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sobre Baeza
Ciudad Patrimonio de la Humanidad junto a Úbeda; joya del Renacimiento español con un casco histórico impresionante
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La piedra dorada de Baeza cambia de color a cada hora. A primera luz del amanecer, las fachadas del siglo XVI tienen ese tono melocotón que parece encendido desde dentro. Cuando el sol cae hacia el valle del Guadalquivir, se vuelven más anaranjadas, como si la ciudad guardara el calor del día entre los sillares. Caminar por Baeza es seguir ese rastro de luz: en los muros de los palacios, en los patios silenciosos, en las plazas donde la piedra refleja la tarde.
La ciudad abierta al mar de olivos
Desde el Cerro del Alcázar la vista se abre de golpe. El valle es una extensión casi continua de olivos, ordenados en filas que suben y bajan por las lomas. Cuando sopla algo de viento, las hojas plateadas se mueven a la vez y el paisaje parece ondular.
Aquí hubo asentamientos íberos y después romanos. Más tarde llegaron los musulmanes y, ya en el siglo XIII, la ciudad pasó a manos castellanas durante el avance de Fernando III por el valle del Guadalquivir. Con el tiempo las murallas dejaron de tener sentido y fueron desapareciendo poco a poco. De aquel perímetro quedan tramos sueltos y la Torre de los Aliatares, que hoy funciona como reloj urbano y sigue marcando las horas con campanadas que se oyen bien en las calles cercanas.
El centro histórico se recorre despacio y casi siempre a pie. La Catedral de la Natividad domina la Plaza de Santa María con una fachada sobria y una piedra que cambia mucho según la hora. Muy cerca, el antiguo edificio del concejo —plateresco, del siglo XVI— tiene esa filigrana tallada que obliga a acercarse para mirar los detalles. En la Plaza del Pópulo, la Fuente de los Leones reúne esculturas que probablemente proceden de épocas anteriores, reutilizadas cuando la ciudad se reorganizaba tras la conquista cristiana.
Conviene venir temprano o al final de la tarde. A mediodía el sol cae fuerte sobre la piedra clara y las calles se vacían bastante.
Aulas, silencio y la sombra de Machado
Baeza tuvo universidad desde el siglo XVI, algo que todavía se percibe en el trazado de algunas calles y en ciertos patios donde resuena el eco de los pasos. El antiguo edificio universitario conserva el claustro y varias salas donde se entiende bien cómo debió de ser la vida académica en una ciudad pequeña del interior andaluz.
A principios del siglo XX llegó Antonio Machado. Vivió aquí varios años —desde 1912 hasta 1919— y dio clases de francés en el instituto de la ciudad. Baeza aparece en algunos de sus textos como un lugar quieto, rodeado de campos, donde el tiempo parece avanzar más despacio. Frente al Palacio de Jabalquinto hay una escultura suya; muchas tardes alguien se sienta cerca, quizá por la sombra o quizá por esa costumbre tan española de acompañar a los poetas sin hacer demasiado ruido.
Si te interesa ese rastro literario, lo mejor es caminar sin rumbo entre el instituto antiguo, la plaza y las calles cercanas. Todo queda bastante cerca.
Lo que huele a mediodía
A eso de las dos, cuando el sol cae vertical sobre los tejados, el centro empieza a oler a guiso. En muchas casas siguen preparando platos de cuchara que tienen sentido en una tierra de inviernos fríos y jornadas largas en el campo.
Los andrajos —una masa de harina cortada en trozos irregulares— suelen aparecer en guisos con conejo o liebre. En invierno es habitual el mojete caliente, con patata, bacalao y huevo, a veces con una rodaja de naranja que rompe el sabor salado. La pipirrana, más fresca, mezcla tomate, pimiento y atún con buen aceite de oliva de la comarca.
En las vitrinas de las pastelerías tradicionales suelen verse dulces muy amarillos, hechos con yema y azúcar, que recuerdan a las recetas conventuales de la zona.
Cuando suenan las campanas
Las campanas de la catedral marcan bastante el ritmo del casco histórico. Se oyen al cruzar la Plaza de Santa María, pero también más lejos, entre calles estrechas donde el sonido rebota en la piedra.
La Semana Santa se vive con pasos lentos y tambores que resuenan por la noche. A comienzos de febrero, alrededor de San Blas, es habitual ver puestos con dulces y pan bendecido. Y en verano, cuando el calor aprieta, algunas celebraciones se trasladan hacia el entorno del Santuario de la Yedra, en las afueras, entre pinares y monte bajo.
Pero hay un momento más tranquilo que resume bien la ciudad. A media tarde, cuando salen los alumnos de la academia de la Guardia Civil y el sol empieza a bajar sobre el valle. Si te sientas en un banco de la plaza y miras hacia las torres, la piedra vuelve a cambiar de color otra vez, mientras el mar de olivos se queda en silencio al fondo. Baeza funciona así: despacio, a la misma velocidad que la luz que cae sobre sus muros.