogido la carretera de Málaga hacia el interior y has seguido hasta encontrarlo.
Está metido en la comarca del Guadalteba, con ese aire de pueblo grande donde las noticias vuelan. No esperes una lista de monumentos para tachar. Lo suyo va por otro lado.
Las lagunas que aparecen y desaparecen
Lo primero que te sueltan cuando preguntas es lo de las lagunas. Hay unas cuantas, desperdigadas en un terreno llano a las afueras. Parece como si el paisaje hubiera decidido tener días húmedos y se le hubieran quedado unos charcos serios.
La Ruta de las Lagunas las une y es un paseo llano, de esos que haces andando o en bici sin pensar mucho. Ves a gente corriendo, a algún fotógrafo con teleobjetivo esperando a que un flamenco se digne a posar… y muchas veces solo agua y cielo. Depende.
A mí me pilló al final de la tarde, con esa luz rasante que lo tiñe todo de dorado y alarga las sombras. Desde alguna laguna se ve el perfil del pueblo al fondo, y la escena tiene ese algo despejado y ancho de la campiña por aquí.
La iglesia que domina sin hacer ruido
La iglesia de Santa María del Reposo es la que manda en la plaza principal. No por altura, sino porque todo a su alrededor son casas bajas y callejuelas.
Dicen que arrancó en el siglo XVI, y cuando entras notas eso: como si se hubiera ido construyendo por partes, sin plan maestro. No hay flechas ni audioguías. Toca mirar: el retablo mayor con su barroco bien trabajado, las capillas laterales, los detalles. Es una de esas iglesias donde entras “un momento” y te acabas quedando más rato del previsto.
La vía verde del tren fantasma
Por las afueras sale la Vía Verde que lleva hasta Teba. Sigue lo que fue una vía de tren para sacar mineral, ahora convertida en camino ancho de tierra.
El recorrido entero son unos veinte kilómetros, aunque casi nadie lo hace completo. El paisaje es el típico del interior: olivos, campo abierto, algún túnel corto que rompe la monotonía.
En bici está bien; es plano y ancho. A pie ya es otra cosa: una caminata larga para ir charlando o escuchando un podcast. Eso sí: si llegas hasta Teba, recuerda que toca dar la vuelta.
Las fiestas: agosto y Semana Santa
En verano montan la feria por San Benito. Suele caer a mediados de agosto y es muy de pueblo: música, puestos, familias dando vueltas hasta tarde.
La Semana Santa también tiene su peso. Hay un momento conocido: el encuentro entre dos procesiones la noche del Jueves Santo, alrededor de la iglesia de la Vera Cruz. Se juntan las dos imágenes desde calles distintas y se llena de gente local. Es uno de esos actos que hacen sentir que esto tiene tradición propia.
Lo que pides cuando tienes hambre
Hay tres platos que siempre están ahí. El gazpacho campero nada tiene que ver con el líquido; aquí es casi una ensalada con pan, tomate, pimiento y un toque de comino que lo cambia todo. Luego están las migas, acompañadas con lo que pillen: chorizo, panceta… a veces hasta con uvas. Y si ves torta de chicharrones en algún sitio, pruébala. Que el nombre no te engañe: es dulce, crujiente y bastante pegadiza.
Mi consejo
Si vienes desde Málaga capital son algo más de una hora en coche. Campillos se ve rápido: un paseo por el centro, entrar en la iglesia si está abierta (consulta horarios), comer algo decente y acercarte a alguna laguna. No vengas buscando agenda apretada. Y ten presente esto: cuando cae el sol, el pueblo se queda callado muy pronto. Si buscas silencio rural perfecto; si buscas marcha nocturna mejor sigue recto. Campillos no te va a dejar boquiabierto. Pero puede hacerte pensar “esto está bien” mientras tomas algo en una terraza vacía sin nadie apurándote para irte