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sobre La Campana
Pueblo de la campiña sevillana con un casco urbano de casas blancas y señoriales rodeado de tierras de cultivo
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A las ocho de la mañana las campanas de la iglesia suenan por encima del murmullo del pueblo. El sol ya cae de lleno sobre las tejas y las fachadas blancas de La Campana, y en la plaza se mezcla el olor del pan recién hecho con ese aroma seco que llega de los olivares que rodean el término. Si uno pasa aquí unos días entiende rápido de qué va el turismo en La Campana: ritmo tranquilo, campo alrededor y vida que se mueve sobre todo a primera hora.
En septiembre las calles todavía arrastran un ligero olor dulzón a mosto. En los alrededores hay lagares y pequeñas explotaciones agrícolas, y en tiempo de vendimia el aire cambia.
El sabor de la tierra
El mercado de los martes sigue reuniendo a buena parte del pueblo. A media mañana las conversaciones se amontonan entre los puestos mientras las mujeres mayores revisan los pimientos uno por uno, girándolos en la mano como si pesaran más de lo que realmente pesan. No hay prisa.
La fruta huele a tierra húmeda y a sol. Los tomates manchan los dedos y el aceite de oliva —aquí se produce mucho— deja ese amargor limpio al final de la garganta que delata que viene de aceituna recién molturada.
En muchas casas todavía se cocina caldereta de cordero cuando llega el frío o después de jornadas largas en el campo. Es un guiso lento: patatas, pimiento, caldo espeso y pan para mojar. En los bares del pueblo suele aparecer algunos días, aunque no siempre; depende mucho de la cocina de cada casa.
Las torres que marcan el perfil del pueblo
La silueta de La Campana se reconoce por sus torres. La del reloj sobresale sobre los tejados y funciona como punto de referencia cuando uno entra al pueblo por carretera. Desde cerca se aprecia el ladrillo envejecido y el sonido metálico de las campanas cuando marcan la hora, algo que todavía ordena bastante la vida diaria.
Las calles del centro son estrechas y algo irregulares, con casas bajas encaladas que guardan frescor incluso en verano. A ciertas horas de la tarde la luz entra de lado y deja sombras alargadas en las paredes.
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción se levanta en la parte alta. La torre, de ladrillo rojizo, se ve desde varios puntos de la Campiña. Dentro hay imágenes antiguas y retablos que muestran la huella de la tradición religiosa sevillana; la madera oscurecida y el silencio fresco del interior contrastan con el calor que suele haber fuera gran parte del año.
Caminos entre olivos
Fuera del casco urbano empiezan enseguida los caminos agrícolas. Algunos senderos se adentran entre olivares viejos, con troncos gruesos y retorcidos que parecen esculturas naturales. En primavera el suelo se llena de hierbas aromáticas: romero, hinojo, algo de tomillo.
Cerca del río Corbones hay restos arqueológicos dispersos que apuntan a ocupaciones antiguas en la zona. No siempre están señalizados ni preparados como yacimiento visitable, así que conviene tomarlos más como un paseo por paisaje agrícola que como una visita histórica organizada.
También hay rutas señalizadas que recorren parte de la campiña. Son caminos abiertos, con poca sombra, así que en verano es mejor salir muy temprano o esperar a última hora de la tarde.
Cuando llega la feria y las fiestas
En agosto el ambiente cambia bastante. La feria dedicada a San Lorenzo llena el recinto ferial de música, casetas y familias enteras que salen por la noche cuando el calor afloja un poco. Las sevillanas suenan hasta tarde y las calles cercanas al recinto se llenan de gente que vuelve caminando de madrugada.
Unas semanas después llegan las fiestas de San Nicolás. Las calles se adornan con telas y luces, y la procesión recorre el centro entre vecinos que miran desde las puertas o desde los balcones. Los niños corretean detrás de los caramelos que caen al paso de la comitiva y en muchas casas se fríen pestiños, que dejan ese olor a miel y anís flotando por las esquinas.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
El final del verano suele ser buen momento para acercarse. A partir de septiembre el calor empieza a dar tregua y el campo tiene más movimiento por las tareas agrícolas.
Si vienes en julio o agosto, intenta moverte temprano por la mañana o ya al caer la tarde: la Campiña aprieta fuerte a mediodía y hay pocos lugares con sombra en los caminos. El mercado del martes sigue siendo una de las escenas más cotidianas del pueblo. Allí se ve bien cómo late La Campana un día cualquiera.