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sobre Conil de la Frontera
Pueblo pesquero transformado en destino turístico de primer orden; conserva su encanto de calles blancas y patios llenos de flores junto al mar
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Las once de la mañana en la playa de Los Bateles y el sol todavía no pica. El agua del Atlántico tiene ese color verde apagado que parece poco apetecible hasta que te mojas los pies y descubres que no está tan fría como parece. Un pescador sacude la red sobre la arena y un grupo de gaviotas se posa en círculo, esperando. En el paseo, un chico con tabla de surf bajo el brazo cruza con paso cansado, todavía mojado, rumbo a desayunar algo caliente.
El pueblo que se esconde tras las palmeras
El turismo en Conil de la Frontera suele empezar en la playa, pero el pueblo real está un poco más arriba. Desde la carretera lo primero que se ven son palmeras y aparcamientos llenos de coches con matrículas extranjeras. Puede dar la impresión de otro destino costero más. Pero si te alejas del paseo marítimo y subes por la cuesta de la Amargura —sí, ese es su nombre— el ambiente cambia.
Las calles se estrechan, las fachadas blancas se acercan unas a otras y el ruido del paseo se queda abajo. Aparece el Conil antiguo, el que durante siglos vivió mirando al mar y pendiente de lo que llegaba por él. En la Plaza de España, a media mañana, suele oler a pan recién hecho de las tahonas cercanas y a jabón de las casas abiertas.
En uno de los lados de la plaza hay una escultura dedicada a José Saramago, que pasó temporadas largas en Conil durante los últimos años de su vida. No suele haber mucha gente parándose a mirarla. Los vecinos ocupan los bancos de piedra, hablan de fútbol o del viento que viene para el fin de semana.
La torre que vigila el casco antiguo
La Torre de Guzmán aparece casi sin aviso entre las casas, un cilindro de piedra gruesa que rompe la línea baja del pueblo. La levantaron en la Edad Media, cuando esta parte de la costa necesitaba vigilar tanto el mar como el interior. Desde arriba —cuando el acceso está abierto— se entiende bien la posición: el casco antiguo a un lado y la vega extendiéndose hacia el interior.
La Puerta de la Villa queda a pocos pasos. Es el arco que marcaba la entrada al Conil amurallado. Hoy se cruza sin pensarlo, pero durante siglos separaba el pueblo protegido de los campos abiertos. Si te fijas, la piedra está pulida por el roce de muchas manos y muchos siglos.
El atún y la memoria de la almadraba
Hablar de Conil sin mencionar el atún sería raro. La almadraba forma parte del ritmo del pueblo desde hace siglos. Cada primavera, cuando empieza la temporada, el puerto y la zona de trabajo alrededor cambian de ambiente. Hay más movimiento, más camiones, más conversaciones sobre cómo viene el pescado ese año.
En las cartas de muchos bares del pueblo aparecen cortes de atún que fuera de Cádiz no son tan habituales: tarantelo, morrillo, descargamento. Aquí la gente suele hablar del atún con precisión casi técnica, porque muchos tienen familia que ha trabajado en la almadraba o en la lonja.
Si vienes en esos meses, es fácil oír discusiones amistosas sobre cuál es la parte más sabrosa o cómo hay que cocinarla. Son conversaciones largas, de barra y media tarde.
Las calas al norte del pueblo
Hacia el norte, pasando la urbanización de Roche, la costa cambia. Los acantilados empiezan a cortar la línea de playa y aparecen pequeñas calas entre pinares. No siempre están bien señalizadas y a veces hay que dejar el coche en caminos de tierra y caminar un rato.
La Cala del Aceite es de las más conocidas, aunque sigue siendo pequeña. El sendero baja entre pinos y arena suelta hasta una playa recogida, protegida del viento de levante. El agua suele estar tranquila y bastante clara cuando el mar no está revuelto.
Otras calas de la zona son más irregulares, con rocas y piedras redondeadas. Conviene llevar calzado de agua porque en algunas zonas las lapas y las algas hacen que las rocas resbalen bastante.
Cuándo se disfruta más Conil
En pleno agosto el turismo en Conil de la Frontera cambia por completo el ambiente. El centro se llena de gente a cualquier hora, cuesta encontrar sitio para aparcar y muchas calles del casco antiguo se convierten en un flujo continuo de personas.
Si puedes elegir, mayo y junio suelen ser meses mucho más tranquilos. El agua empieza a templarse, los días son largos y todavía no ha llegado el grueso del verano.
Septiembre y octubre también funcionan bien. El mar mantiene el calor acumulado y el pueblo vuelve poco a poco a su ritmo habitual. Por la tarde la luz cae sobre los acantilados de Roche con un tono dorado bastante limpio, y el paseo marítimo vuelve a tener más vecinos que visitantes.
Entre semana siempre se respira más calma. Los fines de semana llega bastante gente de otras partes de Andalucía y el ambiente cambia rápido. Conil sigue siendo el mismo lugar, pero con otro volumen.