Artículo completo
sobre Torreblascopedro
Pueblo agrícola en la vega del Guadalimar; destaca por su producción de algodón y olivo
Ocultar artículo Leer artículo completo
El turismo en Torreblascopedro no empieza en un monumento ni en una plaza concreta. Empieza antes, cuando bajas del coche y el aire trae un olor denso, entre aceituna prensada y tierra caliente. Durante años hubo varias fábricas de aceite en el pueblo —los vecinos suelen hablar de ocho— y aunque muchas cerraron o cambiaron de uso, el aroma del orujo todavía parece quedarse pegado a las paredes de algunos corrales. Se mezcla con el polvo claro de la calzada y con el perfume seco de las encinas que asoman entre los olivares. Aquí el tiempo no corre demasiado: se posa, como el sedimento que queda en el fondo de las tinajas viejas.
La luz que atraviesa la iglesia
A media mañana, cuando el sol cae de lleno sobre la fachada de la iglesia de Nuestra Señora, dentro aparece una luz amarilla, casi líquida, que se queda flotando en el aire. Las vidrieras actuales —colocadas después de la guerra, según cuentan en el pueblo— no son especialmente elaboradas, pero filtran la claridad de una forma muy limpia. Esa luz acaba sobre los retablos dorados y sobre algunas tallas de madera que tienen una factura más ruda, de taller antiguo.
El edificio suele situarse en el siglo XVI, aunque el conjunto parece más reciente por las restauraciones. Lo que sí conserva es el sonido de las campanas a mediodía. Una de ellas tiene un timbre un poco áspero, algo que muchos vecinos atribuyen a los años de la guerra, aunque esas historias cambian según quién las cuente.
Si entras a esa hora, a menudo quedan algunas mujeres mayores terminando el rosario. Hablan bajo, casi sin levantar la cabeza. El silencio pesa más que las palabras.
Las cuevas que aún respiran
En la ladera del camino de La Yedra aparecen varias cuevas excavadas en la tierra. El número cambia según a quién preguntes: algunos hablan de decenas, otros de más de un centenar en su momento. Cuando subes andando se ven bien las bocas oscuras abiertas en el terreno rojizo.
Algunas siguen teniendo puerta de madera y una cortina ligera que se mueve con el aire. Otras están medio abandonadas. Durante mucho tiempo sirvieron de vivienda para familias que no tenían otra casa, especialmente en los años más duros del siglo pasado. Hoy varias se usan como despensa fresca, pequeño almacén o simplemente como recuerdo de cómo se vivía.
La tierra aquí es roja y pesada. Cuando llueve se pega a las suelas y caminar por los caminos del término se vuelve lento. Todo queda marcado: las ruedas del tractor, las huellas de las botas, incluso las pezuñas de algún animal que ha pasado antes.
Fiestas que no empiezan hasta que no toca
Las celebraciones de San José Obrero suelen llegar a finales de abril, cuando el olivar ya ha cambiado de color y los días empiezan a alargarse de verdad. Durante varios días hay procesión, música en la plaza y reuniones que se alargan hasta tarde. Las orquestas repiten canciones que mucha gente reconoce desde hace décadas.
Los más jóvenes a veces se mueven entre Torreblascopedro y Campillo del Río, que está a pocos kilómetros. Los mayores suelen quedarse en la plaza, sentados en corrillos, mirando pasar la noche.
En julio llegan las fiestas de Santiago y Santa Ana, que aquí se consideran más tranquilas. Hay misa y comidas compartidas en el campo o en los alrededores del pueblo. En muchas de esas reuniones aparece un gazpacho caliente —el de conejo, con pimiento y bastante ajo— que se come con cuchara y pan asentado. En el pueblo no hace falta aclarar el nombre del plato: basta con decir “gazpacho”.
El tren que pasa pero no siempre se detiene mucho
La estación queda aproximadamente a un kilómetro del núcleo urbano, rodeada por olivos. Es pequeña y bastante expuesta al sol. Los trenes de la línea que conecta Linares con el este de Andalucía siguen pasando por allí, aunque el movimiento es escaso y depende del día.
El andén es de cemento y la sombra es poca, así que en verano conviene llevar agua si vas andando hasta allí. El calor levanta un temblor sobre las vías que hace que el metal parezca moverse.
A veces algún vecino se acerca para dejar o recoger a un familiar. Se quedan un rato mirando hacia la curva de la vía. El tren suele oírse antes de aparecer: un silbido largo que cruza el mar de olivos.
Cuándo ir y qué no hacer
Marzo suele ser buen momento para recorrer los caminos del término: el olivar empieza a florecer y el aire tiene un olor suave, casi dulce. Septiembre también resulta agradable, cuando todavía hace calor pero las noches se alargan y hay más movimiento en el campo.
Si vienes en días de celebraciones locales, el ambiente cambia bastante y el pueblo se llena de música de banda y reuniones en la calle. A algunos les gusta ese bullicio; otros prefieren venir en semanas más tranquilas.
Un par de detalles que aquí se toman en serio: el gazpacho del pueblo se sirve caliente, incluso cuando hace calor, y las conversaciones en la plaza van despacio. Torreblascopedro no tiene rutas marcadas ni escaparates pensados para quien pasa de visita. Lo que hay se descubre caminando un poco y escuchando lo que cuentan los vecinos.