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sobre La Lantejuela
Destaca por su complejo endorreico de lagunas que atrae a numerosas aves migratorias en plena campiña
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El turismo en La Lantejuela no se entiende sin mirar primero el paisaje que la rodea. La Campiña sevillana aquí es una llanura abierta, agrícola, sin apenas accidentes del terreno. El viento corre sin obstáculos entre los campos de cereal y de ahí que, durante mucho tiempo, se aprovecharan los molinos para moler grano. A algo más de setenta kilómetros de Sevilla, el pueblo se levanta en medio de esa llanura y ronda los cuatro mil habitantes.
Lo que rompe la monotonía del paisaje son sus lagunas. En una comarca donde el agua superficial escasea, estos humedales cambian por completo la lectura del territorio.
Las lagunas en mitad de la Campiña
En los alrededores del municipio se encuentra un pequeño sistema de lagunas endorreicas: Gobierno, Ballestera, Verde de Sal y Calderón Chica. Son cuencas cerradas donde el agua se acumula sin salida al mar. En años normales mantienen agua buena parte del año, algo poco habitual en esta parte de la campiña sevillana, donde el verano suele vaciar arroyos y cañadas.
Ese carácter salobre del agua explica la presencia de determinadas aves. Las lagunas se utilizan como zona de descanso para aves migratorias y como lugar de cría para algunas especies. Es relativamente habitual ver flamencos en determinadas épocas, además de cigüeñuelas, avocetas o distintos tipos de pato. La malvasía cabeciblanca, una especie escasa en la península, se ha citado aquí en varias ocasiones.
En uno de los bordes del complejo lagunar hay un observatorio que permite acercarse sin molestar demasiado a las aves. Incluso sin grandes conocimientos de ornitología, basta con detenerse un rato y mirar con calma para darse cuenta de la actividad que tienen estos humedales.
Un pueblo que nació alrededor del campo
Durante siglos La Lantejuela dependió administrativamente de Osuna. La zona estaba ocupada sobre todo por explotaciones agrícolas dispersas —cortijos y casas de labor— vinculadas al cultivo del cereal. El núcleo urbano fue creciendo poco a poco hasta convertirse en municipio independiente ya bien entrado el siglo XIX.
La trama del pueblo refleja ese origen relativamente reciente. Las calles son rectas y amplias, y predominan las casas bajas, muchas con patio o pequeño huerto trasero. No es raro: buena parte de la población ha vivido siempre ligada al campo y el espacio doméstico se organizaba pensando en ese trabajo.
La iglesia parroquial de la Purísima Concepción ocupa uno de los puntos centrales. El edificio actual es fruto de reformas relativamente recientes sobre un templo anterior, aunque en su interior se conservan algunas piezas devocionales más antiguas. Como en muchos pueblos de la campiña, el valor del conjunto está más en su función dentro de la vida local que en la monumentalidad.
En los alrededores todavía quedan algunos molinos de viento tradicionales, testimonio de cómo se aprovechaba la fuerza constante del aire en estas llanuras.
La romería y las calles cubiertas de serrín
El momento en que el pueblo cambia de ritmo llega con la romería de la Virgen del Carmen, que suele celebrarse en torno a mediados de julio. Durante esos días las calles se cubren con serrín teñido de colores y los vecinos preparan carros adornados que recorren el pueblo antes de dirigirse hacia la zona de las lagunas.
Es una celebración muy participada, más pensada para la gente del propio municipio y de los pueblos cercanos que para atraer visitantes. Cada grupo organiza su espacio para comer y pasar el día, algo que mantiene ese aire de fiesta colectiva que todavía se conserva en muchas romerías de Andalucía.
Cómo recorrer el entorno
El casco urbano se ve rápido. Lo más interesante está en los caminos que rodean las lagunas, donde se puede caminar o ir en bici entre cultivos y zonas de matorral bajo.
La primavera suele ser el momento más agradecido: el campo está verde y la actividad de las aves es mayor. El verano, en cambio, es seco y caluroso, como corresponde a esta parte de la campiña sevillana.
Para llegar hay que abandonar la autovía que atraviesa la comarca y continuar por carreteras locales que cruzan campos de cereal y girasol. No hay grandes infraestructuras turísticas alrededor de las lagunas. El atractivo del lugar está precisamente en eso: un humedal inesperado en mitad de una llanura agrícola.