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sobre Marchena
Ciudad monumental con recinto amurallado y cuna de saetas con iglesias que albergan tesoros de Zurbarán
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Las campanas de San Juan Bautista dan las diez de la mañana cuando el sol ya calienta los adoquines de la plaza. Un hombre saca la basura con parsimonia. Las persianas verdes de un bar se levantan despacio. En Marchena la mañana avanza sin ruido: alguna conversación breve, el golpe seco de una puerta, el olor a café que se cuela por la calle.
Desde el mirador junto al alcázar de la Puerta de Sevilla, la Campiña se abre en ondulaciones de olivos que cambian de color según la luz: gris pálido cuando el sol está alto, verde oscuro cuando pasa una nube. Es la misma claridad limpia que tienen los lienzos de Zurbarán conservados en la iglesia de abajo, a pocos minutos andando por una calle donde suele oler a pan reciente y a jabón de la colada que cuelga de algunos balcones.
La piedra que habla
La llamada Torre del Oro vigila uno de los accesos históricos al recinto amurallado. No tiene nada de dorada: es piedra clara que al atardecer toma un tono anaranjado, casi miel. La Puerta de Sevilla conserva todavía ese aire de frontera antigua. Aquí se mezclan capas de tiempo: restos romanos, reformas de época islámica, añadidos posteriores cuando la villa ya estaba en manos cristianas.
Dentro de las murallas, las calles se retuercen hasta desembocar en la plaza de San Juan. La iglesia de San Juan Bautista combina gótico y mudéjar con una sobriedad muy de la zona. Al entrar, el cambio de luz es brusco: fuera el sol cae a plomo; dentro huele a cera y a madera vieja. En la capilla mayor se conservan varios cuadros atribuidos a Zurbarán y a su taller, una serie de frailes y santos de mirada quieta que destacan sobre fondos oscuros. También hay escultura barroca de bastante calidad, aunque lo que más impresiona es el silencio del interior a media mañana.
El silencio de la Mota
Subir hasta Santa María de la Mota exige su tiempo. La calle aprieta cuesta arriba entre muros altos donde a veces asoman macetas o una buganvilla que se descuelga por encima de la cal. Al final aparece la iglesia, en la parte más alta del pueblo.
Ese cerro lleva ocupado siglos. Antes del templo actual hubo aquí otras construcciones religiosas, y el lugar mantiene algo de ese carácter antiguo, como de vigía sobre el territorio. Desde la explanada se ven los tejados rojizos, el campanario de San Juan y, más allá, la llanura de olivos que rodea Marchena. Cuando sopla viento trae olor a tierra removida y a hierbas secas.
Donde el tren ya no pasa
La antigua estación queda a cierta distancia del centro. El edificio sigue en pie, aunque el tren dejó de pasar hace tiempo. Parte del antiguo trazado ferroviario se ha reutilizado como camino y enlaza con la Vía Verde de la Campiña, que atraviesa este paisaje agrícola durante muchos kilómetros.
El recorrido es bastante llano, así que se ve a gente caminando o en bicicleta, sobre todo cuando el calor aprieta menos. Los olivares se repiten durante largos tramos: troncos gruesos, retorcidos, y un suelo rojizo que en invierno se vuelve barro pegajoso. A veces pasa un agricultor en todoterreno o alguien trabajando entre las hileras. Un saludo breve y cada cual sigue a lo suyo.
La hora del montadito
Marchena no gira alrededor de un plato concreto. La vida social se entiende mejor mirando una barra a media mañana o cerca del mediodía. Suelen aparecer montaditos de pringá, tortilla cortada en cuñas gruesas o queso curado acompañado de pan crujiente. Nada sofisticado: pan, aceite, algo caliente y conversación.
A partir de las dos de la tarde el ritmo cambia. Muchas persianas bajan y el ruido se apaga. En algunas plazas se oyen las abejas rondando los naranjos cuando están en flor. Dentro de las casas, el olor suele ser el de los guisos que llevan horas al fuego.
Cuándo ir y qué evitar
Marzo y abril suelen ser buenos meses para caminar por Marchena y sus alrededores. El campo está verde y las temperaturas permiten moverse sin sofoco.
En verano la historia es distinta. El calor en la Campiña puede ser muy duro y a media tarde las calles se quedan prácticamente vacías. Si visitas el pueblo en esos meses, conviene salir temprano y reservar las horas centrales del día para interiores.
El invierno, aunque más frío de lo que muchos imaginan en el sur, tiene una luz muy limpia sobre los olivares y bastante menos movimiento.
Cuando cae la tarde y las campanas vuelven a sonar, Marchena baja otra vez el ritmo. Se encienden luces en las ventanas altas, alguien riega una maceta desde el balcón y el cielo se vuelve violeta sobre la llanura. La torre junto a la muralla queda en silueta contra esa luz última del día.