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sobre Iznatoraf
Pueblo situado en una muela caliza con vistas impresionantes; conocido como la isla del mar de olivos
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A mediodía, en la plaza principal, el sol cae casi vertical sobre las paredes encaladas y las rejas negras que aún guardan algo de sombra. En ese momento del día el turismo en Iznatoraf se mueve despacio: alguien cruza la plaza, una puerta se abre, y por encima del silencio se escucha a los vencejos girando muy alto. Desde la calle principal, una cuesta estrecha baja hacia el arco de la Virgen del Postigo, un paso de piedra que enmarca, de repente, el valle abierto al otro lado.
Iznatoraf está en lo alto de la comarca de Las Villas, en la antesala de la Sierra de Segura. El pueblo ronda el millar de habitantes y se levanta a más de mil metros de altitud, algo que se nota en el aire: en invierno huele a leña y a tierra húmeda, y en verano la brisa suele llegar algo más fresca que en el llano. Desde varios puntos del casco urbano la vista se abre hacia un mar de olivos que ocupa todo el horizonte. A esa posición elevada se debe el apodo que muchos vecinos repiten: el balcón de Andalucía.
Rastros del pasado en cada esquina
El casco antiguo conserva ese trazado irregular que obliga a caminar sin prisa: calles que se estrechan de repente, pequeños recodos, muros gruesos que buscan la sombra. La iglesia de la Asunción levanta su torre por encima de los tejados y sirve de referencia desde casi cualquier punto del pueblo. El edificio actual se levantó en el siglo XVI sobre una antigua mezquita, algo bastante habitual en esta zona tras la conquista cristiana. Dentro se conserva un retablo barroco y varias imágenes que todavía salen en procesión en determinadas fechas del año.
A las afueras, en una ladera algo más abierta, está la ermita del Santo Cristo. El camino hasta allí es corto y suele hacerse andando desde el pueblo. Desde el entorno de la ermita la vista cambia: ya no se ven solo tejados, sino lomas enteras cubiertas de olivar y, más lejos, las sierras que marcan el límite del parque natural. Al atardecer, cuando la luz baja y el calor afloja, es uno de esos lugares donde la gente se queda un rato apoyada en el pretil mirando cómo el paisaje pierde color poco a poco.
La Plaza de la Constitución funciona como centro de la vida diaria. Por la mañana se oye el arrastre de las sillas, conversaciones a media voz y algún coche que sube despacio por la cuesta. Las fachadas, algo rugosas por la cal y el paso del tiempo, reflejan una luz muy blanca en verano.
Naturaleza y silencio alrededor del pueblo
Iznatoraf queda a poca distancia del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, así que basta salir unos kilómetros para encontrarse con monte más cerrado. En los alrededores alternan olivares con manchas de pinar, encinas y barrancos donde el terreno se vuelve más abrupto.
Hay varios caminos y senderos que utilizan los vecinos desde hace tiempo para moverse entre fincas o subir a zonas más altas. Algunos tramos permiten ganar altura con relativa rapidez y ofrecen buenas vistas del valle. En otoño el paisaje cambia bastante: los tonos del monte se apagan y el suelo se cubre de hojas secas que crujen bajo las botas. No es raro ver a gente buscando setas en las zonas más húmedas cuando la temporada acompaña.
Si vienes a caminar, conviene evitar las horas centrales en verano. Aunque el pueblo esté alto, el sol cae con fuerza en los senderos más abiertos.
Tradiciones que siguen marcando el calendario
Las fiestas principales giran en torno al Santo Cristo y a la Virgen de la Asunción, celebraciones que suelen concentrarse en los meses de verano, cuando muchas familias que viven fuera regresan al pueblo durante unos días. Las procesiones recorren calles muy empinadas, así que el paso es lento y el sonido de los tambores rebota contra las paredes blancas.
En mayo aparecen también las Cruces adornadas con flores. Algunos patios y rincones del casco antiguo se preparan durante días con macetas, telas y ramos que los propios vecinos colocan a mano.
La Semana Santa se vive de forma más recogida. Las imágenes avanzan por calles estrechas donde apenas cabe el cortejo, y el silencio solo se rompe por los pasos sobre el empedrado.
Llegar y moverse por Iznatoraf
Desde Jaén capital el trayecto ronda la hora larga por carretera, atravesando zonas de olivar y varios pueblos de la comarca. El último tramo ya empieza a ganar altura y tiene curvas, algo habitual en esta parte de la provincia.
Una vez en Iznatoraf, lo más práctico suele ser dejar el coche en las zonas de acceso al casco urbano y continuar a pie. Las calles son estrechas y con bastante pendiente, pero recorrerlas despacio es la mejor manera de entender el pueblo: puertas antiguas, patios entreabiertos y, de vez en cuando, un hueco entre casas desde el que aparece de golpe todo el valle.