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sobre Canena
Pequeña localidad dominada por uno de los castillos palaciegos mejor conservados de Andalucía
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía entra bajo entre las filas de olivos, el campo alrededor de Canena huele a tierra húmeda y a hoja verde recién movida. Algún tractor rompe el silencio en la distancia. Desde la carretera A‑6102, que enlaza con la A‑4, el pueblo aparece sobre la loma con el castillo dominando el perfil, como si vigilara todavía el mar de olivos que lo rodea.
Canena es un municipio pequeño de la comarca de La Loma, a unos 25 o 30 kilómetros de Jaén según la ruta que se tome. Aquí la vida sigue el calendario del campo. Entre otoño y buena parte del invierno, cuando empieza la recogida de la aceituna, el movimiento cambia: remolques cargados, cuadrillas que salen temprano y ese olor ligeramente amargo del fruto recién cortado que a veces llega hasta las calles.
En los días despejados, basta subir a cualquier punto alto del pueblo para entender dónde estás: un territorio ondulado cubierto de olivar casi sin interrupción, el mismo paisaje que acompaña a buena parte de esta zona de Jaén.
Arquitectura y calles con memoria
El castillo de Canena es lo primero que llama la atención. Se levanta sobre estructuras anteriores de época andalusí y fue reformado en el siglo XVI. Desde abajo se ven bien los muros claros y las torres, que sobresalen entre las casas blancas del pueblo.
A pocos minutos caminando está la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, levantada en el siglo XVI. El exterior es sobrio, con piedra clara que cambia de tono según la hora del día. Al entrar —cuando está abierta— se aprecian retablos y elementos añadidos con el paso de los siglos, algo bastante habitual en las iglesias de esta zona.
El casco urbano se recorre sin prisa. Hay calles estrechas que suben y bajan suavemente por la loma, fachadas encaladas, portones grandes pensados para el paso de aperos y garajes donde todavía se guardan remolques o maquinaria agrícola. En la plaza principal suele haber vecinos charlando a media tarde, cuando baja el calor y empieza a correr algo de aire.
El paisaje del olivar alrededor del pueblo
Canena está rodeado de olivos por todos lados. No es una metáfora: salgas por donde salgas, el paisaje es el mismo durante kilómetros.
Desde algunos caminos que parten del casco urbano se ve bien cómo el terreno va formando pequeñas ondulaciones cubiertas de árboles alineados. En invierno, si la mañana amanece con niebla baja —algo que ocurre algunos días en La Loma— las copas de los olivos asoman entre el blanco como pequeñas islas verdes.
No hay grandes rutas de montaña, pero sí caminos agrícolas que se pueden recorrer andando o en bicicleta si se hace con respeto por el trabajo del campo. Conviene evitar meterse entre parcelas en plena campaña de recogida: esos meses hay bastante tránsito de maquinaria.
La cultura del aceite
Aquí todo gira alrededor del aceite de oliva. La variedad picual domina claramente el paisaje, aunque en algunas fincas se ven plantaciones más recientes con otras variedades.
Durante la campaña, las almazaras del entorno trabajan a pleno rendimiento. En algunos momentos del año se organizan visitas o actividades relacionadas con el aceite, donde se explica cómo llega la aceituna desde el campo hasta la extracción del virgen extra. El proceso hoy mezcla maquinaria moderna con prácticas que siguen siendo muy parecidas a las de hace décadas.
En las casas del pueblo el aceite se usa sin medida: para tostadas por la mañana, para guisos sencillos y también para dulces tradicionales que aparecen sobre todo en invierno.
Tradiciones que siguen el calendario del campo
Las fiestas principales suelen celebrarse en verano, cuando muchos vecinos que viven fuera regresan unos días. Las procesiones recorren las calles más céntricas y por la noche la plaza se llena de música y conversación larga.
La Semana Santa aquí es más recogida que espectacular. Las cofradías salen por calles estrechas donde el sonido de los pasos y de algún tambor se escucha con claridad entre las fachadas.
En otoño, coincidiendo con los primeros días de cosecha, a veces se organizan jornadas alrededor del aceite nuevo. Es un momento interesante para ver el pueblo en plena actividad.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
El verano en esta parte de Jaén puede ser muy duro a partir del mediodía. Si vienes en esa época, conviene moverse temprano o ya al caer la tarde, cuando las fachadas blancas reflejan una luz más suave y el pueblo vuelve a tener vida en la calle.
Entre octubre y enero el ambiente es distinto: más movimiento en los caminos, olor a aceituna en el aire y bares llenos a primera hora de la mañana. Eso sí, también es cuando más tráfico agrícola hay alrededor.
Canena se puede recorrer en poco tiempo, pero gana si se combina con otros pueblos cercanos de La Loma. Aun así, quedarse un rato mirando el paisaje desde el borde del pueblo —con los olivos extendiéndose hasta el horizonte— ayuda a entender por qué este lugar gira, desde hace generaciones, alrededor del mismo árbol.