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sobre El Coronil
Localidad de la campiña dominada por dos castillos medievales y rodeada de extensos campos de cultivo
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El turismo en El Coronil es un poco como visitar a ese vecino del que nunca sabes muy bien a qué se dedica pero que siempre está ahí, con la luz encendida. Desde la carretera se ven antes los paneles solares que las casas: un campo enorme de placas que ocupa buena parte del término. Luego aparece el pueblo, blanco y pegado a una cola de monte, con un castillo arriba que parece vigilar que nadie se lleve las placas.
El castillo que no era castillo
Las Aguzaderas es el nombre que viene en las guías, pero en El Coronil mucha gente habla simplemente del torreón. Más que un castillo de cuento, es una fortificación recia, de las que se levantaban para controlar un manantial y el paso por el valle. Los musulmanes lo construyeron en una vaguada —sí, abajo del todo— y aun así ha aguantado siglos de sol, agua y abandono intermitente.
La subida no es larga. Desde el aparcamiento cercano suele llevar un rato corto, dependiendo de cuánto te entretengas mirando alrededor. El camino cruza campos de olivo que sobreviven con lo justo, como tantos en esta parte de la campiña. Arriba las vistas compensan: una llanura verde grisácea que parece no acabarse nunca, y el pueblo abajo, blanco y compacto.
Donde la historia pesa menos que un jamón
El Coronil empezó a organizarse como villa a finales del siglo XIV, cuando la zona ya estaba en manos castellanas. Se suele contar que el nombre viene de la forma redondeada del cerro cercano. También podría venir —bromean algunos— de la corona de calor que te cae si vienes en pleno agosto.
El pueblo no ha crecido demasiado con los años; sigue moviéndose en cifras que rondan los cinco mil habitantes. Eso se nota en el ritmo. Aquí las cosas van despacio y nadie parece tener prisa por cambiarlo.
La iglesia de la Consolación es mudéjar, levantada entre los siglos XV y XVI. Ladrillo, líneas sencillas y ese aire de templo que ha visto muchas generaciones entrar los domingos. La ermita del Calvario, con la Virgen de los Dolores, es otro lugar muy ligado a la vida del pueblo. En Semana Santa la imagen baja hasta el casco urbano y las calles se llenan bastante más de lo habitual.
Comer sin postureo
Aquí la comida sigue saliendo de la cocina como se ha hecho siempre: platos contundentes y pan al lado. Si te caen unas cabrillas en salsa delante, ya puedes prepararte para limpiar el plato a base de mojar pan.
La morcilla de bellota es oscura y potente. No es de esas que vienen tímidas: mancha, chorrea y deja claro que esto no es cocina de escaparate.
Luego están las tagarninas, que aparecen en cuanto llegan las lluvias y desaparecen rápido de las cartas cuando pasa la temporada. Algo parecido ocurre con los espárragos trigueros de la zona. Si coincides con ellos, suelen acabar en revueltos o mezclados en platos bastante sencillos. Y los pimientos rojos asados, que aquí saben a verano aunque el calendario diga otra cosa.
La feria que no es feria
La feria de San Roque suele celebrarse a mediados de agosto y es cuando el pueblo se llena de gente que vuelve por unos días. No es una feria gigantesca, pero hay casetas, música y bastante ambiente hasta tarde.
A comienzos del verano suele organizarse también la llamada Caracolá de la Tapa, una de esas citas donde el plan consiste básicamente en ir probando tapas por el centro. Conviene ir con paciencia porque se junta bastante gente.
La romería de San Isidro normalmente cae el domingo anterior al 15 de mayo. Ese día muchos vecinos se van al campo con mesas plegables, neveras y comida para medio día largo. Se parece más a una gran comida al aire libre que a una romería solemne.
El sendero que no te rompe las piernas
Por aquí pasa parte de la ruta de la Banda Morisca, que conecta varias fortificaciones de la zona. El tramo cercano al pueblo es corto y bastante llevadero; más paseo que ruta exigente.
También queda relativamente cerca la Vía Verde de la Sierra, que sigue el antiguo trazado del tren entre la campiña y la sierra de Cádiz. El terreno es suave y largo, de esos caminos donde puedes pedalear o caminar sin estar pendiente de cuestas cada cinco minutos.
Si te animas a seguir hacia el norte, ya empiezan las sierras que llevan hacia Grazalema. Pero eso ya cambia el paisaje y el tipo de caminata.
Cómo no fastidiar la visita
Si vienes en agosto, especialmente durante la feria, conviene mirar con tiempo dónde dormir. El pueblo tiene pocas plazas y esos días se llenan rápido.
Tampoco esperes una calle llena de tiendas para turistas. Aquí hay comercio de diario: farmacia, supermercado, lo básico para la vida del pueblo. Y poco más.
Y una cosa que siempre sale en conversación: no, el mar no está cerca. La costa queda a más de cien kilómetros. Aquí lo que hay es campiña, olivos y horizonte ancho.
El Coronil no es el pueblo más espectacular de Andalucía ni el que sale en más listas de viajes. Pero es un sitio real, donde se come bien, la gente se saluda por la calle y el castillo sigue ahí arriba vigilando el valle. A veces con eso ya vale.