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sobre El Palmar de Troya
Municipio más joven de la provincia conocido mundialmente por su basílica de la Iglesia Palmariana
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El Palmar de Troya es como ese primo que nadie menciona en la reunión familiar hasta que alguien suelta: “¿y el que se hizo papariano?”. Ahí sí, todos saben de quién hablas. Porque este pueblo sevillano de algo más de 2.000 habitantes tiene más historia de la que parece a simple vista, aunque buena parte de su fama viene de una basílica que rara vez aparece en las guías habituales.
El pueblo que nació dos veces
Llegas por la carretera desde Utrera y lo primero que se distingue en la llanura es una torre. No es gigantesca, pero en medio de la campiña cualquier cosa que sobresalga unos metros ya marca el horizonte. Es la Torre de Troya, una atalaya que suele situarse hacia finales del siglo XIV y que formaba parte de la red de vigilancia del territorio. Hoy mira a un pueblo que, curiosamente, durante siglos no existía como tal.
El Palmar de Troya es además uno de los municipios más jóvenes de la provincia. Se separó administrativamente de Utrera hace relativamente poco, así que aún hay esa sensación de sitio que está terminando de definirse. Calles recientes, casas nuevas… y al mismo tiempo plazas donde los vecinos se sientan a charlar como si aquello llevara así toda la vida.
Cuando el campo se vuelve parque
Por aquí pasa la Vía Verde que conecta con Utrera. Es el típico antiguo trazado ferroviario reconvertido en camino ancho para caminar o ir en bici. No es muy largo, pero lo suficiente para pasar una mañana tranquila entre campos. Yo llegué en coche —cada uno tiene sus vicios—, pero viendo a la gente pedalear se te pasa por la cabeza que quizá la próxima vez toque venir con bici.
Cerca de la Torre del Águila también hay caminos que salen hacia el campo. Son rutas sencillas, más de paseo que de montaña. Tierra, cultivos alrededor y bastante cielo encima. Eso sí, aquí la sombra escasea, así que agua y gorra no sobran nunca.
La cocina que no sale en Instagram
En El Palmar se come lo que da el campo. Tagarninas, espárragos trigueros, acelgas… cosas que en una carta moderna sonarían casi a rareza, pero que aquí forman parte del recetario de siempre. El guiso de tagarninas con garbanzos es de esos platos que no entran por los ojos, pero después de dos cucharadas entiendes por qué se sigue haciendo.
También es zona de mosto cuando llega la temporada. No tiene nada de ceremonia: vaso sencillo, conversación larga y ese sabor que recuerda que alrededor hay viñas desde hace mucho.
La gente del pueblo suele hablar con cariño de su romería de la Virgen del Carmen, que se celebra cuando llega la primavera avanzada. Resulta curioso: una romería con nombre marinero en medio de la campiña. Pero al final las tradiciones viajan y cada sitio las adapta a su manera.
Entre dos mundos
Una cosa que llama la atención cuando hablas con vecinos es cuánta gente vive vinculada al mundo de las ferias. Montaje de casetas, atracciones, puestos… trabajos que van saltando de una ciudad a otra según avanza la temporada. Eso hace que en ciertos momentos del año el pueblo tenga movimiento raro: remolques, estructuras desmontadas, gente preparando la siguiente parada.
Y luego está la otra historia que siempre acaba saliendo en la conversación. La basílica de la Iglesia Palmariana, levantada a las afueras del núcleo urbano. Es un complejo grande, con cúpulas y murallas que sorprenden cuando lo ves en mitad del campo. No forma parte del circuito turístico habitual, pero su presencia explica por qué el nombre de El Palmar de Troya suena incluso a quien nunca ha pasado por aquí.
El consejo de un amigo
Si quieres ver el pueblo con ambiente, acércate en Semana Santa. Las procesiones aquí no se hacen pensando en quien viene de fuera, sino en la gente del propio pueblo. Calles llenas de vecinos, mucha gente que se conoce de toda la vida y ese silencio que se queda cuando pasa el paso y la banda se aleja.
El resto del año el ritmo es otro. Campo alrededor, vida bastante tranquila y esa sensación de lugar que ha tenido que reinventarse más de una vez.
No es el pueblo más bonito de Andalucía, ni pretende serlo. No hay grandes monumentos ni paisajes espectaculares. Pero tiene algo curioso: todavía no parece un decorado preparado para visitantes. Es, simplemente, un pueblo de la campiña sevillana con una historia bastante peculiar a sus espaldas. Y eso ya lo hace diferente.